Cuando las estrellas caen

Capitulo XXIII Una estrella para tomatito Parte 3

Nos quedamos sentados en nuestra banca durante un largo rato.

El sol comenzaba a esconderse lentamente detrás de los árboles y el parque se iba quedando más tranquilo.

Yo seguía tocando el collar.

Una y otra vez.

Mis dedos recorrían la pequeña estrella como si necesitara comprobar que realmente estaba ahí.

Axel se dio cuenta.

—Te gusta mucho.

—Muchísimo.

—Entonces valió la pena.

Lo miré.

—¿Cómo supiste que me gustaría?

Axel se encogió de hombros.

—Te conozco.

Sonreí.

—Esa respuesta empieza a gustarme demasiado.

—Es porque es verdad.

Apoyé mi cabeza sobre su hombro.

—¿Sabes qué es lo más bonito?

—¿Qué?

—Que recuerdes cosas que yo ni siquiera recordaba haber dicho.

Axel bajó la mirada hacia mí.

—Porque escucho cuando hablas.

—¿Siempre?

—Siempre que puedo.

Sonreí.

—Eso es peligroso.

—¿Por qué?

—Porque ahora voy a tener que cuidar todo lo que digo.

Axel soltó una risa.

—Demasiado tarde.

Le di un pequeño golpe en el brazo.

—Idiota.

Él tomó mi mano.

—Tu idiota.

—Mi idiota.

Nos miramos.

Y Axel acercó lentamente su rostro al mío.

Me dio un beso suave.

Después otro.

Y cuando se separó, dejó su frente apoyada contra la mía.

—Mi Tomatito.

Sonreí.

—Mi Estrella Fugaz.

Nos quedamos así unos segundos.

Sin necesidad de decir nada.

Porque a veces el silencio con la persona que amas también puede sentirse como una conversación.

Antes de irnos, Axel volvió a mirar el collar.

—Prométeme algo.

Suspiré.

—Otra promesa.

—Sí.

—Está bien. ¿Qué?

Axel señaló la pequeña estrella.

—Cuando seas una psicóloga famosa…

Me reí.

—¿Ya estás hablando de eso?

—Por supuesto.

—Ni siquiera sé si voy a lograrlo.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Lo vas a lograr.

—Axel…

—No.

Tomó mi mano con más fuerza.

—No digas que no sabes si vas a lograrlo.

Lo miré en silencio.

—Yo sí lo sé.

Sentí algo cálido en el pecho.

—¿Y si algún día cambio de opinión?

—Entonces buscarás otro sueño.

—¿Y si fracaso?

Axel sonrió.

—Entonces vuelves a intentarlo.

—¿Y si me da miedo?

—Me llamas.

—¿Y si estás lejos?

—Te contesto.

—¿Siempre?

—Siempre que pueda.

Sonreí.

—¿Y si no puedes?

Axel acercó mi mano a sus labios y dejó un beso sobre mis dedos.

—Entonces te llamaré después.

Bajé la mirada.

No sabía qué decir.

Él siempre encontraba la manera de hacer que mis dudas parecieran un poco más pequeñas.

—Ahora sí —dijo—. Prométeme que vas a usarlo.

Toqué la estrella.

—¿El collar?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Cuando seas esa psicóloga famosa.

Sonreí.

—Está bien.

—Prometido.

—Prometido.

Axel observó la estrella durante unos segundos.

—Quiero que cuando la mires recuerdes algo.

—¿Qué?

—A Samantha que soñaba con cambiar el mundo.

Sentí nuevamente ese nudo en la garganta.

—¿Y si algún día dejo de ser esa Samantha?

Axel negó con la cabeza.

—No creo que puedas.

—¿Por qué?

Sonrió.

—Porque esa parte de ti es la que más amo.

Me quedé mirándolo.

Y entonces fui yo quien se acercó para besarlo.

Un beso suave.

Lleno de cariño.

Cuando nos separamos, Axel sonrió.

—Ese no estaba en el trato.

—Ahora sí.

—Entonces me gusta el nuevo trato.

Me reí.

Esa noche, antes de dormir, me quedé frente al espejo.

El collar seguía alrededor de mi cuello.

La pequeña estrella descansaba sobre mi pecho.

La levanté suavemente entre mis dedos.

Y volví a leer la inscripción.

“Para que nunca dejes de brillar.”

Sonreí.

Pensé en Axel.

En nuestra banca.

En sus nervios cuando me entregó la caja.

En la forma en que me había abrazado cuando empecé a llorar.

En sus besos.

En sus palabras.

En aquella promesa tan sencilla.

Y comprendí que aquel collar no era solamente una estrella.

Era una historia.

Nuestra historia.

Era el recuerdo de un chico que había prestado atención.

Que había guardado pequeñas cosas de mí.

Que había visto un sueño que yo todavía estaba intentando alcanzar y había decidido recordármelo.

Era Axel.

Era mi Estrella Fugaz.

Era nuestro amor convertido en un pequeño dije de plata.

Me quedé mirándome en el espejo.

Y sonreí.

Porque quizá eso era lo bonito de amar a alguien.

Encontrar a una persona que pudiera ver en ti cosas que tú todavía no eras capaz de ver.

Alguien que creyera en tus sueños incluso cuando tú comenzabas a dudar.

Alguien que pudiera decirte:

“Yo sé que puedes.”

Y hacerte creerlo.

Toqué nuevamente la estrella.

—No voy a dejar de brillar —susurré.

Aunque todavía no sabía cuánto cambiaría mi vida.

Aunque todavía no sabía cuántas cosas perderíamos.

Aunque todavía no sabía que algunos sueños terminarían tomando caminos que ninguno de los dos podía imaginar.

Esa noche solo sabía una cosa.

Amaba a Axel.

Y aquella pequeña estrella permanecería conmigo.

Como una promesa.

Como un recuerdo.

Como una parte de él que llevaría siempre cerca del corazón.

Porque los regalos más importantes no son los más caros.

Ni los más grandes.

Ni los más impresionantes.

Son aquellos que tienen una historia.

Un significado.

Una persona.

Y aquella estrella tenía todo eso.

Tenía a Axel.

Tenía a Samantha.

Tenía nuestros apodos.

Nuestras risas.

Nuestros besos.

Nuestra banca.

Nuestros sueños.




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