Al día siguiente, Axel apareció en mi casa con una carpeta azul bajo el brazo.
Lo primero que pensé fue que estaba tramando algo.
Lo segundo fue que, definitivamente, estaba tramando algo.
—¿Qué es eso? —pregunté, señalando la carpeta.
Axel la levantó con una sonrisa.
—Nuestro futuro.
—Eso suena peligrosamente dramático.
—Lo sé. Me esforcé.
Solté una risa y lo dejé entrar.
Nos sentamos en el suelo de mi habitación, frente a frente. Axel sacó dos hojas de papel y dos sobres.
—Cinco años —dijo.
—Cinco años.
—Y esta vez sí las vamos a leer.
—¿Seguro?
Me miró.
—No.
Me reí.
—¡Axel!
—¿Qué? Quería ser sincero.
Negué con la cabeza mientras sonreía.
—Entonces, ¿por qué hacerlo?
Axel bajó la mirada hacia la hoja.
—Porque quiero saber qué pensábamos ahora.
Aquella respuesta me dejó callada.
No era solo curiosidad.
Era una manera de guardar quiénes éramos antes de que todo cambiara.
Tomé mi bolígrafo.
—Está bien.
—Pero hay una regla.
—¿Cuál?
—Nada de leerlas antes.
—Obviamente.
—Y nada de escribirlas juntos.
—También obvio.
—Y…
—¿Hay más?
—No podemos hacer trampa.
Lo miré con una ceja levantada.
—Tú eres literalmente la persona que hace trampa hasta jugando piedra, papel o tijera.
—Eso es una acusación grave, Tomatito.
—Es un hecho.
Axel sonrió.
—Entonces tendrás que vigilarme.
—Siempre.
La sonrisa que apareció en su rostro fue más pequeña.
Más sincera.
—Me gusta eso.
Bajé la mirada hacia mi hoja antes de que pudiera notar cuánto me había afectado.
Empecé a escribir.
No sabía exactamente qué decirle a la Samantha de cinco años después.
Así que comencé por lo más sencillo.
Le conté quién era.
Qué quería estudiar.
Por qué quería estudiar Psicología.
Le conté que todavía tenía miedo de no ser suficiente.
Que quería ayudar a las personas.
Que esperaba no perder esa parte de mí que siempre quería entender lo que los demás sentían.
Después escribí sobre Axel.
No pude evitarlo.
Escribí sobre mi Estrella Fugaz.
Sobre sus sueños.
Sobre Rusia.
Sobre su obsesión con Billie Eilish.
Sobre Copito.
Sobre las veces que conseguía hacerme reír incluso cuando yo no tenía ganas.
Y escribí algo que me costó un poco más:
Espero que todavía sepas cuánto lo quieres.
Me quedé mirando aquella frase durante varios segundos.
Después continué.
No quería prometer que todo seguiría igual.
Ya habíamos hablado de eso.
No sabía quiénes seríamos dentro de cinco años.
Tal vez tendríamos nuevos amigos.
Nuevas preocupaciones.
Nuevos sueños.
Tal vez algunas cosas no saldrían como esperábamos.
Tal vez otras serían mucho mejores.
Así que escribí:
Si cambiaste, espero que no te castigues por hacerlo.
Y debajo:
Si él cambió también, espero que recuerdes quererlo por la persona que se convirtió, no solamente por la que era cuando escribiste esto.
Cuando terminé, doblé la hoja.
La metí en el sobre.
Y escribí mi nombre.
Samantha.
Axel todavía estaba escribiendo.
—¿Terminaste? —preguntó sin levantar la cabeza.
—Sí.
—¿Ya?
—¿Tú cuánto estás escribiendo?
—No sé.
—¿Un testamento?
—Una obra literaria.
—Claro.
Se quedó unos segundos en silencio.
Después agregó algo al final y finalmente dobló su carta.
La guardó en el sobre.
Yo intenté mirar.
Él lo apartó inmediatamente.
—¡Eh!
—Nada de trampas.
—Solo quería ver cuánto habías escrito.
—Muchísimo.
—Eso no responde mi pregunta.
Axel se acercó y apoyó su frente contra la mía.
—Tendrás que esperar cinco años.
Sonreí.
—Qué cruel eres, Estrella Fugaz.
—Solo contigo.
Nos quedamos así unos segundos.
Sin decir nada.
Luego tomé ambos sobres y los puse dentro de la carpeta.
Axel sacó un marcador negro.
—Falta algo.
—¿Qué?
Abrió la primera página de la carpeta y escribió lentamente:
“Para las personas en las que nos convertiremos.”
Me quedé mirando esas palabras.
—Me gusta.
—A mí también.
Cerré la carpeta.
Y por primera vez, cinco años no parecieron tanto tiempo.
No porque supiéramos qué iba a pasar.
Sino porque, de alguna manera, acabábamos de dejarle un pedacito de nosotros a nuestro futuro.
Axel tomó mi mano.
—¿Sabes qué es lo más raro?
—¿Qué?
—Que algún día vamos a abrir esto y ya no vamos a ser estos dos.
Lo miré.
—Sí.
—Y espero que, aunque seamos diferentes… podamos reconocerlos.
Apreté suavemente su mano.
—Creo que podremos.
Axel sonrió.
—Entonces ya tenemos algo que descubrir dentro de cinco años.
—¿Y si no nos gusta lo que encontramos?
Me miró durante un instante.
Después besó suavemente mi frente.
—Entonces tendremos que conocerlos de nuevo.
Y esa respuesta me gustó más que cualquier promesa.
Porque no hablaba de quedarnos iguales.
Hablaba de seguir eligiendo conocernos.
Incluso cuando cambiáramos.