"Hay regalos que no solo recuerdan quién eres... también te recuerdan quién sueñas llegar a ser."
Siempre me habían gustado los cumpleaños.
No por los regalos.
Ni por las fiestas.
Ni siquiera por el pastel.
Me gustaban porque reunían a las personas que quería.
Porque durante un día parecía que el mundo se detenía un momento para recordarte que existías.
Y aquel cumpleaños era especial.
No solo porque estaba cumpliendo años.
Sino porque era el primero que celebraba siendo novia de Axel.
—No quiero cumplir años.
Murmuré mientras caminábamos hacia el colegio.
Axel me miró de reojo.
—Mentira.
—No es mentira.
—Sí lo es.
—No.
—Tomatito.
—¿Qué?
—Llevas sonriendo desde que te despertaste.
Lo miré.
—Eso no prueba nada.
—Lo prueba todo.
—¿Y tú cómo sabes tanto?
—Porque llevo demasiado tiempo observándote.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—Eso sonó un poco aterrador.
Axel sonrió.
—Lo retiro.
—Demasiado tarde.
—Entonces tendré que compensarlo.
—¿Cómo?
—No sé.
Se encogió de hombros.
—Tal vez con un regalo.
Entrecerré los ojos.
—¿Qué regalo?
—¿Qué regalo?
Repitió, fingiendo sorpresa.
—Sí.
—No sé de qué hablas.
—Axel.
—Tomatito.
—Estás escondiendo algo.
—Yo jamás escondería nada.
Lo miré en silencio.
Él sostuvo mi mirada durante unos segundos.
Después sonrió.
—Bueno... casi nunca.
Solté una carcajada.
Durante toda la mañana recibí felicitaciones.
Mensajes.
Abrazos.
Dulces.
Y hasta una pequeña canción improvisada de mis compañeros que, sinceramente, prefería olvidar.
Pero había algo extraño.
Axel estaba demasiado tranquilo.
Demasiado normal.
Y eso era preocupante.
Porque cuando Axel intentaba actuar como si no pasara nada...
Definitivamente pasaba algo.
Durante el descanso me senté en nuestra banca.
Él apareció unos segundos después.
—Feliz cumpleaños otra vez.
—Gracias.
—¿Cuántas veces te lo he dicho hoy?
—Cuatro.
—Cinco.
—Fueron cuatro.
—La quinta cuenta como regalo.
—Eso no tiene sentido.
—No todo tiene que tener sentido.
Se sentó a mi lado.
Lo observé durante unos segundos.
—¿Qué planeas?
—Nada.
—Mentira.
—¿Por qué todos dicen eso?
—Porque eres pésimo mintiendo.
—Eso es ofensivo.
—Pero cierto.
Axel soltó una pequeña risa.
Después miró hacia otro lado.
—Esta tarde tienes que estar libre.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Porque necesito secuestrarte.
—¿Qué?
—Metafóricamente.
—Eso no mejora la frase.
—A las cuatro.
—¿Dónde?
—En el parque.
—¿Nuestro parque?
—Nuestro parque.
Sonrió.
—Y no hagas preguntas.
—Eso significa que definitivamente estás tramando algo.
—Exactamente.
A las cuatro en punto estaba frente al parque.
Y, por supuesto, Axel ya estaba allí.
Esperándome.
Tenía una pequeña caja envuelta entre las manos.
Cuando me vio, sonrió.
—Llegaste.
—Me dijiste que viniera.
—Podrías haber decidido ignorarme.
—Nunca haría eso.
—Bien.
Se puso de pie.
—Entonces esto es oficialmente mío.
Señaló la caja.
—¿Qué es?
—Tu regalo.
—¿Puedo abrirlo?
—Ahora sí.
Me senté en nuestra banca.
Axel se acomodó a mi lado.
Y por primera vez durante todo el día dejó de bromear.
—Feliz cumpleaños, Tomatito.
Sonreí.
—Gracias, Estrella Fugaz.
Y comencé a abrir el regalo.