Cuando las estrellas caen

Capitulo XXIV La foto para el futuro Parte 3

Después de guardar las fotos, seguimos caminando sin ninguna prisa.

La feria comenzaba a quedarse más tranquila. Algunas personas se despedían, los puestos empezaban a recoger sus cosas y las luces parecían más bonitas cuando el cielo comenzaba a oscurecer.

Axel llevaba la foto entre los dedos.

La miraba de vez en cuando.

—¿Qué tanto ves? —pregunté, sonriendo.

—A nosotros.

—Ya sé que somos nosotros.

—No. —Sonrió—. Me refiero a que quiero memorizar este momento.

Lo miré unos segundos.

Había algo diferente en su manera de decirlo.

Como si aquella fotografía significara mucho más de lo que parecía.

—¿De verdad crees que dentro de veinte años vamos a seguir siendo los mismos?

Axel negó lentamente.

—Espero que no.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo que no?

—Espero que cambiemos. Que crezcamos. Que cumplamos nuestros sueños. Que conozcamos lugares nuevos. Que aprendamos cosas que ahora ni siquiera imaginamos.

Hizo una pequeña pausa.

—Pero también espero que algunas cosas nunca cambien.

—¿Como cuáles?

Me tomó de la mano.

—Esto.

Entrelazó sus dedos con los míos.

—Que todavía quieras caminar conmigo sin tener un destino. Que todavía me hagas reír cuando estoy de mal humor. Que sigas diciéndome Estrella Fugaz.

Sonreí.

—Eso último no pienso dejar de hacerlo.

—Menos mal.

Nos quedamos en silencio.

Un silencio cómodo.

De esos que no necesitan ser llenados.

Antes de despedirnos, Axel sacó nuevamente la fotografía de su bolsillo.

—Espera.

—¿Qué?

Sacó un bolígrafo.

—Tengo una idea.

—Eso nunca me tranquiliza.

Se rio.

—Confía en mí, Tomatito.

Escribió algo en la parte de atrás de la fotografía.

Intenté mirar.

—¿Qué estás escribiendo?

Axel cubrió la foto con una mano.

—Nada.

—¡Axel!

—No puedes leerlo.

—¿Por qué?

—Porque es para después.

Lo miré con curiosidad.

—¿Después cuándo?

—No sé.

—Eso no responde nada.

Sonrió.

—Dentro de diez años.

Abrí los ojos.

—¿Diez años?

—Sí.

—¿Y pretendes que espere diez años para leerlo?

—Exactamente.

—No voy a aguantar.

—Sí vas a aguantar.

—No me conoces.

—Te conozco demasiado.

Me entregó la fotografía.

—Prométemelo.

Miré la parte de atrás.

Tenía demasiada curiosidad.

Pero al final suspiré.

—Está bien. Te lo prometo.

—¿De verdad?

—De verdad.

Axel sonrió satisfecho.

—Entonces nos vemos en diez años.

—Qué dramático eres.

—Un poquito.

Me acerqué y lo abracé.

Él me rodeó con sus brazos y apoyó la barbilla sobre mi cabeza.

—Te amo, Tomatito.

Cerré los ojos.

—Yo también te amo, Estrella Fugaz.

Nos quedamos así unos segundos más.

Como si ninguno quisiera ser el primero en soltarse.

Hasta que finalmente lo hicimos.

Axel caminó unos pasos hacia atrás.

—¡Y no leas la foto!

—¡Ya entendí!

—¡Promételo otra vez!

Me reí.

—¡Lo prometo!

Él sonrió antes de darse la vuelta.

Y mientras lo veía alejarse, sentí algo extraño en el pecho.

No era tristeza.

Era esa sensación que aparece cuando sabes que algo está a punto de cambiar, aunque todavía no sepas qué.

Esa noche, guardé la fotografía dentro de uno de mis libros favoritos.

No quería perderla.

Tampoco quería verla demasiado.

Porque sabía que, si la miraba constantemente, terminaría sintiendo que diez años eran demasiado tiempo.

Antes de cerrar el libro, pasé los dedos sobre la fotografía.

Pensé en Axel.

En sus palabras.

En todos esos planes que todavía parecían lejanos.

La universidad.

Nuestros sueños.

Las personas en las que algún día nos convertiríamos.

Quizá dentro de diez años ya no fuéramos exactamente los mismos.

Quizá nuestras vidas fueran completamente diferentes.

Quizá estuviéramos en lugares que todavía no conocíamos.

Pero había algo que sí sabía.

Aquella tarde había sido nuestra.

Y ahora existía una fotografía que podía recordárnoslo.

Sonreí y cerré el libro.

A veces no podemos detener el tiempo.

No podemos saber qué nos espera.

No podemos prometer que todo permanecerá igual.

Pero podemos guardar momentos.

Podemos quererlos.

Podemos vivirlos con toda el alma.

Y, quizá, eso sea lo más parecido a detener el tiempo.

Porque aquella fotografía no era solamente una imagen de Axel y yo.

Era una pequeña promesa.

Una promesa hecha por dos personas que todavía tenían mucho por vivir.

Una promesa para el futuro.

Y en algún lugar, diez años después…

alguien tendría que abrirla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.