“Amar a alguien también es aprender a querer las pequeñas historias que lo hicieron ser quien es.”
Capítulo 26
Después de que Axel conociera a mis padres, era inevitable que tarde o temprano llegara mi turno.
Y, sinceramente, estaba nerviosa.
Mucho más de lo que quería admitir.
No porque pensara que su familia fuera a recibirme mal.
Al contrario.
Creo que eso era precisamente lo que más me ponía nerviosa.
Quería caerles bien.
Quería que entendieran que lo que sentía por Axel era importante para mí.
Y, sobre todo, quería que no pensaran que era una chica cualquiera que había aparecido de repente en la vida de su hijo.
Aunque, considerando que Axel me había llamado Tomatito desde hacía tanto tiempo, probablemente ya tenían suficiente información sobre mí como para escribir una biografía.
—No entiendo por qué estás tan preocupada.
Axel habló mientras caminábamos hacia su casa.
Yo lo miré de reojo.
—Porque voy a conocer a tu familia.
—¿Y?
—¿Y?
Me detuve un instante.
—Axel, es importante.
Él también se detuvo.
Me miró con esa tranquilidad suya que a veces conseguía desesperarme.
—No tienes nada de qué preocuparte.
—Eso es fácil decirlo cuando eres tú el que ya conoce a mis padres.
—Y sobreviví.
—Mi mamá te interrogó durante casi una hora.
—Exactamente. Sobreviví.
Solté una pequeña risa.
—No es gracioso.
—Un poco sí.
—¿Y si no les caigo bien?
Axel frunció ligeramente el ceño.
—Eso no va a pasar.
—¿Cómo estás tan seguro?
Se acercó un poco más.
—Porque te van a querer.
—¿Cómo lo sabes?
Sonrió.
—Porque te quiero yo.
Me quedé mirándolo.
Había dicho aquella frase con tanta naturalidad que, por unos segundos, olvidé completamente lo que estaba preocupándome.
—Eso fue trampa.
—¿Por qué?
—Porque sabes exactamente qué decir para que deje de estar nerviosa.
—Entonces está funcionando.
—Un poco.
Axel tomó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos.
—Además, si todo sale mal, podemos escapar.
—¿A dónde?
—No sé.
—¿Y de qué vamos a vivir?
—Ese detalle lo podemos resolver después.
Me reí.
—Qué plan tan responsable.
—Soy un hombre de soluciones.
—Eres un hombre sin plan.
—También.
Seguimos caminando.
Y aunque mis nervios no habían desaparecido por completo, la mano de Axel sosteniendo la mía hacía que todo pareciera un poco más sencillo.
Hasta que doblamos la esquina.
Y vi su casa.
Tragué saliva.
—Llegamos —dijo.
—¿Ya?
—Sí.
—No estoy preparada.
Axel sonrió.
—Tomatito.
—¿Qué?
—Respira.
Tomé aire.
—Estoy respirando.
—Eso parece.
—No te burles.
—Jamás.
Lo miré.
—Mentiroso.
Se inclinó y me dejó un beso rápido en la frente.
—Vamos.
Y entramos.
Su casa era acogedora.
No especialmente grande.
Ni especialmente pequeña.
Simplemente tenía algo que la hacía sentir viva.
Como si cada rincón guardara una historia.
Había fotografías familiares en las paredes, libros sobre algunos muebles y pequeños recuerdos de viajes repartidos por la sala.
Me quedé observándolo todo.
Axel notó mi expresión.
—No mires demasiado.
—¿Por qué?
—Porque mi mamá tiene fotos mías de todas las edades.
—Eso suena maravilloso.
—Para ti.
—Exactamente.
Me miró con sospecha.
—Ya entendí.
—¿Qué?
—Vas a usar esas fotos en mi contra.
Sonreí.
—Tal vez.
—Tomatito...
—Estrella Fugaz...
—No empieces.
—Tú empezaste cuando me llamaste Tomatito delante de tu familia.
—Todavía no hemos entrado completamente.
—Pero ya estamos aquí.
Axel suspiró.
—Esto fue un error.
—Un hermoso error.
Él me miró y sonrió.
—Ven acá.
Me acercó suavemente hacia él y me dio un pequeño beso en la mejilla.
—Pase lo que pase, estoy contigo.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—¿Prometido?
—Prometido.
Y justo cuando estaba a punto de responder, una voz llegó desde el interior de la casa.
—¡Axel!
Él cerró los ojos.
—Ya empezó.
Me reí.
—¿Qué?
—Mi mamá.
—¿Por qué parece que tienes miedo?
—Porque la conozco.
—¿Tan terrible es?
—No.
Abrió los ojos.
—Pero habla demasiado.
—¿Como tú?
—No.
Hizo una pausa.
—Bueno... quizá.
La puerta de la sala se abrió.
Y entonces apareció una mujer con una sonrisa cálida.
Su mirada pasó de Axel hacia mí.
Después volvió a Axel.
Y finalmente se quedó conmigo.
—Así que tú eres Samantha.
Sonreí nerviosamente.
—Sí.
Su expresión se iluminó.
—¡Por fin!
Axel murmuró:
—Mamá...
Ella ni siquiera le prestó atención.
Se acercó directamente a mí.
—Mucho gusto, querida.
—Mucho gusto, señora Fisher.
Y antes de que pudiera prepararme, me abrazó.
Fue un abrazo cálido y espontáneo.
De esos que hacen que una persona deje de sentirse extraña en una casa ajena.
Cuando se separó, me tomó suavemente de los brazos y volvió a mirarme.
—Eres incluso más bonita de lo que imaginaba.
Sentí que mis mejillas se calentaban.
—Muchas gracias.
Entonces Emily miró a su hijo.
—Aunque tengo una pregunta.
Axel ya parecía sospechar lo que venía.
—¿Qué?
—¿Por qué nunca me dijiste que Samantha era tan bonita?
Axel se llevó una mano al rostro.
—Mamá...
Yo no pude evitar reírme.
Emily también.
—¿Qué? Es una pregunta válida.
—No sabía que tenía que hacer un informe completo.
—No era necesario.
Hizo una pausa.