Nos quedamos en la banca durante un largo rato.
El libro descansaba sobre mis piernas.
Y yo seguía leyendo la dedicatoria una y otra vez.
—¿Sabes algo?
Preguntó Axel.
—¿Qué?
—Cuando seas psicóloga, voy a presumir de ti.
—¿Ah, sí?
—Muchísimo.
—¿Qué vas a decir?
Axel pensó unos segundos.
—Que yo la conocí antes de que fuera famosa.
Solté una carcajada.
—No voy a ser famosa.
—Para mí sí.
La sonrisa se me escapó antes de que pudiera evitarlo.
—Eres demasiado cursi.
—Y tú me quieres así.
—Lamentablemente.
—Mentira.
—Un poco.
Axel sonrió.
El sol comenzaba a bajar lentamente.
Las sombras se extendían sobre el césped.
Y durante unos minutos simplemente permanecimos juntos.
Sin hablar.
Sin pensar demasiado.
Solo disfrutando de aquel momento.
Hasta que Axel señaló el libro.
—Cuídalo.
—Lo haré.
—En serio.
—¿Por qué?
Se quedó pensativo.
—Porque algún día quiero verlo en tu biblioteca.
—¿Cuando sea psicóloga?
—Sí.
—¿Y si no lo logro?
Axel me miró.
—Lo vas a lograr.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque te conozco.
Sonrió.
—Y porque cuando quieres algo de verdad, eres imposible de detener.
—Eso suena más a una crítica que a un cumplido.
—Es ambas cosas.
Reí.
Después apoyé la cabeza sobre su hombro.
Y él tomó mi mano.
—Feliz cumpleaños, Tomatito.
—Gracias por hacer que sea especial.
—Todavía no termina.
Levanté la cabeza.
—¿Hay más?
Axel sonrió.
—No.
—Entonces ¿por qué dijiste eso?
—Porque quería verte emocionada.
—Eres terrible.
—Lo sé.
Volví a apoyar la cabeza sobre su hombro.
Y durante unos minutos escuché únicamente el sonido de nuestras respiraciones.
Pensé en el libro.
En la carta.
En la pequeña estrella que Axel había dibujado.
Y en todas las cosas que todavía quería hacer.
Ser psicóloga.
Tener mi propio consultorio.
Ayudar personas.
Viajar.
Conocer el mundo.
Y, por supuesto...
Seguir teniendo a Axel a mi lado.
En aquel momento parecía tan sencillo.
Como si el futuro fuera una línea recta.
Como si solo tuviéramos que caminar hacia él.
Aquella noche coloqué el libro sobre mi escritorio.
Antes de dormir, abrí nuevamente la primera página.
Pasé los dedos sobre la pequeña estrella.
Y sonreí.
No sabía por cuánto tiempo conservaría aquel libro.
No sabía cuántas veces volvería a leer aquella carta.
No sabía cuántas cosas cambiarían antes de convertirme en la persona que soñaba ser.
Pero sí sabía algo.
Aquel regalo no era solamente un libro.
Era una promesa silenciosa.
La promesa de que, al menos en aquel momento, alguien creía en mí incluso cuando yo todavía estaba aprendiendo a hacerlo.
Y quizá eso era una de las formas más bonitas de amar.
No decidir quién debía ser la otra persona.
Sino mirar sus sueños...
Y decirle:
"Yo creo que puedes llegar hasta allí."
Y aquella noche, mientras cerraba el libro y apagaba la luz, todavía podía sentir el beso de Axel en mis labios.
Sonreí.
Porque tenía diecisiete años.
Porque estaba enamorada.
Y porque, en aquel momento, el futuro todavía parecía algo hermoso que nos pertenecía a los dos.