Cuando las estrellas caen

Capítulo XX El regalo que hablaba del futuro Parte 2

El papel cayó lentamente sobre mis piernas.

Y entonces lo vi.

Un libro.

Parpadeé.

Lo tomé entre mis manos.

Era un libro relacionado con psicología.

Uno de esos que alguna vez había mencionado durante una conversación que, sinceramente, yo misma había olvidado.

Mis dedos recorrieron cuidadosamente la portada.

—Axel...

Él sonrió.

—¿Te gusta?

—¿Cómo encontraste este libro?

—Después de buscar durante semanas.

Levanté la mirada.

—¿Semanas?

—Sí.

—Pero yo lo mencioné hace muchísimo tiempo.

—Lo sé.

—Ni siquiera recordaba haberlo dicho.

Axel se encogió de hombros.

—Yo sí.

No pude evitar sonreír.

Era tan propio de él.

Recordaba cosas pequeñas.

Comentarios que yo decía sin pensar.

Detalles que para mí no significaban demasiado.

Pero que él guardaba.

Abrí el libro.

Y entonces encontré algo.

Una hoja doblada.

—¿Qué es esto?

Axel señaló el papel.

—Léelo.

Reconocí su letra inmediatamente.

Desdoblé la hoja.

Y comencé.

"Para la futura psicóloga más increíble que conozco."

Sonreí.

Seguí leyendo.

"Sé que algún día ayudarás a muchas personas."

"Sé que lograrás cosas enormes."

"Y sé que, cuando tengas tu propio consultorio lleno de libros, este probablemente será uno de los más viejos de tu biblioteca."

Sentí un pequeño nudo en la garganta.

Pero continué.

"No te regalo este libro para que recuerdes quién eres ahora."

"Te lo regalo para que recuerdes quién soñabas ser."

Tragué saliva.

"Porque a veces crecer significa olvidar nuestros sueños."

"Y si algún día eso ocurre..."

Mis ojos recorrieron la última parte.

"Quiero que abras este libro y recuerdes a la chica que quería cambiar el mundo escuchando a los demás."

Me quedé inmóvil.

Durante varios segundos no fui capaz de decir nada.

Axel me observaba en silencio.

Ya no tenía aquella sonrisa bromista.

Ahora parecía nervioso.

—¿Te gustó?

Levanté la mirada.

—Axel...

—¿Sí?

—¿De verdad escribiste todo esto?

—Sí.

—¿Por qué?

Pareció pensarlo.

—Porque tú siempre dices que quieres ser psicóloga.

Bajó la mirada hacia el libro.

—Y aunque a veces tú misma dudas de si podrás conseguirlo...

Volvió a mirarme.

—Yo nunca he dudado.

Aquellas palabras me golpearon más fuerte que cualquier frase escrita.

—¿Nunca?

Negó con la cabeza.

—Nunca.

Sentí los ojos humedecerse.

—¿Y si fracaso?

Axel sonrió suavemente.

—Entonces volverás a intentarlo.

—¿Y si vuelvo a fracasar?

—Lo intentarás otra vez.

—¿Y si...

—Tomatito.

Me interrumpió.

—No tienes que demostrarme que puedes hacerlo.

—¿Entonces?

—Solo tienes que seguir siendo tú.

Bajé la mirada.

No sabía qué decir.

Así que hice lo único que se me ocurrió.

Me acerqué a él.

Y lo besé.

Fue un beso corto.

Suave.

Pero lleno de todo lo que no sabía cómo decir.

Cuando me separé, Axel permaneció mirándome durante unos segundos.

—Eso...

Sonrió.

—¿Eso fue un gracias?

Sentí mis mejillas arder.

—Tal vez.

—Entonces creo que voy a empezar a hacer mejores regalos.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Se acercó otra vez.

Y esta vez fui yo quien sonrió antes de que nuestros labios volvieran a encontrarse.

Cuando nos separamos, Axel tomó el libro.

—Espera.

—¿Qué?

Abrió la primera página.

Sacó un pequeño marcador que llevaba en el bolsillo.

Y dibujó una estrella.

Pequeña.

Sencilla.

Al lado de la dedicatoria.

—¿Qué haces?

—Firmando mi obra.

—Presumido.

—Muchísimo.

Debajo de la estrella escribió:

Para Tomatito, de Estrella Fugaz.

Lo observé.

Y sonreí.

—Ahora sí es oficialmente mío.

—Siempre fue tuyo.




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