El descanso llegó más rápido de lo normal.
O tal vez solo parecía así.
Porque todo el día había estado lleno de palabras que normalmente evitábamos.
Universidad.
Exámenes.
Becas.
Futuro.
Terminamos en nuestra banca de siempre.
Nuestro lugar.
El mismo donde habíamos hecho tareas.
Compartido secretos.
Y pasado más horas de las que podía contar.
Axel dejó caer la maleta a un lado.
—¿Sabes qué es injusto?
—¿Qué?
—Que nos obliguen a decidir qué haremos con el resto de nuestras vidas cuando todavía olvidamos dónde dejamos los lápices.
Solté una carcajada.
—Es un buen argumento.
—Lo sé.
—Pero no te salvará de graduarte.
—Lamentablemente.
Durante unos segundos permanecimos en silencio.
Observando a otros estudiantes caminar por el patio.
Algunos hablaban emocionados.
Otros parecían completamente aterrados.
Y, por primera vez, entendí que todos estábamos pensando exactamente en lo mismo.
El futuro.
—¿Ya sabes a qué universidad quieres entrar?
Pregunté.
Axel asintió.
—He estado investigando.
—¿En serio?
—Sí.
—Eso fue sorprendentemente responsable.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo tomaré como uno.
Sonreí.
Pero entonces abrió su maleta.
Y sacó una carpeta llena de hojas impresas.
—¿Qué es eso?
—Mi plan secreto para conquistar el mundo.
—Axel.
—Está bien.
Mi plan secreto para llegar a Rusia.
Tomé una de las hojas.
Había nombres de universidades.
Programas académicos.
Becas.
Información resaltada con marcadores de colores.
—Has trabajado mucho en esto.
—Un poco.
—Axel.
—¿Qué?
—Esto no es un poco.
Una sonrisa orgullosa apareció en su rostro.
—Lo sé.
Por un momento me quedé observándolo.
Porque cuando hablaba de sus sueños cambiaba.
Sus ojos brillaban.
Su voz sonaba diferente.
Como si pudiera ver un futuro que nadie más alcanzaba a imaginar.
—¿Y tú?
Preguntó.
—¿Yo qué?
—Psicología.
—Sigue siendo el plan.
—La mejor psicóloga del mundo.
—No exageres.
—Nunca.
—Siempre exageras.
—Detalles.
Tomó una de mis manos y la balanceó suavemente.
—Lo lograrás.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque cuando hablas de ayudar a las personas, suenas igual que yo cuando hablo de Rusia.
Fruncí el ceño.
—¿Eso qué significa?
—Que ya decidiste hace mucho tiempo.
Aquellas palabras me hicieron sonreír.
Porque quizá tenía razón.
Quizá nuestros sueños habían empezado mucho antes de que nos diéramos cuenta.
El viento movió las hojas de los árboles sobre nuestras cabezas.
Y durante unos segundos ninguno habló.
—¿Te imaginas dentro de cinco años?
Preguntó Axel.
Pensé un momento.
—En la universidad.
—Sí.
—Rodeada de libros.
—Eso era predecible.
—Y cansada.
—Eso también.
Comenzamos a reír.
—¿Y tú?
—Congelándome en Rusia.
—Probablemente.
—Definitivamente.
La sonrisa permaneció en nuestros rostros.
Pero algo cambió.
Solo un poco.
Porque por primera vez imaginamos esos futuros de verdad.
No como sueños.
No como juegos.
Sino como posibilidades reales.
Y aun así ninguno se preocupó demasiado.
Porque todavía faltaba mucho.
Porque todavía quedaba todo un año.
Porque todavía éramos Axel y Samantha sentados en una banca después de clases.
Y en aquel momento eso parecía suficiente.