Cuando las estrellas caen

Capítulo XXV La noche de las estrellas Parte 3

Permanecimos abrazados durante unos segundos.

Ninguno de los dos parecía tener ganas de separarse.

Hasta que Axel habló bajito.

—Tengo algo para ti.

—¿Qué cosa?

Se apartó un poco y buscó dentro de su mochila.

Sacó una pequeña libreta.

La reconocí enseguida.

—¿Qué es eso?

—Algo que llevo preparando desde hace meses.

—Eso suena sospechoso.

Axel sonrió.

—Abre.

Tomé la libreta entre mis manos.

Cuando la abrí, encontré una lista escrita con su letra.

En la primera página había un título:

Cosas que quiero hacer contigo.

Lo miré sorprendida.

—Axel...

—No te rías.

—No me estoy riendo.

—Estás sonriendo.

—Porque es bonito.

Pasé la página.

Había muchas cosas.

Viajar juntos.

Aprender otro idioma.

Ver una lluvia de estrellas.

Conocer la nieve.

Volver a Turquía.

Ver el amanecer en otro país.

Perdernos en una ciudad que ninguno conozca.

Hacer un viaje sin planear nada.

Y muchas más.

Cada vez que leía una, mi sonrisa crecía.

—¿Desde cuándo tienes esto?

—Desde hace meses.

—¿Y nunca me lo habías mostrado?

—Quería esperar al momento correcto.

Levanté la mirada.

—¿Y este era el momento correcto?

Axel me miró.

—Estamos solos.

Miró el cielo.

—Estamos debajo de las estrellas.

Después volvió a mirarme.

—Y estoy contigo.

Sonreí.

—Entonces sí.

Axel tomó la libreta y señaló la lista.

—Quiero hacer todas estas cosas contigo.

—¿Todas?

—Todas las que podamos.

Me quedé observándolo.

—¿Y si algunas no se pueden?

Su sonrisa se hizo más pequeña.

—Entonces encontraremos otras.

—¿Y si la vida cambia nuestros planes?

Axel se quedó pensando.

Después tomó mi mano.

—Entonces cambiaremos los planes.

Acarició suavemente mis dedos.

—Pero no quiero dejar de intentarlo.

Esa frase se quedó conmigo.

Porque no era una promesa imposible.

No era un “para siempre” dicho solo porque sonaba bonito.

Era algo mucho más real.

Voy a intentarlo.

Cerré la libreta y la apoyé sobre mis piernas.

—¿Sabes qué quiero agregar?

—¿Qué?

Tomé el bolígrafo.

Escribí debajo de todas sus ideas:

Mirar las estrellas juntos muchas veces más.

Axel sonrió.

—Esa me gusta.

—Es importante.

—¿Por qué?

Lo miré.

—Porque quiero que algún día podamos volver a esta noche y decir: “Mira todo lo que vivimos desde entonces.”

Axel guardó silencio.

Después sonrió de esa manera que hacía que mi corazón se sintiera pequeño.

—Tomatito...

—¿Sí?

—Creo que me voy a enamorar más de ti cada día.

Sentí que mis mejillas se calentaban.

—¿Creo?

—Bueno...

Se acercó.

—Estoy bastante seguro.

Me reí suavemente.

—Eres un tonto.

—Pero soy tu tonto.

—Eso sí.

Axel se inclinó y dejó un beso en mi frente.

Después otro en mi mejilla.

Y finalmente uno suave sobre mis labios.

Cuando nos separamos, apoyó su frente contra la mía.

—Gracias por venir.

—Gracias por traerme.

—¿Te gustó la misión?

Sonreí.

—Mucho.

—Entonces valió la pena.

Antes de irnos, volvimos a acostarnos sobre la manta.

Esta vez no hablamos.

Solo nos abrazamos.

Yo tenía la cabeza apoyada sobre su pecho mientras él acariciaba lentamente mi cabello.

Las estrellas seguían ahí.

Brillando sobre nosotros.

Y por un momento quise creer que aquella noche podía durar para siempre.

Pero el tiempo nunca se detiene.

Solo nos regala momentos.

Y nosotros tenemos que decidir qué hacer con ellos.

Cuando finalmente nos levantamos, Axel guardó la libreta en su mochila.

Yo tomé su mano.

—Estrella Fugaz.

—¿Sí, Tomatito?

—Prométeme algo.

—¿Qué?

Lo miré.

—Que aunque cambiemos, aunque crezcamos y aunque nuestros caminos se vuelvan diferentes...

Hice una pequeña pausa.

—Nunca olvidemos esta versión de nosotros.

Axel me observó durante unos segundos.

Después llevó mi mano hasta sus labios.

—No puedo prometerte que nunca olvidaremos nada.

Sonrió.

—Pero sí puedo prometerte que voy a hacer todo lo posible para que tengamos muchas cosas bonitas que recordar.

Me acerqué y lo abracé.

—Eso me basta.

Axel me rodeó con sus brazos.

—A mí también.

Y así nos quedamos.

Bajo aquel cielo enorme.

Dos adolescentes con demasiados sueños.

Demasiadas preguntas.

Y un futuro que todavía no conocíamos.

Pero esa noche no importaba.

Porque teníamos una libreta llena de sueños.

Una fotografía guardada para el futuro.

Y, sobre todo...

nos teníamos el uno al otro.

Aquella noche regresé a casa pensando en estrellas.

En sueños.

En viajes que todavía no habíamos hecho.

En lugares que aún no conocíamos.

Y en Axel.

No sabía cuánto tiempo tendríamos para cumplir aquella lista.

No sabía qué cosas cambiarían.

No sabía qué sueños llegarían a hacerse realidad.

Pero sí sabía algo.

Algunas noches se quedan contigo para siempre.

No porque hayan sido extraordinarias.

Sino porque, en ellas, fuiste feliz junto a la persona que amabas.

Y aquella...

fue nuestra noche de las estrellas.




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