Aquella noche hablamos por videollamada.
Como casi todas las noches.
Pero algo era diferente.
Quizás porque ya no hablábamos solo del colegio.
Ni de tareas.
Ni de profesores.
Ahora hablábamos de universidades.
De carreras.
De ciudades.
De futuros.
Y eso hacía que todo pareciera más real.
—Tomatito.
—¿Sí?
—¿Ya pensaste dónde vas a estudiar?
Me acomodé sobre la cama.
—Todavía no estoy completamente segura.
—Eso significa que sí tienes opciones.
—Algunas.
—¿Cuáles?
Tomé aire.
—Hay una universidad que me gusta mucho en la ciudad.
—¿La de Psicología?
—Sí.
Axel sonrió.
—La mejor futura psicóloga del mundo.
—No exageres.
—Jamás exagero.
—Axel.
—Está bien.
Tal vez exagero un poco.
—Muchísimo.
—Detalles.
No pude evitar reír.
Y por un momento todo volvió a sentirse sencillo.
Como siempre.
Hasta que decidí devolverle la pregunta.
—¿Y tú?
Sus ojos brillaron de inmediato.
La misma reacción de siempre.
La misma emoción que aparecía cada vez que hablaba de algo que amaba.
—He estado investigando programas internacionales.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
—¿Rusia?
Axel asintió.
—Rusia.
Sonrió de esa forma tranquila que aparecía cuando hablaba de sus sueños.
No era una sonrisa impulsiva.
Era una sonrisa convencida.
Y eso la hacía diferente.
—¿Nunca te cansas de pensar en Rusia?
—¿Tú te cansas de pensar en Psicología?
—Buen punto.
—Exacto.
Durante unos segundos permanecimos en silencio.
Escuchándonos respirar.
Como ocurría a veces cuando llevábamos horas hablando.
Y aun así ninguno quería colgar.
—¿Sabes qué me parece raro?
Pregunté.
—¿Qué?
—Hace unos años ni siquiera te conocía.
Axel sonrió.
—Tu vida era mucho más tranquila.
—Eso es verdad.
—Lo sabía.
—Pero también era más aburrida.
—Eso también lo sabía.
Negué con la cabeza.
Y él sonrió orgulloso.
Como si acabara de ganar una discusión importante.
—Tomatito.
—¿Sí?
—Si pudieras quedarte en esta edad para siempre...
¿Lo harías?
Pensé unos segundos.
De verdad lo pensé.
Porque la pregunta era más difícil de lo que parecía.
—No.
Axel pareció sorprendido.
—¿No?
—No.
—¿Por qué?
Miré la pantalla.
Después sonreí.
—Porque quiero saber qué pasa después.
—¿Aunque dé miedo?
—Aunque dé miedo.
Axel permaneció callado unos segundos.
Y luego sonrió.
Esa sonrisa tranquila.
La que aparecía cuando una respuesta le gustaba.
—Esa es una buena respuesta.
—¿Y tú?
Por primera vez dudó.
Solo un poco.
—Creo que tampoco me quedaría.
—¿Por Rusia?
Negó con la cabeza.
—No.
—¿Entonces?
Me observó a través de la pantalla.
Y durante un instante pareció buscar las palabras correctas.
—Porque quiero ver todo lo que vas a lograr.
Mi corazón se aceleró.
—Axel...
—¿Qué?
—A veces dices cosas demasiado bonitas.
—Lo sé.
—Y luego finges que no.
—También lo sé.
Solté una carcajada.
Y él sonrió.
La conversación continuó un poco más.
Hablamos de profesores.
De exámenes.
De planes absurdos para sobrevivir al último año.
De todo y de nada.
Hasta que el sueño comenzó a vencernos.
—Deberías dormir.
Dijo Axel.
—Tú también.
—Nos vemos mañana.
—Mañana.
—Buenas noches, Tomatito.
Sonreí.
Porque seguía siendo mi frase favorita.
—Buenas noches, Estrella Fugaz.
La llamada terminó.
Y la habitación quedó en silencio.
Pero por alguna razón seguí sonriendo.
Porque nuestro último año acababa de comenzar.
Y aunque todavía no lo sabíamos...
Cada día empezaría a sentirse más valioso que el anterior.
Como si el tiempo estuviera intentando enseñarnos algo.
Como si quisiera recordarnos que incluso los momentos más felices no duran para siempre.
Y precisamente por eso son tan importantes.