Cuando las estrellas caen

Capitulo XXII El mejor regalo era conocerlo Parte 3

La música comenzó.

Y durante las siguientes horas, el mundo pareció desaparecer.

Solo estábamos Axel y yo.

Las luces.

Las canciones.

Los gritos de la gente.

Y esa sonrisa suya que no había desaparecido desde que entramos.

Axel cantaba cada canción como si llevara años esperando exactamente ese momento.

A veces saltaba.

A veces cerraba los ojos.

A veces simplemente se quedaba mirando el escenario, completamente fascinado.

Y yo no podía dejar de mirarlo.

No porque quisiera memorizar el concierto.

Sino porque quería memorizarlo a él.

La forma en que sonreía.

La emoción en sus ojos.

La manera en que apretaba mi mano cada vez que comenzaba una canción que le gustaba especialmente.

En un momento, Axel se giró hacia mí.

—¡Esta es mi favorita!

—¡Ya me di cuenta!

Se rio y comenzó a cantar.

Yo apenas conocía la canción, así que me quedé observándolo.

—¡Canta! —me dijo.

—¡No me sé la letra!

—¡No importa!

—¡Sí importa!

Axel tomó mi mano y comenzó a cantarla conmigo, aunque yo solo pudiera seguir algunas partes.

Y terminé riéndome.

Porque verlo tan feliz era contagioso.

Después de un rato, nos quedamos uno junto al otro.

Axel apoyó la cabeza sobre mi hombro.

Yo apoyé la mía sobre la suya.

Y durante unos segundos no dijimos nada.

Solo escuchamos.

Cuando comenzó a sonar “Ocean Eyes”, Axel dejó de cantar.

Lo sentí quedarse completamente quieto.

Levanté la mirada.

Estaba observando el escenario.

Las luces se reflejaban en sus ojos.

Y había algo en su expresión que me hizo sonreír.

Parecía un niño viendo cumplirse un sueño.

Sin pensarlo demasiado, entrelacé mis dedos con los suyos.

Axel bajó la mirada hacia nuestras manos.

Después me miró.

—Samantha…

—¿Sí?

—Gracias.

Sonreí.

—Ya me lo dijiste.

—Lo sé.

—Entonces disfruta.

Axel negó suavemente con la cabeza.

—No.

—¿No?

—Necesito decirte algo.

Me quedé mirándolo.

—¿Qué?

Se acercó un poco más.

—Este es el mejor regalo que me han dado.

Sonreí.

—Exagerado.

—No.

—Sí.

—No.

—Axel…

Él soltó una pequeña risa.

Pero después volvió a ponerse serio.

—No por el concierto.

Parpadeé.

—¿Entonces?

Apretó mi mano.

—Porque significa que me escuchas.

Sentí que mi sonrisa se hacía más pequeña.

—Porque recuerdas las cosas que digo.

Sus ojos estaban sobre los míos.

—Porque me conoces.

No supe qué responder.

Solo lo miré.

Y, de repente, entendí algo.

Quizá por eso había querido hacerle aquel regalo.

No porque quisiera impresionarlo.

No porque quisiera gastar dinero en algo enorme.

Ni siquiera porque quisiera ser la novia perfecta.

Lo había hecho porque meses atrás Axel había mencionado, casi sin darle importancia, cuánto le gustaba aquella música.

Y yo había escuchado.

Había recordado.

Había guardado aquel pequeño detalle.

Y ahora estaba viendo cómo ese pequeño detalle se convertía en uno de los momentos más felices de su vida.

—Te amo —susurré.

Axel sonrió.

—Yo también te amo.

Se acercó y me dio un beso.

Primero suave.

Después otro en la frente.

Y otro en la mejilla.

Me reí.

—¿Qué haces?

—Recordándote que te amo.

—Creo que ya lo sé.

—Entonces te lo voy a recordar todas las veces que haga falta.

Lo abracé.

—Prometido.

—Prometido.

Nos quedamos abrazados mientras la canción continuaba.

Y por primera vez aquella noche dejé de pensar en si el regalo había sido suficiente.

Porque ya tenía mi respuesta.

Lo era.

No por las entradas.

No por el concierto.

Sino por lo que significaban.

Cuando terminó el concierto, caminamos lentamente entre la gente.

Axel todavía parecía estar procesando todo.

—No puedo creer que realmente pasó.

—Pasó.

—Todavía siento que estoy soñando.

—Entonces no despiertes todavía.

Axel me miró y sonrió.

—¿Sabes qué es lo más bonito?

—¿Qué?

Se acercó y tomó mi rostro entre sus manos.

—Que estabas conmigo.

Sentí un nudo en la garganta.

—Siempre voy a querer estar contigo.

Axel dejó un beso sobre mi frente.

—Entonces tengo todo lo que necesito.

Nos quedamos unos segundos en silencio.

Después apoyó su frente contra la mía.

—Gracias por conocerme, Samantha.

Sonreí.

—Gracias por dejarme hacerlo.

Y entonces entendí que amar a alguien no siempre consistía en regalarle cosas grandes.

A veces era prestar atención.

Recordar.

Escuchar.

Guardar pequeñas cosas que parecían insignificantes.

Porque para la persona que amas…

podían significarlo todo.

Esa noche no había comprado simplemente unas entradas.

Había comprado un recuerdo.

Uno que algún día, cuando pasaran los años, podríamos recordar juntos.

Y quizá la música ya no sonaría igual.

Quizá nosotros tampoco seríamos los mismos.

Pero cada vez que escucháramos aquella canción…

volveríamos a esa noche.

A las luces.

A nuestras manos entrelazadas.

A sus ojos llenos de emoción.

A aquel beso.

A aquella promesa.

Y a la certeza de que, por una noche, habíamos conseguido detener el tiempo.

Miré a Axel mientras caminábamos.

Él sonrió.

Yo también.

Y pensé que, después de todo…

el mejor regalo no había sido llevarlo a conocer a su artista favorito.

Había sido demostrarle que lo escuchaba.

Que lo conocía.

Que lo amaba.

Y que, entre todas las personas del mundo…

yo había aprendido a reconocer cada pequeña parte de él.




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