"A veces las preguntas más importantes empiezan como una simple conversación en una tarde cualquiera."
Había conversaciones que parecían peligrosas.
No porque fueran malas.
Sino porque podían cambiar algo.
Y aquella tarde descubrí que hablar del futuro era una de ellas.
Todo comenzó en el jardín de mi casa.
Sputnik corría libremente por el césped mientras Axel intentaba convencerlo de acercarse.
Sin éxito.
Como siempre.
—Ven aquí.
Sputnik siguió avanzando en dirección contraria.
—Te alimento todos los días.
El conejo ignoró completamente sus palabras.
—Es porque sabe que yo lo elegí.
Dije.
—Traidor.
Murmuró Axel.
—No puedes ponerte celoso de un conejo.
—Claro que puedo.
—No.
—Sí.
—Axel.
—Tomatito.
No pude evitar reír.
Y él terminó riéndose también.
La tarde avanzaba lentamente.
El cielo estaba despejado.
El viento apenas movía las hojas de los árboles.
Por un momento ninguno habló.
Hasta que Axel rompió el silencio.
—Tomatito.
—¿Sí?
—¿Cómo te imaginas dentro de veinte años?
Lo pensé unos segundos.
—Trabajando.
—Eso era obvio.
—Como psicóloga.
—También era obvio.
—Con una casa llena de libros.
—Definitivamente era obvio.
Le lancé una mirada.
—¿Y tú?
Axel apoyó los brazos detrás de la cabeza.
—Quiero viajar.
—Sorpresa.
—Vivir en Rusia.
—Más sorpresa.
—Tener una casa con vista a la nieve.
—Eso sí es nuevo.
—Y muchos conejos.
Solté una carcajada.
—Ahora sí suenas como tú.
—Sputnik necesita amigos.
—Sputnik ni siquiera te hace caso.
—Precisamente.
Necesito otra oportunidad.
Seguimos hablando.
De lugares que queríamos conocer.
De países.
De trabajos.
De sueños.
Y por primera vez imaginamos cómo sería nuestra vida cuando dejáramos de ser adolescentes.
—¿Sabes qué?
Dijo Axel.
—¿Qué?
—Creo que tendrías una biblioteca enorme.
—¿Por qué?
—Porque nunca he conocido a alguien que compre tantos libros.
—Eso es una acusación.
—Es una observación.
—Injusta.
—Completamente justa.
Volví a reír.
Y durante unos segundos simplemente nos quedamos allí.
Mirando el cielo.
Escuchando el viento.
Como si el futuro estuviera muy lejos.
Entonces Axel hizo otra pregunta.
Una que sonó mucho más seria.
—¿Quieres casarte algún día?
Lo observé.
—¿Casarme?
—Sí.
—¿De dónde salió eso?
—No lo sé.
Mentía.
Era evidente.
Pero decidí seguirle el juego.
—La verdad...
Me encogí de hombros.
—Nunca lo he pensado demasiado.
—¿No?
Negué.
—No necesito una boda enorme para ser feliz.
Axel escuchó con atención.
—Si quiero estar con alguien...
Simplemente estaré con esa persona.
—Eso tiene sentido.
—¿Y tú?
Por primera vez pareció incómodo.
Extrañamente incómodo.
—Creo que sí.
—¿Sí qué?
—Sí me gustaría.
—¿Casarte?
Asintió.
—¿Por qué?
Axel guardó silencio unos segundos.
Después sonrió.
—Porque me gusta la idea de elegir a alguien todos los días.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—Eso fue increíblemente romántico.
—No.
—Sí.
—No.
—Axel.
—Tomatito.
—Eres un romántico.
—Y tú te sonrojaste.
—Eso no tiene relación.
—Tiene toda la relación del mundo.
Volvimos a reír.
Y pensé que la conversación había terminado.
Pero Axel todavía tenía otra pregunta.
—¿Y los hijos?
Casi me atraganté con mi bebida.
—¿Qué?
—Los hijos.
—Axel.
—¿Qué?
—¿Por qué estamos hablando de esto?
—Porque sí.
—Eres imposible.
—Responde.
Suspiré.
—No lo sé.
Tal vez sí.
Tal vez no.
Nunca me lo he planteado seriamente.
Axel asintió.
Como si estuviera procesando aquella respuesta.
—Yo sí.
Lo miré.
—¿Sí qué?
—Creo que sí me gustaría.
—¿Tener hijos?
Por primera vez sus mejillas se pusieron ligeramente rojas.
—Quizás.
—Axel.
—¿Qué?
—Te estás sonrojando.
—Es el calor.
—Claro.
—Lo es.
—No.
—Sí.
No pude contener la risa.
—¿Cuántos?
Pregunté.
Axel se cubrió el rostro con ambas manos.
—Esto es humillante.
—¿Cuántos?
—Tomatito.
—¿Cuántos?
Suspiró derrotado.
—Dos.
Solté una carcajada.
—¡Ya lo habías pensado!
—No.
—Sí.
—Tal vez.
—Lo sabía.
La conversación terminó entre bromas.
Como casi todas nuestras conversaciones.
Y mientras veía a Axel intentar convencer a Sputnik de acercarse una última vez, pensé que quizás eso era lo bonito del amor.
No encontrar a alguien exactamente igual a ti.
Sino encontrar a alguien cuyas diferencias también te hacen sonreír.
Porque todavía éramos jóvenes.
Todavía teníamos más preguntas que respuestas.
Más sueños que certezas.
Y todo el futuro por delante.
Pero aquella tarde, sentados en el jardín, viendo correr a un conejo que ignoraba a Axel por completo...
Eso parecía suficiente.
Y, sinceramente, creo que éramos felices.