"Hay viajes que te enseñan lugares nuevos. Y otros que te enseñan nuevas versiones de las personas que ya conocías."
Si alguien me hubiera dicho que antes de comenzar nuestro último año escolar terminaría viajando a Turquía con mis amigos, me habría reído.
Y si además me hubiera dicho que Axel estaría aún más emocionado que yo, definitivamente no lo habría creído.
Pero ahí estábamos.
Con diecisiete años.
Mochilas demasiado pesadas.
Sueños demasiado grandes.
Y la sensación de que el mundo entero nos estaba esperando.
El viaje había sido organizado meses atrás.
Un intercambio cultural junto con estudiantes de otros colegios.
Nada demasiado largo.
Solo algunas semanas.
Pero para nosotros era suficiente.
Era la primera vez que muchos viajábamos tan lejos.
La primera vez que salíamos del país sin nuestras familias.
La primera vez que sentíamos algo parecido a la libertad.
El problema fue que Axel empezó a emocionarse desde el aeropuerto.
Mucho antes de llegar a Turquía.
—Tomatito.
—¿Qué?
—¿Te das cuenta?
—¿De qué?
—Vamos a cruzar el océano.
—Sí.
—Un océano entero.
—Axel.
—¿Qué?
—Llevas diciendo eso una hora.
—Porque sigue siendo impresionante.
Negué con la cabeza.
Era imposible.
Durante el vuelo apenas pudo dormir.
Pasó horas mirando por la ventana.
Escuchando música.
Tomando fotografías.
Y señalándome cosas que yo no podía ver.
—Mira.
—¿Qué?
—Las nubes.
—Son nubes.
—Pero desde arriba.
—Siguen siendo nubes.
—Tomatito.
—¿Qué?
—No arruines mi experiencia.
Cuando finalmente aterrizamos, Axel prácticamente saltó de su asiento.
Yo, en cambio, apenas podía mantener los ojos abiertos.
—¿Por qué tienes tanta energía?
—Porque estamos en Turquía.
—Necesito dormir.
—Y yo necesito explorar.
—Son las seis de la mañana.
—Perfecto.
Todavía tenemos todo el día.
El aeropuerto estaba lleno de personas.
Idiomas que no entendíamos.
Carteles desconocidos.
Y una emoción difícil de explicar.
Porque todo era nuevo.
Todo.
Absolutamente todo.
—Tomatito.
—¿Qué?
—Mira esto.
Axel señaló un letrero.
—¿Qué dice?
—No tengo idea.
—Entonces ¿por qué me lo muestras?
—Porque parece importante.
Solté una carcajada.
Y él sonrió.
Completamente orgulloso de sí mismo.
Los siguientes días pasaron como una película.
Calles llenas de vida.
Mercados.
Música.
Comida que nunca habíamos probado.
Y fotografías.
Miles de fotografías.
Principalmente porque Axel parecía decidido a documentar cada segundo del viaje.
—Otra foto.
—Axel.
—¿Qué?
—Llevas más de cien.
—Ciento veintidós.
—Eso es peor.
—Es arte.
—Es obsesión.
—También.
Una tarde caminábamos por una de las calles más concurridas de Estambul cuando nos detuvimos frente a una pequeña tienda de lámparas.
El lugar parecía sacado de un cuento.
Había luces de todos los colores.
Azules.
Rojas.
Doradas.
Verdes.
Reflejándose por todas partes.
Axel se quedó inmóvil.
Observándolas.
—No.
Dije inmediatamente.
—¿Qué?
—Ya conozco esa mirada.
—¿Cuál mirada?
—La mirada de "necesito comprar algo".
—Necesito comprar algo.
—Lo sabía.
Entró sin siquiera intentar negarlo.
Diez minutos después sostenía una enorme lámpara de cristal.
Enorme.
Gigantesca.
Ridícula.
—No cabe en tu maleta.
—Pequeño detalle.
—Axel.
—¿Qué?
—No vas a regresar de Turquía con una lámpara gigante.
—Observa cómo lo hago.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
El vendedor nos observaba divertido.
Probablemente porque no entendía una sola palabra de nuestra discusión.
Al final no compró la lámpara.
Solo porque descubrió algo mejor.
Un pequeño llavero metálico con forma de estrella.
—Mira.
Lo levantó frente a mí.
—Te encontré.
—¿Qué?
—Una estrella fugaz.
Puse los ojos en blanco.
—Eso fue terrible.
—Y sin embargo sonreíste.
Odiaba cuando tenía razón.
Aquella tarde terminamos caminando junto al resto del grupo por una plaza llena de gente.
El llamado a la oración resonó a lo lejos.
Las luces comenzaban a encenderse.
Y por primera vez sentí que realmente estábamos allí.
Al otro lado del mundo.
Lejos del colegio.
Lejos de las tareas.
Lejos de todo.
Axel observó los edificios iluminados.
Y después me miró.
—¿Sabes algo?
—¿Qué?
Sonrió.
Esa sonrisa tranquila.
La de verdad.
—Me alegra que estés aquí.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—A mí también me alegra que estés aquí, Estrella Fugaz.
Y por un momento, en medio de aquella ciudad inmensa, todo pareció exactamente donde debía estar.