Después de aquello permanecimos en silencio.
Yo desde mi balcón.
Él desde la calle.
Y, aunque había varios metros entre nosotros, sentía que nunca habíamos estado tan cerca.
Como si durante unos minutos hubiéramos conseguido dejar fuera todo lo demás.
El colegio.
Las universidades.
Rusia.
La psicología.
Los sueños.
El futuro.
Solo estábamos nosotros.
Hasta que Axel volvió a hablar.
—Tomatito.
—¿Sí?
—¿Crees que algún día dejaremos de querernos?
La pregunta cayó entre nosotros con una suavidad extraña.
No era una pregunta triste.
Pero tampoco era una pregunta sencilla.
Pensé unos segundos.
Y respondí sin dudar.
—No.
Axel sonrió.
—Yo tampoco.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Completamente?
—Completamente.
Me crucé de brazos.
—Entonces estamos haciendo una promesa.
Axel negó con la cabeza.
—No.
—¿No?
—No quiero prometerte que nunca cambiará nada.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
Miró hacia el cielo.
—Porque no sé qué va a pasar.
Aquella respuesta me sorprendió.
Pero antes de que pudiera decir algo, continuó.
—Solo sé que hoy te amo.
Hizo una pequeña pausa.
—Y que mañana quiero seguir eligiéndote.
Mi corazón se aceleró.
—Eso sí me gusta.
Axel sonrió.
—Entonces queda así.
—Así.
Durante unos segundos nos quedamos mirándonos.
Hasta que él dio un paso hacia la entrada de mi casa.
—Creo que debería irme.
—Probablemente.
—Mañana tenemos clases.
—Desafortunadamente.
—Y tú necesitas dormir.
—No quiero.
—Tomatito.
—Estrella Fugaz.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Axel comenzó a alejarse.
Pero antes de que pudiera llegar al final de la calle, se detuvo.
Volvió la mirada hacia mí.
—Espera.
—¿Qué?
—Se me olvidó algo.
—¿Qué?
Sonrió.
—Esto.
Se llevó una mano al corazón.
—Te amo.
Sentí que mis mejillas se calentaban.
—Yo también te amo.
Axel sonrió.
Y justo cuando pensé que se iría, volvió sobre sus pasos.
Se acercó a la puerta de mi casa y levantó la mirada hacia el balcón.
—¿Puedo subir?
Lo miré sorprendida.
—¿Estás loco?
—Ya dijiste eso.
—Y sigo pensando lo mismo.
—Entonces...
Sonrió.
—¿Me vas a dejar irme sin despedirme correctamente?
No pude evitar reír.
—Cinco minutos.
—Suficiente.
Unos minutos después estaba frente a mí.
Nos quedamos mirándonos.
Sin decir nada.
Y esta vez no hubo bromas.
No hubo apodos.
No hubo ninguna frase ingeniosa.
Solo él.
Solo yo.
Axel tomó suavemente mi mano.
—Gracias por decirme todo eso.
—Gracias por preguntarme.
Sonrió.
Y se inclinó lentamente.
Nuestros labios se encontraron en un beso tranquilo.
Sin prisas.
Como si ninguno de los dos quisiera romper aquel momento demasiado rápido.
Cuando nos separamos, apoyó su frente contra la mía.
—Buenas noches, Tomatito.
Sonreí.
—Buenas noches, Estrella Fugaz.
Y cuando finalmente se marchó, me quedé unos segundos en el balcón.
Mirando cómo desaparecía al final de la calle.
Aquella noche no ocurrió nada extraordinario.
No hubo fuegos artificiales.
No cayó ninguna estrella.
No cambió el mundo.
Solo hubo dos adolescentes diciéndose cosas que llevaban tiempo guardando.
Y quizás por eso terminó siendo tan especial.
Porque algunas noches no necesitan ser enormes para quedarse contigo.
Solo necesitan ser verdaderas.
Y aquella noche lo fue.
Completamente.