Había cosas que se suponía que debíamos dejar para el futuro.
Los planes.
Los sueños.
Las respuestas.
Y, sobre todo, las cartas.
Nuestras cartas.
Aquellas que habíamos escrito pensando en las personas que seríamos algún día.
El problema era que Axel nunca había sido demasiado bueno esperando.
Y yo tampoco.
Todo comenzó una tarde después de clases.
Habíamos salido juntos y caminábamos sin demasiada prisa.
Axel llevaba las manos en los bolsillos de su chaqueta y una sonrisa sospechosamente tranquila.
Demasiado tranquila.
Lo miré de reojo.
—¿Qué estás pensando?
—Nada.
—Eso es mentira.
—¿Por qué?
—Porque tienes esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara de "se me ocurrió algo que probablemente nos va a meter en problemas".
Axel sonrió.
—Me conoces demasiado.
—Ese es tu problema.
—No.
Se acercó un poco más y rozó suavemente mi hombro con el suyo.
—Ese es uno de mis beneficios favoritos.
Sonreí.
—No intentes distraerme.
—Funcionó un poquito.
—No.
—Sí.
—Axel.
—Tomatito.
Suspiré.
—¿Qué quieres?
Él se detuvo.
Y entonces sacó algo de su mochila.
Un pequeño papel doblado.
Lo reconocí inmediatamente.
—No.
Axel sonrió.
—Todavía no dije nada.
—No hace falta.
—¿Recuerdas nuestras cartas?
Mi corazón dio un pequeño salto.
Claro que las recordaba.
Las habíamos escrito hacía tiempo.
Cartas para nuestro futuro.
Cartas que habíamos decidido guardar en una caja y abrir diez años después.
Diez años.
Una cantidad de tiempo que en aquel momento parecía enorme.
—Sí, las recuerdo.
—Perfecto.
—Axel...
—Solo quiero ver la caja.
—No.
—No dije que quisiera abrirla.
Lo miré fijamente.
—Todavía.
Él soltó una risa.
—Confías muy poco en mí.
—Confío exactamente lo necesario.
—Qué cruel.
—Realista.
Axel se acercó y tomó mi mano.
—Vamos.
—¿A dónde?
—A tu casa.
—¿Para qué?
Me miró con una sonrisa inocente.
—A desenterrar un pequeño tesoro.
Negué con la cabeza.
—Esto va a terminar mal.
—Probablemente.
—Y aun así quieres hacerlo.
—Contigo, sí.
No pude evitar sonreír.
Ese era el problema con Axel.
Podía convertir una pésima idea en algo que sonara casi romántico.
Dos horas después estábamos en mi jardín.
Yo sostenía una pequeña pala.
Axel tenía otra.
Y ambos estábamos cubiertos de tierra.
Lo miré.
—Quiero dejar constancia de que esto fue idea tuya.
—Acepto toda la responsabilidad.
—Bien.
—Pero si encontramos la caja, habrá valido la pena.
—Todavía no entiendo por qué quieres verla.
Axel continuó cavando.
—Porque la última vez que la vimos éramos diferentes.
—No tanto.
—Sí.
Se quedó pensativo unos segundos.
—Y quiero recordar qué pensábamos entonces.
Lo observé en silencio.
Aquello sonaba diferente.
Ya no parecía una simple travesura.
Quizás Axel también estaba sintiendo lo mismo que yo.
Que el tiempo estaba avanzando demasiado rápido.
Que nuestro último año de colegio se acercaba a su final.
Que pronto tendríamos que tomar decisiones.
Universidad.
Carreras.
Ciudades.
Sueños.
Futuros.
Todo aquello que durante años había parecido lejano comenzaba a estar demasiado cerca.
—Axel.
—¿Sí?
—¿Te da miedo crecer?
Dejó de cavar.
Me miró.
Y por primera vez aquella tarde desapareció la sonrisa.
—Un poco.
Yo bajé la mirada.
—A mí también.
Axel dejó la pala a un lado y se acercó.
—Ven.
Tomó mis manos, todavía llenas de tierra, y las sostuvo entre las suyas.
—No tienes que saberlo todo ahora.
—Lo sé.
—Y tampoco tienes que tener miedo sola.
Lo miré.
—¿Y si todo cambia?
Axel acarició suavemente uno de mis dedos.
—Entonces cambiaremos.
—Eso no me tranquiliza.
Sonrió.
—A mí tampoco.
Me reí bajito.
—Qué buen discurso.
—Estoy improvisando.
—Se nota.
—Pero hay algo que sí sé.
—¿Qué?
Se acercó un poco más.
—Ahora mismo estoy aquí.
Mi corazón se apretó.
—Y yo también.
—Entonces quedémonos aquí un rato.
Sonreí.
—Está bien.
Axel dejó un pequeño beso sobre mi frente.
Y por unos segundos olvidamos la caja.
El futuro.
Las universidades.
Todo.
Solo estábamos nosotros.
Hasta que la pala chocó contra algo.
Clac.
Los dos nos quedamos inmóviles.
Axel miró el suelo.
Yo también.
—Creo que la encontramos.
Sonrió.
—Te lo dije.
—No celebres todavía.
Nos arrodillamos y apartamos cuidadosamente la tierra.
Hasta que apareció una esquina de la pequeña caja.
Estaba cubierta de barro.
Pero seguía intacta.
Axel la sacó con cuidado.
La sostuvo entre sus manos.
Y, de repente, ninguno de los dos hizo una broma.
Porque allí estaba.
Nuestro pasado.
Guardado en una caja.
Esperando al futuro.
Axel me miró.
—¿La abrimos?
Lo observé.
Después miré la caja.
Y negué lentamente con la cabeza.
—No.
Él sonrió.
—Buena respuesta.
—¿Estás de acuerdo?
—Sí.
—¿De verdad?
—Sí.
Hizo una pausa.
—Aunque me muero de curiosidad.
Solté una pequeña carcajada.
—Yo también.
Axel volvió a mirar la caja.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Ahora quiero escribir otra carta.
—¿Para qué fecha?
Me miró.
Y esa sonrisa volvió a aparecer.
—Cinco años.
Lo miré sorprendida.