"Hay cosas que solo nos atrevemos a decir cuando la noche nos hace sentir que el mundo está escuchando menos."
A veces los momentos importantes no ocurren cuando los planeas.
Simplemente llegan.
Sin avisar.
Como una estrella fugaz.
Una noche de octubre, cerca de las once, estaba terminando de leer cuando mi celular vibró.
Miré la pantalla.
Estrella Fugaz
"¿Estás despierta?"
Sonreí.
Era una pregunta absurda.
Axel sabía perfectamente que a esa hora todavía seguía despierta.
Tomatito
"Sí."
La respuesta apareció casi inmediatamente.
Estrella Fugaz
"Sal al balcón."
Fruncí el ceño.
Tomatito
"¿Qué?"
Tres puntos.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Finalmente llegó otro mensaje.
Estrella Fugaz
"Confía en mí."
Suspiré.
Ahí estaba otra vez.
La frase más peligrosa de su repertorio.
Tomatito
"Algún día voy a dejar de confiar en ti."
Estrella Fugaz
"No hoy."
No pude evitar reír.
Cinco minutos después estaba en el balcón de mi habitación.
Y entonces lo vi.
Al otro lado de la calle.
Axel estaba apoyado contra una pequeña pared, con las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta.
Cuando levantó la mirada y me encontró allí, sonrió.
—¿Estás loco?
Pregunté en voz baja.
—Probablemente.
—Son casi las once y media.
—Lo sé.
—¿Y qué haces aquí?
Axel levantó ligeramente los hombros.
—Tenía ganas de verte.
Mi corazón hizo aquello que llevaba haciendo desde que él apareció en mi vida.
Acelerarse sin permiso.
—¿No podías esperar hasta mañana?
—No.
—¿Por qué?
Esta vez no respondió inmediatamente.
Lo observé.
Había algo diferente en él.
No estaba sonriendo de esa manera traviesa que utilizaba cuando quería molestarme.
Parecía...
Nervioso.
—Porque estaba pensando demasiado.
Fruncí el ceño.
—Eso sí que es preocupante.
Axel soltó una pequeña risa.
—Gracias por tu apoyo.
—Siempre.
Hubo un silencio.
Uno extraño.
No incómodo.
Solo diferente.
—¿Sobre qué estabas pensando?
Axel levantó la mirada hacia mí.
—Sobre nosotros.
Mi sonrisa desapareció lentamente.
No porque hubiera sonado mal.
Sino porque había algo en su voz que me hizo prestar atención.
—¿Pasó algo?
—No.
—Entonces, ¿qué pasa?
Axel respiró profundamente.
—Nada malo.
Hizo una pausa.
—Solo quería hablar contigo.
—Puedes hablar.
—Ya lo sé.
Sonrió.
—Pero necesito que prometas no reírte.
Lo miré con incredulidad.
—Eso depende.
—Tomatito.
—Está bien.
Levanté una mano.
—No me voy a reír.
Axel permaneció unos segundos en silencio.
Y entonces hizo una pregunta que consiguió borrar cualquier rastro de sueño que pudiera quedarme.
—¿Alguna vez te has preguntado por qué me enamoré de ti?
Parpadeé.
Una vez.
Dos veces.
—Axel...
—Es una pregunta seria.
—Lo sé.
—Entonces responde.
Bajé la mirada.
Sentí cómo mis mejillas comenzaban a calentarse.
—No sé.
Axel sonrió.
Pero no era una sonrisa divertida.
Era mucho más suave.
Más sincera.
—Yo sí lo sé.