Durante unos segundos fui incapaz de decir algo.
Solo podía mirar aquella pequeña estrella.
Era delicada, sencilla y hermosa.
La luz de la tarde se reflejaba sobre la plata, haciendo que el dije pareciera brillar entre mis dedos.
—Axel…
Él sonrió, aunque podía notar que estaba nervioso.
—¿Te gusta?
Levanté la mirada.
—Me encanta.
—¿De verdad?
—Sí.
Volví a mirar el collar.
—Es precioso.
Axel soltó el aire que parecía haber estado conteniendo.
—Menos mal.
Me reí suavemente.
—¿Estabas nervioso?
—Mucho.
—¿Tú?
—Sí, yo.
—No parece.
—Porque intento disimularlo.
Lo miré con una sonrisa.
—No te sale muy bien.
—Contigo nunca me sale bien.
Sentí que el corazón se me apretaba un poquito.
Axel bajó la mirada hacia la caja.
—Lo vi hace unos meses.
—¿Dónde?
—En una tienda.
—¿Y pensaste en mí?
Me miró como si la respuesta fuera demasiado obvia.
—Claro.
Sus dedos tocaron suavemente el borde de la caja.
—Me acordé de algo.
—¿De qué?
—De una foto que vi hace tiempo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué foto?
—Una donde llevabas un collar.
Parpadeé.
—¿Recuerdas eso?
—Sí.
—Axel, esa foto es de hace muchísimo.
—Lo sé.
—¿Y todavía la recuerdas?
Sonrió.
—Recuerdo muchas cosas de ti.
Bajé la mirada para esconder mi sonrisa.
—Eres raro.
—También lo sé.
—Mucho.
—Pero te gusto así.
Lo miré.
—Demasiado.
Axel sonrió.
Y durante unos segundos ninguno dijo nada.
Solo nos miramos.
Hasta que él señaló el collar.
—Hay algo más.
—¿Más?
—Sí.
—¿Qué?
—Mira el dije.
Lo levanté entre mis dedos.
—¿Qué tengo que mirar?
—Dale la vuelta.
Lo hice cuidadosamente.
Y entonces lo vi.
Una pequeña inscripción grabada en la parte posterior.
Tan delicada que tuve que acercarla a la luz para poder leerla.
“Para que nunca dejes de brillar.”
Mi respiración se detuvo.
Sentí cómo mis ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.
—Axel…
Él se quedó mirándome.
—Lo sé.
—No.
Negué con la cabeza.
—En serio, Axel…
Mi voz comenzó a quebrarse.
Él sonrió suavemente.
—¿Vas a llorar?
—No.
—Tomatito…
—No estoy llorando.
Una lágrima escapó de todas formas.
Axel soltó una pequeña risa.
—Sí estás llorando.
—Cállate.
Me limpié rápidamente la mejilla.
—Es tu culpa.
—¿La mía?
—Sí.
—Entonces ven.
Abrió los brazos.
No necesité que me lo dijera dos veces.
Me acerqué y lo abracé.
Axel me rodeó con sus brazos y apoyó la mejilla sobre mi cabello.
Yo cerré los ojos.
Y por un momento solo me quedé ahí.
Entre sus brazos.
Sintiendo su calor.
Su respiración.
El latido tranquilo de su corazón.
—Gracias —susurré.
—Todavía no.
—¿Qué?
—Todavía falta ponértelo.
Me separé un poquito.
—¿Tú me lo vas a poner?
—Si me dejas.
Sonreí.
—Claro.
Axel tomó el collar.
Me giré lentamente y aparté mi cabello.
Sentí sus dedos rozar suavemente mi cuello mientras intentaba cerrar el pequeño broche.
Estaba tan cerca que podía sentir su respiración.
—¿Está muy apretado?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—No quiero lastimarte.
Sonreí.
—No me estás lastimando.
Finalmente consiguió cerrar el broche.
Sus dedos permanecieron un instante sobre mi cuello.
Y entonces sentí un beso suave justo debajo de mi cabello.
Cerré los ojos.
—Listo —susurró.
Me giré.
La pequeña estrella descansaba sobre mi pecho.
La observé durante unos segundos.
Parecía tan sencilla.
Pero significaba tanto.
—Ahora sí pareces Tomatito.
Lo miré divertida.
—¿Y antes qué parecía?
Axel fingió pensarlo.
—Una persona sin estrella.
Abrí la boca, indignada.
—Eso fue terrible.
—Lo sé.
—Muy terrible.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo tomaré como uno.
Me reí y le di un pequeño golpe en el brazo.
Axel aprovechó para tomar mi mano.
—¿Sabes por qué escogí una estrella?
—Porque yo te digo Estrella Fugaz.
—Sí.
Sonrió.
—Pero también porque siempre he pensado que tú eres así.
—¿Así cómo?
Me miró directamente.
—Brillante.
Mi sonrisa desapareció poco a poco.
—Axel…
—Lo digo en serio.
Acarició suavemente mi mano con el pulgar.
—Incluso cuando tú no lo ves.
Sentí nuevamente ese nudo en la garganta.
—No digas cosas tan bonitas.
—¿Por qué?
—Porque voy a llorar otra vez.
Axel sonrió.
—Entonces llora.
—No quiero.
—Yo te abrazo.
—Eso lo empeora.
—Entonces te beso.
Lo miré.
—Eso tampoco ayuda.
—¿Quieres comprobarlo?
No pude evitar reírme.
—Eres imposible.
Axel se acercó lentamente y dejó un beso suave sobre mis labios.
Después otro.
Y uno pequeño en mi frente.
—Ahora sí.
Me quedé mirándolo.
—¿Ahora qué?
—Ahora ya no estás llorando.
Sonreí.
—Un poquito.
—Entonces todavía me queda un beso.
—¿Solo uno?
—Bueno…
Axel sonrió.
—Los que necesites.
Volví a abrazarlo.
Y mientras apoyaba la cabeza sobre su pecho, mis dedos tocaron la pequeña estrella.
Por primera vez comprendí que aquel collar no era simplemente un regalo.
Era una parte de nuestra historia.
Una pequeña estrella que llevaba su apodo.
Una pequeña estrella que llevaba una frase que él había elegido para mí.
Y, sobre todo…
una pequeña estrella que había nacido de algo que Axel siempre hacía mejor que nadie: