Cuando las estrellas caen

Capitulo XXVI El dia que conoci a la familia de Estrella Fugaz Parte 3

Valeria regresó a la sala con un álbum entre las manos.

Axel la vio.

—No.

—Sí.

—Valeria.

—Ya es demasiado tarde.

Se sentó junto a mí y abrió el álbum.

La primera fotografía hizo que soltara una pequeña carcajada.

Axel, con apenas unos años, aparecía sentado en el suelo con una expresión completamente seria.

—¿Ese eres tú?

—No.

—Axel...

—No sé quién es.

Valeria comenzó a reír.

—Tiene la misma cara que pone cuando está concentrado.

—Yo nunca pongo esa cara.

Lo miré.

—Sí la pones.

—No.

—Sí.

—Tomatito.

—Estrella Fugaz.

—No me apoyas en nada.

—En las cosas importantes sí.

Pasamos otra página.

Y entonces apareció.

Copito.

Un pequeño conejo blanco entre los brazos de un Axel de nueve años.

Me quedé observando la fotografía durante unos segundos.

Su sonrisa era enorme.

No era la sonrisa que yo conocía.

Era más infantil.

Más inocente.

Pero tenía algo familiar.

La misma felicidad que aparecía en su rostro cuando hablaba de las cosas que amaba.

—Esa fue el día que se lo regalé —dijo Valeria.

Axel miró la fotografía.

—Todavía recuerdo ese día.

—Estabas tan emocionado que casi no dejaste que nadie más lo tocara.

—Porque era mío.

—Era de la familia.

—Pero yo lo quería más.

—Eso es verdad.

Sonreí.

—Eras adorable.

Axel me miró.

—Otra vez con eso.

—¿Qué?

—Siempre dices que era adorable.

—Porque lo eras.

—Yo era genial.

—Adorable.

—Genial.

—Adorable.

Valeria levantó una mano.

—Yo estoy de acuerdo con Samantha.

Axel nos miró a las dos.

—Esto es un complot.

—Definitivamente —respondió Valeria.

Todos comenzamos a reír.

Seguimos viendo fotografías.

Había algunas de Axel con sus padres.

Otras con Valeria.

Fotos de cumpleaños.

Viajes.

Navidades.

Y pequeños momentos que parecían no tener importancia cuando ocurrieron, pero que ahora estaban guardados para siempre en aquellas páginas.

En una de ellas, Axel aparecía sentado junto al señor Fisher.

Los dos tenían expresiones serias frente a la cámara.

—¿Por qué parecen tan enojados? —pregunté.

Valeria respondió inmediatamente:

—Porque mi papá le estaba enseñando a Axel a andar en bicicleta.

Axel levantó una ceja.

—Eso no tiene sentido.

—Claro que sí.

—Yo ya sabía andar.

El señor Fisher sonrió.

—No sabías.

Todos nos reímos.

Axel lo miró.

—Papá...

El señor Fisher se encogió de hombros.

—Es la verdad.

Me encantó ver aquella versión de Axel.

Tan diferente y, al mismo tiempo, tan parecida al chico que conocía.

Más tarde, mientras Emily preparaba café, Valeria se quedó hablando conmigo.

Axel estaba cerca, pero fingía no escuchar.

—¿Sabes algo? —me preguntó ella.

—¿Qué?

—Nunca había visto a mi hermano así.

Miré hacia Axel.

—¿Así cómo?

Ella sonrió.

—Tan feliz.

Mi expresión cambió.

—¿De verdad?

—Sí.

Axel levantó la mirada.

—Estoy escuchando.

—Perfecto —respondió Valeria—. Así no tengo que repetírtelo.

Él soltó una risa.

Valeria volvió a mirarme.

—Desde que está contigo habla diferente.

Axel se quedó en silencio.

Yo también.

—Valeria...

—¿Qué?

—No empieces.

—Solo estoy diciendo la verdad.

Entonces Emily apareció con las tazas.

—¿Qué están diciendo?

Valeria sonrió.

—Nada.

—Eso significa que estaban hablando de Axel.

—Exactamente.

Axel negó con la cabeza.

Yo me acerqué un poco a él.

—No te preocupes.

—¿Por qué?

—Me gusta escuchar cosas bonitas sobre ti.

Me miró con ternura.

—Entonces tendrás que quedarte mucho tiempo.

Sentí una sonrisa aparecer en mi rostro.

—¿Eso es una invitación?

—Es una advertencia.

—Acepto.

Axel tomó mi mano y entrelazó nuestros dedos.

—Bien.

Cuando comenzó a caer la tarde, me di cuenta de que ya no estaba nerviosa.

Me sentía cómoda.

Demasiado cómoda.

Como si aquella casa hubiera dejado de ser simplemente la casa de Axel.

Ahora tenía nombres.

Voces.

Historias.

Recuerdos.

Y, sobre todo, tenía una parte de él que antes no conocía.

Antes de irnos, salimos un momento al jardín.

El cielo comenzaba a teñirse de naranja.

Axel se apoyó contra la pared mientras yo permanecía a su lado.

—¿Sobreviviste? —preguntó.

Sonreí.

—Sí.

—Te lo dije.

—Aunque tu hermana sabe demasiadas cosas.

—Te lo advertí.

—Y tu mamá es demasiado linda.

—También te lo advertí.

—Y el señor Fisher es muy amable.

Axel sonrió.

—Entonces...

Hizo una pequeña pausa.

—¿Volverías?

Lo miré.

—Sí.

Su expresión se iluminó.

—¿En serio?

—Claro.

—Incluso después de conocer todas mis fotos vergonzosas.

—Especialmente después de eso.

—Tomatito...

Me acerqué y acomodé suavemente el cuello de su camisa.

—Me gustó conocerte un poquito más hoy.

Axel me observó en silencio.

—¿Aunque hayas descubierto que fui un niño raro?

—Siempre supe que eras raro.

—Qué romántica.

—Déjame terminar.

Sonrió.

—Está bien.

—Me gustó conocer al niño que fuiste.

Sus ojos se suavizaron.

—¿Por qué?

—Porque ahora entiendo un poco más al hombre que eres.

Durante unos segundos ninguno habló.

Después Axel se acercó y dejó un beso suave sobre mi frente.

—Gracias por venir.

Sonreí.

—Gracias por dejarme entrar.

Él tomó mi mano.

—Siempre.

Lo miré.

—No prometas cosas tan grandes.




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