Media hora después estábamos en una cancha del barrio.
El césped estaba algo desgastado.
Las porterías eran de metal.
Y, según mi papá, era "la mejor cancha del mundo".
Axel la observó unos segundos.
—Tiene personalidad.
Lo miré de reojo.
—No.
—¿Qué?
—No vuelvas a empezar con lo de la banca.
Él sonrió.
—Todo lo que tiene personalidad merece respeto.
Negué con la cabeza.
Era imposible.
Mi mamá, y yo nos sentamos en una de las pequeñas gradas de cemento.
Ella llevaba una botella con limonada.
Yo estaba completamente convencida de que aquello sería un partido tranquilo.
Qué equivocada estaba.
Mi papá dejó el balón en el centro de la cancha.
—¿Listo?
Axel sonrió.
—Siempre.
—No me tengas compasión.
—Nunca lo haría.
—Me alegra escuchar eso.
Comenzaron a jugar.
Los primeros minutos fueron bastante normales.
Se pasaban el balón.
Se reían.
Comentaban alguna jugada.
Hasta que Axel logró hacerle un túnel a mi papá.
El balón pasó limpiamente entre sus piernas.
Hubo un segundo de silencio.
Axel levantó las manos.
—Creo que fue sin querer...
Mi papá recuperó el balón y negó con la cabeza.
—Eso no vale.
—Claro que vale.
—No cuando juegas contra el papá de tu novia.
—No encontré esa regla en ningún lado.
—Pues acaba de inventarse.
No pude evitar reír.
Mi mamá también.
—Esto dejó de ser un partido amistoso hace exactamente cinco segundos.
Asentí.
—Y ahora ninguno de los dos va a querer perder.
Mi teoría se confirmó casi de inmediato.
Mi papá empezó a correr con más ganas.
Axel hizo lo mismo.
Uno intentaba quitarle el balón al otro como si estuvieran disputando la final del mundial.
—¡No lo dejes pasar!
Gritó mi papá.
—¡Estoy intentando!
Respondió Axel entre risas.
Un minuto después fue Axel quien recuperó el balón.
Avanzó unos metros.
Mi papá salió a detenerlo.
Ambos llegaron al mismo tiempo.
El balón salió disparado hacia un lado.
Los dos se quedaron mirándolo.
Después se miraron entre ellos.
Y comenzaron a reír.
—Creo que seguimos vivos.
Dijo Axel.
—Por ahora.
Respondió mi papá.
Los minutos siguieron pasando.
El sol comenzaba a sentirse cada vez más fuerte.
El sudor les caía por la frente.
Pero ninguno parecía dispuesto a detenerse.
—¡Descansen un momento!
Les grité.
—¡Estamos bien!
Respondieron exactamente al mismo tiempo.
Mi mamá me dio un pequeño codazo.
—¿Te das cuenta?
—¿De qué?
—Encontraron a alguien tan competitivo como ellos.
Suspiré.
—Eso explica demasiadas cosas.
En una de las últimas jugadas, Axel logró marcar un gol.
Levantó los brazos como si acabara de ganar un campeonato.
—¡Gol!
Mi papá señaló la portería.
—El arquero estaba distraído.
—No había arquero.
—Precisamente.
Axel soltó una carcajada.
—Entonces cuenta más.
—Cuenta menos.
—Cuenta igual.
—No.
—Sí.
—Axel.
—Señor Jack.
Los dos comenzaron a reír otra vez.
Yo me llevé una mano a la frente.
—Son imposibles.
Mi mamá sonrió.
—Y se están divirtiendo como niños.
Tenía razón.
Hacía mucho tiempo que no veía a mi papá reír así.
Y, al mirar a Axel, comprendí que él también lo estaba pasando realmente bien.
No porque quisiera impresionarlo.
Ni porque necesitara demostrar nada.
Simplemente porque había dejado de sentirse un invitado.
Por primera vez parecía alguien que pertenecía allí.
Y, sin que ninguno de nosotros lo dijera en voz alta, supe que mi familia también empezaba a sentirlo así.