Cuando las estrellas caen

Capítulo XVIII El verano en Turquia Parte 2

Unos días después visitamos algunos de los lugares más famosos de Estambul.

Y por primera vez entendí por qué tantas personas se enamoraban de aquella ciudad.

Las calles parecían guardar historias en cada esquina.

Los edificios antiguos se alzaban como si llevaran siglos observando el mundo.

Y el cielo tenía un color diferente al atardecer.

Más cálido.

Más dorado.

Más hermoso.

—Es increíble.

Murmuré.

Axel estaba a mi lado.

Observando exactamente la misma dirección.

O eso creí.

Porque cuando giré la cabeza, descubrí que me estaba mirando a mí.

—¿Qué?

—Nada.

—Axel.

—¿Qué?

—Otra vez no.

—¿Otra vez qué?

—Esa mirada.

Sonrió.

—No puedo evitarlo.

Sentí que mis mejillas comenzaban a calentarse.

—Eres imposible.

—Lo sé.

Seguimos caminando junto al grupo.

Tomando fotografías.

Observando tiendas.

Probando comida.

Y perdiéndonos varias veces porque Axel tenía la costumbre de distraerse con absolutamente todo.

—Mira eso.

—No.

—Ni siquiera sabes qué es.

—Precisamente.

—Tomatito.

—Axel.

—Podría ser algo increíble.

—La última vez era una cuchara.

—Era una cuchara interesante.

Al llegar a un pequeño mirador, el viento comenzó a soplar con fuerza.

Mi cabello terminó completamente desordenado.

Intenté acomodarlo.

Sin éxito.

—Quédate quieta.

Levanté la vista.

—¿Qué?

Axel se acercó un poco.

Lo suficiente para que mi corazón comenzara a comportarse de forma completamente ridícula.

Con cuidado apartó un mechón de cabello de mi rostro.

Sus dedos rozaron apenas mi mejilla.

Y durante un segundo olvidé cómo respirar.

—Listo.

—Gracias.

—Ahora sí puedo verte.

No respondí.

Principalmente porque mi cerebro había dejado de funcionar.

Unos minutos después decidió que necesitábamos una foto.

—No.

—Sí.

—Salgo horrible.

—Eso es científicamente imposible.

—Axel.

—Es la verdad.

—No.

—Sí.

Suspiré.

—Está bien.

Extendió el brazo para tomar la fotografía.

Nos acercamos.

Sonreímos.

Y justo cuando el celular capturó la imagen...

Giró la cabeza.

Y besó mi mejilla.

—¡Axel!

Él observó la pantalla.

Completamente orgulloso.

—Perfecta.

—Hiciste trampa.

—Nunca prometí jugar limpio.

Aquella noche caminamos junto al resto del grupo cerca del agua.

Las luces reflejadas sobre la superficie parecían estrellas flotando.

Todo se sentía diferente.

Más grande.

Más inmenso.

Como si el mundo acabara de abrirse frente a nosotros.

—¿Sabes qué es lo mejor de viajar?

Preguntó Axel.

—¿Qué?

—Que te das cuenta de lo pequeño que eres.

—Eso sonó triste.

—No lo es.

—¿No?

Negó con la cabeza.

—Significa que todavía quedan demasiadas cosas por descubrir.

Sonreí.

Porque aquella respuesta era completamente suya.

Porque Axel siempre estaba soñando con algo más.

Siempre mirando más lejos.

Siempre imaginando nuevos horizontes.

Pero nada se comparó con el paseo en globo aerostático.

Nada.

Cuando vimos aquellos enormes globos elevarse sobre el paisaje, sentí que las piernas dejaban de responderme.

—No voy a subir.

—Sí vas a subir.

—No.

—Sí.

—Axel.

—Tomatito.

—¿Y si nos caemos?

—No nos caeremos.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo también estoy muerto del miedo.

Lo miré sorprendida.

—¿Tú?

—Por supuesto.

—Pensé que no te daba miedo nada.

Axel soltó una carcajada.

—Me dan miedo muchas cosas.

—¿Por ejemplo?

Por un instante permaneció en silencio.

Después respondió.

—Perder a las personas que amo.

La sonrisa desapareció lentamente de mi rostro.

Pero antes de que pudiera decir algo, añadió:

—Y también me daría miedo perderme esto.

Señaló el globo.

—Así que subiré igual.

Cuando finalmente despegamos, comprendí exactamente lo que quería decir.

Las montañas.

Los valles.

La inmensidad del horizonte.

Todo parecía irreal.

Como una fotografía imposible.

Como un sueño.

Axel tomó mi mano.

Y esta vez no la soltó.

Ni yo quise que lo hiciera.

Permanecimos en silencio.

Observando cómo el sol comenzaba a aparecer lentamente.

Tiñendo el cielo de colores dorados.

Rosados.

Anaranjados.

Era tan hermoso que dolía.

Y por primera vez en mucho tiempo dejé de pensar en el futuro.

En la universidad.

En los exámenes.

En los años que vendrían.

Solo existía aquel momento.

Solo existíamos nosotros.

Flotando entre las nubes.

Y aunque no lo sabía entonces...

Aquel amanecer terminaría convirtiéndose en uno de mis recuerdos favoritos de toda nuestra historia.




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