Cuando las estrellas caen

Capitulo XV Las cartas del futuro Parte 3

Axel observó los dos sobres durante unos segundos.

Después levantó la vista.

—Todavía falta una cosa.

—¿Qué?

—Guardarlas.

—Podrían quedarse en un cajón.

Negó inmediatamente con la cabeza.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque las cartas importantes necesitan una misión importante.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Claro que sí.

—Explícame.

Se llevó una mano al pecho, fingiendo solemnidad.

—Todo gran tesoro merece un escondite.

No pude evitar reír.

—¿Estás diciendo que nuestras cartas son un tesoro?

—Para mí sí.

Lo dijo con tanta naturalidad que, por un instante, olvidé responder.

Solo pude sonreír.

—Está bien.

—Entonces necesitamos una caja.

Aquella misma tarde llegamos a mi casa completamente empapados por la lluvia.

Mi mamá levantó la vista desde la cocina y negó con la cabeza apenas nos vio entrar.

—No quiero preguntar.

—Es mejor que no lo hagas.

Respondí mientras intentaba secarme el cabello con una toalla.

Axel levantó una vieja caja metálica de galletas que estaba sobre uno de los muebles.

—¿Esta sirve?

Mi mamá lo observó unos segundos.

—¿Para qué exactamente?

Él sonrió.

—Es información confidencial.

Mi mamá soltó una pequeña risa.

—Mientras no explote, pueden usarla.

—Prometido.

Esperó unos segundos y añadió:

—Aunque no puedo garantizar que Samantha no explote cuando pierda un juego de mesa.

—¡Axel!

Mi mamá comenzó a reír.

—Eso sí puedo creerlo.

—Mamá...

—Lo siento, hija.

No parecía sentirlo en absoluto.

Colocamos cuidadosamente ambos sobres dentro de la caja.

Axel acomodó primero el suyo.

Después el mío.

Como si el orden fuera realmente importante.

—Listo.

—¿Eso es todo?

Me miró con una expresión de absoluta sorpresa.

—¿Cómo que eso es todo?

—Sí.

—Tomatito...

Hizo una pausa dramática.

—Todavía falta enterrarlo.

Solté una carcajada.

—Claro que ibas a decir eso.

—Es la única forma correcta.

—No somos piratas.

—Habla por ti.

Terminamos en el jardín de mi casa.

Con una pala prestada por mi papá.

Y muchas más ganas de reír que de cavar.

—Creo que el agujero está torcido.

Comenté mientras observaba el pequeño hueco.

Axel apoyó las manos en la cintura.

—Es arte.

—No.

—Sí.

—Es un hueco.

—Con personalidad.

Lo miré en silencio unos segundos.

—¿Acabas de hacerle homenaje a nuestra banca?

Sonrió orgulloso.

—Sabía que entenderías la referencia.

Negué con la cabeza entre risas.

Cuando el agujero estuvo listo, dejó la caja con mucho cuidado en el fondo.

Permanecimos unos segundos observándola.

Después comenzamos a cubrirla nuevamente con tierra.

—Dentro de diez años.

Murmuró Axel.

—Dentro de diez años.

Repetí.

Nos estrechamos la mano.

Como si acabáramos de firmar un contrato invisible.

Como si el futuro pudiera guardarse dentro de una caja de galletas.

Aquella noche, antes de dormir, mi celular vibró.

Sonreí incluso antes de mirar la pantalla.

Sabía que era él.

Estrella Fugaz

"Prométeme algo."

Reí en silencio.

Las promesas otra vez.

Tomatito

"Depende."

La respuesta apareció casi de inmediato.

Estrella Fugaz

"Si algún día la vida se pone difícil..."

Los tres puntos comenzaron a aparecer y desaparecer durante varios segundos.

Como si estuviera buscando las palabras correctas.

Finalmente escribió:

"No te rindas conmigo tan fácil."

Me quedé observando el mensaje.

No entendía por qué aquella frase me hacía sentir un pequeño nudo en el pecho.

Tal vez porque, por primera vez, Axel no hablaba como alguien que tenía todas las respuestas.

Parecía tener miedo.

Un miedo silencioso.

De esos que uno apenas se atreve a nombrar.

Respiré hondo antes de responder.

Tomatito 🍅

"Nunca me rendiré contigo."

La respuesta llegó casi al instante.

Estrella Fugaz

"Entonces creo que todo va a estar bien."

Apagué el celular.

Y, antes de dormir, pensé en la caja enterrada en el jardín.

En las cartas.

En el dibujo de la banca que seguía guardado dentro de mi cuaderno.

En todas las pequeñas cosas que habíamos ido acumulando sin darnos cuenta.

Porque el amor rara vez se construye con grandes momentos.

Se construye con dibujos hechos en una hoja cualquiera.

Con cartas escritas durante una tarde de lluvia.

Con cajas de galletas enterradas en un jardín.

Con promesas que, en ese momento, parecen imposibles de romper.

Y nosotros todavía éramos demasiado jóvenes para imaginar que el tiempo también sabía abrir cajas.

Incluso aquellas que uno juraba que permanecerían cerradas para siempre.




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