Cuando las estrellas caen

Capitulo XXIII Una estrella para Tomatito Parte 1

Después del concierto de Billie Eilish, estaba convencida de que Axel ya no podía sorprenderme.

Había sido demasiado perfecto.

Demasiado bonito.

Demasiado nuestro.

La emoción en sus ojos cuando vio las entradas.

La forma en que me abrazó.

Sus besos.

Su mano entrelazada con la mía durante todo el concierto.

Y, sobre todo, aquella manera suya de mirarme cuando me dijo que el mejor regalo no había sido el concierto…

sino saber que yo lo escuchaba.

Que lo conocía.

Que recordaba las pequeñas cosas que decía.

Después de aquella noche, pensé que Axel había puesto el listón demasiado alto.

Y que, por una vez, sería imposible que pudiera sorprenderme.

Me equivocaba.

Gravemente.

Porque Axel tenía una habilidad especial para encontrar nuevas formas de quedarse en mi corazón.

Y todavía no sabía que aquella vez no necesitaría música.

Ni un escenario.

Ni cientos de personas.

Solo una pequeña caja.

Una estrella.

Y un recuerdo.

Todo comenzó una tarde cualquiera.

O al menos eso pensé.

Habíamos salido de clases y caminábamos por el parque.

Nuestro parque.

Nuestra banca.

Nuestro lugar.

El sitio donde se habían acumulado tantos recuerdos que, si alguien me hubiera pedido contarlos todos, probablemente habría necesitado horas.

Ahí habíamos tenido nuestras primeras conversaciones largas.

Ahí habíamos discutido por tonterías.

Ahí habíamos hecho las paces.

Ahí Axel me había abrazado cuando tuve un día horrible.

Y también ahí había recibido algunos de los besos que más había querido recordar.

Era extraño pensar que un lugar tan sencillo pudiera guardar tanto de nosotros.

Caminaba junto a Axel mientras él hablaba de algo que había ocurrido en clases.

Yo apenas estaba prestando atención.

No porque no me interesara.

Sino porque estaba demasiado ocupada mirándolo.

—¿Por qué sonríes?

Preguntó de repente.

Aparté la mirada.

—¿Yo?

—Sí, tú.

—No sonrío.

Axel soltó una pequeña risa.

—Mentira.

—Pruebas.

—Te conozco.

—Eso no cuenta.

—Claro que cuenta.

—No puedes usar el hecho de conocerme como prueba.

—¿Por qué no?

—Porque es trampa.

Axel se rio.

—Tomatito…

—¿Qué?

—Estás rara.

Lo miré.

—¿Rara cómo?

—No sé.

Se encogió de hombros.

—Como feliz.

Sonreí.

—Estoy feliz.

Axel tomó mi mano.

—Me alegra.

Nuestros dedos se entrelazaron.

Y seguimos caminando.

Pero entonces noté algo.

Axel llevaba una mano escondida detrás de la espalda.

Entrecerré los ojos.

—¿Qué tienes ahí?

—Nada.

—Axel.

—¿Sí?

—Enséñame.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Eso es sospechoso.

—No es sospechoso.

—Sí lo es.

Axel sonrió.

—Confía en mí.

Me detuve.

—No.

Él soltó una carcajada.

—¿Qué?

—Cada vez que alguien me dice “confía en mí”, algo pasa.

—No siempre.

—Contigo, sí.

—Tomatito…

—Estrella Fugaz…

Nos miramos.

Y terminamos riéndonos.

Cuando llegamos a la banca, Axel se sentó.

Yo me senté junto a él.

Durante unos segundos no dijo nada.

Eso era todavía más sospechoso.

—Axel.

—¿Sí?

—¿Qué estás planeando?

—Nada.

Lo miré fijamente.

—Otra mentira.

—Tal vez.

—Definitivamente.

Axel sonrió.

Pero esta vez noté algo diferente.

Parecía nervioso.

Muy nervioso.

Y eso sí era extraño.

Axel podía bromear conmigo durante horas.

Podía hacerme reír incluso cuando estaba de mal humor.

Podía decirme cosas bonitas y después fingir que no había dicho nada.

Pero verlo nervioso…

Eso era nuevo.

—¿Qué pasa?

Pregunté suavemente.

Él bajó la mirada.

—Nada malo.

—Entonces dime.

—Quería darte algo.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—¿A mí?

Axel me miró como si la pregunta fuera obvia.

—Claro que a ti.

Sonreí.

—¿Por qué?

—¿Necesito una razón?

—Contigo sí.

Axel soltó una pequeña risa.

—Punto válido.

Entonces llevó la mano hacia el bolsillo de su chaqueta.

Y sacó una pequeña caja.

Mi sonrisa desapareció.

No porque estuviera triste.

Sino porque algo dentro de mí acababa de entender que aquello significaba mucho más de lo que parecía.

—Axel…

Él me miró.

—Antes de que digas algo…

—¿Qué?

—No es lo que estás pensando.

—No estaba pensando nada.

—Mentira.

—Está bien.

Lo miré de arriba abajo.

—Sí estaba pensando cosas.

Axel comenzó a reír.

—Relájate, Tomatito.

Me entregó la caja.

La sostuve entre mis manos.

Era pequeña.

Sencilla.

Pero por alguna razón…

me temblaban un poco los dedos.

—Ábrela.

Lo miré.

—¿Seguro?

Axel asintió.

—Muy seguro.

Respiré profundamente.

Y levanté lentamente la tapa.

Entonces lo vi.

Una pequeña estrella fugaz de plata.

Y durante unos segundos…

me quedé completamente sin palabras.




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