“Hay noches que no necesitan ser perfectas; solo necesitan tener a la persona correcta a tu lado.”
Había algo curioso sobre Axel.
Amaba los lugares llenos de gente.
Los conciertos.
Los viajes.
Las ferias.
Las aventuras.
Pero también amaba las cosas simples.
Las noches tranquilas.
Las conversaciones que duraban hasta que alguno de los dos comenzaba a quedarse dormido.
Los abrazos largos.
Y, sobre todo, los cielos llenos de estrellas.
Yo había aprendido eso de él poco a poco.
Porque cuando Axel quería algo de verdad, no siempre lo decía.
A veces simplemente lo hacía.
Y aquella noche iba a ser una de esas veces.
Todo comenzó un viernes.
Una semana especialmente agotadora.
Exámenes.
Trabajos.
Universidades.
Responsabilidades.
Por primera vez, el último año escolar comenzaba a sentirse pesado.
Muy pesado.
Y ambos lo notábamos.
Durante el descanso estábamos sentados juntos, compartiendo una bebida mientras yo intentaba terminar unas notas para una clase.
Axel me observó durante unos segundos.
—Tomatito.
—¿Qué?
—Necesito escapar.
Levanté la mirada.
—¿De dónde?
—De todo.
Solté una pequeña risa.
—Eso suena preocupante.
—Lo sé.
—¿Y qué propones?
Axel sonrió.
Conocía demasiado bien esa sonrisa.
Era la sonrisa que siempre aparecía justo antes de que hiciera alguna de sus locuras.
—Una misión.
—No.
—Todavía no te la he explicado.
—No importa.
—Podría ser romántica.
Lo miré.
—Eso no mejora tu propuesta.
—¿No?
—No.
Axel se acercó un poco más.
—Tomatito...
—Estrella Fugaz...
—Confía en mí.
Lo miré a los ojos.
—Jamás.
Sonrió.
—Pero vas a venir.
—Probablemente.
—Sabía que me amabas.
—No dije eso.
—Tu mirada sí.
Puse los ojos en blanco, aunque no pude evitar sonreír.
Y Axel aprovechó para besar suavemente mi mejilla.
—Nos vemos esta noche.
—¿A qué hora?
—Nueve.
—¿Dónde?
—Te mando la ubicación.
—¿Y qué debo llevar?
Axel se levantó.
—Algo abrigado.
—Eso no me tranquiliza.
—Confía en tu Estrella Fugaz.
—Ese es precisamente el problema.
Se rio mientras se alejaba.
Y yo me quedé mirándolo.
A veces me preguntaba cómo podía querer tanto a una persona que conseguía desesperarme con tanta facilidad.
La respuesta siempre era la misma.
Porque era Axel.
Mi Axel.
Esa noche terminé aceptando.
Porque siempre terminaba aceptando.
Y porque, aunque jamás se lo admitiría tan fácilmente, me encantaban sus locuras.
A las nueve llegué al lugar que me había enviado.
Era una pequeña colina a las afueras de la ciudad.
No había casi nadie.
Solo el sonido del viento y algunas luces lejanas.
Cuando bajé del auto, lo vi esperándome.
Axel estaba junto a una manta extendida sobre el césped.
Tenía las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta y una sonrisa enorme en el rostro.
—Llegaste.
—Dijiste que viniera.
—Sí, pero tenía miedo de que te arrepintieras.
Me acerqué.
—Lo pensé.
—¿Mucho?
—Unos cinco minutos.
—Eso es demasiado tiempo.
Me reí.
Axel extendió una mano hacia mí.
—Ven.
Tomé su mano.
Sus dedos se entrelazaron con los míos.
Y, sin soltarme, me llevó hasta la manta.
—¿Qué hacemos aquí?
Pregunté.
Axel se sentó.
—Mirar las estrellas.
Lo miré incrédula.
—¿Esa era la gran misión?
—Sí.
—¿Me hiciste venir hasta aquí solo para mirar el cielo?
—No solo para mirar el cielo.
—¿Entonces?
Axel tiró suavemente de mi mano para que me sentara junto a él.
—Para mirarlo contigo.
Me quedé callada.
—Eso fue demasiado cursi.
—Pero funcionó.
—Un poquito.
Sonrió.
—Lo sabía.
Me acomodé a su lado.
Axel pasó un brazo alrededor de mis hombros y me acercó a él.
Apoyé la cabeza sobre su pecho.
Podía escuchar los latidos de su corazón.
Lentos.
Tranquilos.
Y, por primera vez en semanas, sentí que todo lo que me preocupaba podía esperar.
Los exámenes podían esperar.
La universidad podía esperar.
El futuro podía esperar.
Aquella noche solo importábamos nosotros.
Levanté la mirada hacia el cielo.
Estaba lleno de estrellas.
—Es bonito.
Murmuré.
Axel bajó la mirada hacia mí.
—Sí.
—¿Estás mirando las estrellas?
—No.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces qué miras?
Sonrió.
—A ti.
Sentí que mis mejillas se calentaban.
—Axel...
—¿Qué?
—Se supone que vinimos a mirar el cielo.
—Lo estoy haciendo.
—No estás mirando ninguna estrella.
Se acercó un poco más.
—Tengo una justo aquí.
Señaló mi pecho.
—Qué tonto eres.
—Pero te hice sonreír.
Y tenía razón.
Sonreí.
Axel dejó un pequeño beso sobre mi frente y volvió a acomodarse a mi lado.
Esta vez no dije nada.
Solo me acerqué un poco más.
Porque quizás ese era el verdadero motivo por el que había aceptado aquella misión.
No por escapar del mundo.
Sino por tener unas horas en las que el mundo no pudiera interponerse entre nosotros.