La feria estaba más llena de lo que habíamos imaginado.
Había música por todas partes, luces colgadas sobre los puestos y personas caminando con comida en las manos.
Pero Axel parecía tener una sola misión.
—Quiero otra foto.
Lo miré incrédula.
—¿Otra?
—Sí.
—Acabamos de tomarnos una.
—Una no es suficiente.
—Axel…
—Tomatito.
—Estrella Fugaz.
Nos quedamos mirándonos.
Él sonrió.
Yo suspiré.
—Está bien.
—Sabía que ibas a aceptar.
—No te acostumbres.
Axel tomó mi mano y me llevó hasta una pequeña cabina de fotografías instantáneas que estaba cerca de uno de los puestos.
—Esta vez quiero una normal.
—¿Normal?
—Sí.
—¿Sin caras de conejo?
—Sin caras de conejo.
—¿Sin hacerme reír justo cuando tome la foto?
Axel fingió estar ofendido.
—Yo jamás haría eso.
—Claro.
Entramos.
La cabina era tan pequeña que nuestros hombros quedaron prácticamente pegados.
—Esto es incómodo —murmuré.
—A mí me gusta.
—Claro que sí.
Axel sonrió y pasó un brazo alrededor de mis hombros.
La pantalla comenzó la cuenta regresiva.
3…
—Sonríe.
—Estoy sonriendo.
—Más.
—No puedo sonreír más.
—Sí puedes.
2…
Axel hizo una pequeña mueca.
Lo miré.
—¡Dijiste que no!
—No pude evitarlo.
1…
Flash.
La primera fotografía salió.
La miramos.
—Horrible.
Dije.
Axel se rio.
—Está perfecta.
—Tengo los ojos cerrados.
—Detalles.
—¡Axel!
—Otra.
—¡Dijiste que sería una!
—Esta no cuenta.
—¿Cómo que no cuenta?
—Porque salió mal.
Negué con la cabeza, pero no pude evitar reírme.
Tomamos otra.
Y otra.
Y una más.
Hasta que finalmente salió una en la que ninguno estaba haciendo una mueca.
Solo nosotros.
Juntos.
Sonriendo.
Axel tomó la tira de fotografías cuando salió de la máquina.
Y, a diferencia de las anteriores, esta vez no hizo ningún comentario.
Solo se quedó mirándola.
—¿Qué pasa?
Pregunté.
—Nada.
—¿Estás bien?
Asintió.
—Sí.
Pero siguió observando la fotografía.
—¿Te gusta?
—Mucho.
—Entonces quédate con ella.
Axel negó con la cabeza.
—Tú también.
—¿Qué?
—Quiero que tengas una.
Me entregó una de las copias.
La tomé.
—¿Por qué?
Axel se quedó pensativo.
—Porque algún día vamos a mirar estas fotos y vamos a decir que éramos unos niños.
Sonreí.
—Ya somos casi adultos.
—Precisamente.
Su sonrisa se volvió más tranquila.
—Todo está cambiando muy rápido.
Aquella frase me hizo dejar de bromear.
—Sí.
Axel bajó la mirada.
—Faltan pocos meses.
—Lo sé.
—Y después…
No terminó la frase.
—Después vendrá la universidad.
Dije yo.
—Los cambios.
—Las nuevas personas.
—Nuevos lugares.
—Nuevas responsabilidades.
Nos miramos.
Por primera vez aquella tarde, ninguno de los dos parecía saber qué decir.
Porque el futuro era emocionante.
Pero también daba miedo.
Habíamos pasado tanto tiempo pensando que el colegio duraría para siempre que resultaba extraño imaginar nuestras vidas sin aquellos pasillos, aquellas clases y aquellas tardes después de salir.
Axel tomó aire.
—¿Tú tienes miedo?
Lo miré.
—Un poco.
—Yo también.
Me sorprendió escucharlo.
Axel no solía admitir cuando algo le daba miedo.
—¿De qué?
Pregunté.
Se quedó mirando la fotografía.
—De olvidar.
—¿Olvidar qué?
—Todo esto.
Hizo una pequeña pausa.
—Cómo éramos.
Cómo nos reíamos.
Las cosas que nos preocupaban.
Las personas que éramos antes de que todo cambiara.
Sentí un pequeño nudo en el pecho.
—No vas a olvidar.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tienes demasiadas fotos.
Axel soltó una risa.
—Ese es precisamente el punto.
—¿Qué quieres decir?
Pasó suavemente el pulgar por el borde de la fotografía.
—Quiero guardar todo lo que pueda.
Lo miré en silencio.
—Por eso tomo tantas.
—¿Desde niño?
Asintió.
—Desde niño.
—Nunca me habías contado eso.
—Nunca me preguntaste.
Le di un pequeño empujón con el hombro.
—Pues ahora pregunto.
Axel sonrió.
—Mi mamá siempre decía que los momentos pasan demasiado rápido.
—Tenía razón.
—Sí.
Bajó la mirada otra vez hacia la fotografía.
—Y creo que tenía miedo de que algún día las personas y los lugares que quería fueran solo recuerdos.
Mi expresión cambió.
—Axel…
—Por eso guardo fotos.
Levantó la mirada.
—Porque una fotografía no detiene el tiempo.
Sonrió débilmente.
—Pero al menos me permite volver a mirarlo.
No supe qué responder.
Así que simplemente tomé su mano.
Axel entrelazó sus dedos con los míos.
Y nos quedamos unos segundos en silencio.
Después levantó la fotografía.
—Esta quiero guardarla para siempre.
Sonreí.
—Exagerado.
—No.
—Sí.
—Tomatito.
—¿Qué?
Axel me miró con una sonrisa.
—Dentro de veinte años quiero seguir teniendo esta foto.
Lo miré.
—¿Veinte?
—Sí.
—¿Y dónde estaremos?
Axel se encogió de hombros.
—No lo sé.
—¿Y si estamos lejos?
Se quedó callado unos segundos.
—Entonces espero que todavía podamos mirar esta foto juntos.
Sentí que mi corazón se apretaba.
—Yo también.
Axel acercó mi mano a sus labios y dejó un beso sobre mis dedos.
—Entonces queda decidido.
—¿Qué cosa?
—Esta foto es para el futuro.