"Amar también era recordar esas pequeñas cosas que la persona que quieres decía sin imaginar que tú jamás las olvidarías.”
Siempre había pensado que conocer a alguien era aprenderse sus gustos.
Su comida favorita.
La canción que más escuchaba.
La película que podía ver cien veces.
Pero con Axel había aprendido que conocer a alguien era mucho más que eso.
Era reconocer sus silencios.
Saber cuándo algo le preocupaba aunque dijera que estaba bien.
Saber cuándo necesitaba un abrazo.
Recordar las cosas que decía distraídamente y que, para él, quizá no significaban demasiado…
pero que yo guardaba.
Como pequeños secretos.
Como pequeñas partes de él que quería proteger.
Y quizá por eso hacerle regalos siempre había sido tan difícil.
No porque Axel fuera exigente.
Todo lo contrario.
Era capaz de emocionarse con las cosas más sencillas.
Una carta.
Un chocolate.
Una fotografía.
Incluso una pequeña piedra que encontrara en el camino.
Si se la daba con cariño, probablemente la guardaría.
Eso era precisamente lo que complicaba todo.
Yo quería sorprenderlo.
Quería regalarle algo que no solamente pudiera tener…
sino algo que pudiera recordar.
Nuestro aniversario estaba a pocos días.
Y, por primera vez, yo era quien escondía un secreto.
Uno enorme.
Uno que llevaba meses preparando.
Aquella noche estaba acostada en mi cama cuando mi teléfono vibró.
Axel :3
¿Qué haces?
Sonreí.
Tomatito ❣️
Nada.
La respuesta apareció casi inmediatamente.
Axel :3
Mentira.
Fruncí el ceño.
Tomatito ❣️
¿Por qué mentira?
Axel :3
Porque te conozco.
Me mordí el labio para contener una sonrisa.
Tomatito ❣️
Eso es discutible.
Axel :3
No lo es.
Y entonces entró una videollamada.
Contesté.
—Hola.
Axel apareció en la pantalla.
Tenía el cabello un poco desordenado y esa expresión tranquila que siempre conseguía hacerme sonreír.
—¿Por qué estás sonriendo?
—No estoy sonriendo.
—Sí estás sonriendo.
—No.
—Samantha.
—¿Qué?
—Te conozco.
Rodé los ojos.
—Ya empezamos.
Axel sonrió.
—Estás escondiendo algo.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Axel…
—Tomatito…
—Eres insoportable.
—Pero me quieres.
Lo miré durante unos segundos.
—Demasiado.
Su sonrisa desapareció lentamente.
No porque estuviera triste.
Sino porque esas palabras siempre conseguían ponerlo un poquito nervioso.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Muchísimo.
—Dímelo otra vez.
Solté una pequeña risa.
—Te quiero muchísimo.
—Otra vez.
—¿Por qué?
—Porque me gusta escucharlo.
Sentí calor en mis mejillas.
—Te quiero muchísimo.
Él sonrió.
—Ahora sí.
—¿Ahora sí qué?
—Ahora puedo dormir tranquilo.
—Qué dramático.
—Es que necesito saber que mi novia me quiere.
—¿Y todavía lo dudas?
—No.
Se acercó un poquito más a la cámara.
—Pero me gusta que me lo recuerdes.
Sonreí.
—Entonces tendrás que acostumbrarte.
—¿A qué?
—A que te lo diga.
Axel me observó en silencio.
Después sonrió de esa manera que hacía que mi corazón se acelerara.
—Ven.
—¿Qué?
—Ven.
—¿Para qué?
Axel acercó su rostro a la cámara.
Entendí inmediatamente.
—¿Quieres un beso?
—Uno.
Me acerqué y besé suavemente la pantalla.
—Listo.
Axel negó con la cabeza.
—No cuenta.
—¿Por qué?
—Porque es un beso de pantalla.
—¿Y qué quieres?
—Uno de verdad.
Me reí.
—Tendrás que esperar.
—No quiero esperar.
—Pues te toca.
Hizo un pequeño puchero.
—Eres mala.
—Y tú eres dramático.
—Pero me quieres.
—Sí.
—Entonces no soy tan malo.
—No dije eso.
—Pero lo pensaste.
—Tal vez.
Axel sonrió.
—Cuando te vea, me debes uno.
—¿Uno?
—Bueno…
Fingió pensarlo.
—Varios.
—Eso ya me parece más justo.
—Sabía que ibas a aceptar.
Cuando terminamos la llamada, dejé el teléfono sobre la cama.
Y mi mirada fue directamente hacia mi escritorio.
Debajo había una pequeña caja.
Dentro estaban las entradas.
Las había comprado hacía meses.
Meses de ahorrar.
De guardar un poco de dinero cada vez que podía.
De dejar de comprar algunas cosas que quería.
Cada vez que sentía la tentación de gastar, pensaba en él.
Después.
Porque tenía un propósito.
Quería regalarle algo que realmente amara.
Y sabía exactamente qué.
La música.
Especialmente Billie Eilish.
Todavía recordaba la primera vez que Axel me lo había confesado.
Habíamos estado hablando de música cuando, de repente, se puso extraño.
—No te rías.
—¿De qué?
—Prométemelo.
—Axel…
—Promete que no te vas a reír.
—Está bien. Prometido.
Respiró profundamente.
—Me gusta Billie Eilish.
Lo dijo tan rápido que apenas pude procesarlo.
—¿Eso era todo?
—Sí.
—Pensé que ibas a contarme un crimen.
—Es algo serio.
Me eché a reír.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Y desde ese momento descubrí una parte de Axel que me encantaba.
Podía pasar horas hablando de canciones.
Sabía letras completas.
Se emocionaba con pequeños detalles de la música.
Y cuando escuchaba una canción que realmente le gustaba…
era como si desapareciera todo lo demás.