Los días pasaron demasiado rápido.
Mucho más rápido de lo que deberían.
Porque cuando eres feliz, el tiempo tiene la costumbre de correr.
Y Turquía no fue la excepción.
La última mañana libre decidimos recorrer algunas calles sin el resto del grupo.
Sin mapas.
Sin horarios.
Sin ningún plan.
Lo cual, considerando que Axel estaba involucrado, era una idea terrible.
—Estamos perdidos.
—No estamos perdidos.
—Llevamos veinte minutos caminando en círculos.
—Estamos explorando.
—Eso es exactamente lo que diría una persona perdida.
Axel sonrió.
—Y sin embargo sigues siguiéndome.
—Porque si te dejo solo terminarás comprando otra lámpara.
—Era una lámpara increíble.
—No.
—Sí.
Terminamos entrando en una pequeña tienda escondida entre dos calles.
Era uno de esos lugares llenos de recuerdos para turistas.
Postales.
Imanes.
Fotografías.
Y decenas de objetos que probablemente nadie necesitaba.
Axel desapareció entre los estantes.
Lo cual nunca era una buena señal.
—¿Qué estás haciendo?
—Nada.
—Esa respuesta siempre significa problemas.
—Confía en mí.
—Jamás.
Unos minutos después salió sonriendo.
Con algo escondido detrás de la espalda.
—Cierra los ojos.
—No.
—Por favor.
—No.
—Tomatito.
Suspiré.
—Está bien.
Escuché algunos movimientos.
El sonido de una bolsa de papel.
Y finalmente:
—Ya.
Abrí los ojos.
Axel sostenía una fotografía impresa.
La reconocí inmediatamente.
Era la foto del mirador.
La misma en la que él me había besado la mejilla justo cuando la cámara tomó la imagen.
—¿La imprimiste?
—Sí.
Tomé la fotografía.
No recordaba haberme visto tan feliz.
Ni haberlo visto sonreír de aquella manera.
—Es bonita.
—Lo sé.
—Qué humilde.
—Muchísimo.
Entonces giré la fotografía.
Y descubrí que había escrito algo detrás.
Con su letra desordenada.
"Mi lugar favorito del mundo."
Fruncí el ceño.
—¿Turquía?
Axel soltó una pequeña risa.
—No.
Sentí que el corazón daba un salto.
—Entonces ¿qué?
Él sonrió.
Esa sonrisa imposible.
La que siempre aparecía cuando sabía algo que yo no.
—Adivínalo.
—Axel.
—¿Qué?
—No me hagas estas cosas.
—Es divertido.
Guardé la fotografía contra mi pecho.
Porque en el fondo ya conocía la respuesta.
Y porque escucharla en voz alta probablemente habría acabado conmigo.
Aquella noche todos se reunieron en la terraza del hotel.
Había música.
Risas.
Fotografías.
Y conversaciones que parecían no querer terminar nunca.
Porque todos sabíamos que al día siguiente volveríamos a casa.
Y que algo de aquel viaje quedaría atrás.
Me apoyé contra la baranda mientras observaba las luces de la ciudad.
A lo lejos podía verse el reflejo del agua.
Las calles iluminadas.
Y el movimiento constante de una ciudad que parecía no dormir jamás.
—Mañana volvemos.
Dije.
Axel apareció a mi lado.
—Sí.
—Se pasó rápido.
—Demasiado rápido.
Permanecimos unos segundos en silencio.
Observando el horizonte.
—Después empieza el último año.
Murmuré.
Axel asintió.
—Sí.
Aquella vez ninguno hizo una broma.
Porque ambos entendíamos lo que significaba.
El último año.
Las últimas clases.
Los últimos recreos.
Las últimas tardes en nuestra banca.
—¿Tienes miedo?
Pregunté.
Axel tardó unos segundos en responder.
—Un poco.
Lo miré sorprendida.
Porque no era una respuesta que él diera con frecuencia.
—Yo también.
Sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Sincera.
—Entonces estaremos asustados juntos.
Al día siguiente emprendimos el regreso.
Y durante las primeras horas del vuelo apenas hablé.
Estaba cansada.
Triste.
Y medio dormida.
En algún momento apoyé la cabeza sobre el hombro de Axel.
Y me quedé dormida.
Cuando desperté, varias horas después, seguía exactamente en la misma posición.
Axel observaba por la ventana.
—¿Cuánto tiempo estuve dormida?
—Bastante.
—¿Por qué no me despertaste?
—Porque estabas cómoda.
Me incorporé un poco.
—¿Y tu brazo?
Axel intentó moverlo.
Muy lentamente.
Con expresión dramática.
—Creo que ya no funciona.
No pude contener la risa.
—¡Axel!
—Perdí la circulación hace como dos horas.
—Eres ridículo.
—Pero valió completamente la pena.
Mientras el avión avanzaba hacia casa, saqué la fotografía que había guardado en mi mochila.
La observé durante unos segundos.
Después giré la imagen.
Y volví a leer aquellas palabras.
"Mi lugar favorito del mundo."
Sonreí.
Porque algunos viajes terminan cuando el avión aterriza.
Y otros se quedan contigo para siempre.
Turquía fue uno de esos.
No por las ciudades.
No por las fotografías.
Ni siquiera por los lugares que visitamos.
Sino porque durante unas semanas el futuro pareció muy lejano.
Y nosotros fuimos simplemente dos adolescentes enamorados descubriendo el mundo juntos.