Capítulo 27
Las cartas que nunca debíamos leer
Parte 3 — Lo que el tiempo no puede llevarse
Guardamos la carpeta en el cajón de mi escritorio.
No era un lugar especialmente secreto.
De hecho, probablemente era el peor escondite de la historia.
Pero Axel insistió en que nadie iba a buscar allí.
—¿Y si mi mamá la encuentra?
—Entonces tendrá que esperar cinco años para leerla.
—¿Y si la abre?
—Tu mamá no haría eso.
—¿Cómo estás tan seguro?
Axel sonrió.
—Porque ella también tiene secretos.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí sí.
Me reí.
Después cerré el cajón.
Y ahí quedó.
Nuestra pequeña cápsula del tiempo.
Dos cartas.
Dos versiones de nosotros.
Dos personas que todavía no sabían cuánto iba a cambiar su vida.
Nos quedamos un rato más en mi habitación.
Axel estaba sentado junto a mí, apoyado contra la cama, mientras yo jugaba distraídamente con sus dedos.
—¿Tienes miedo? —pregunté.
—Sí.
La respuesta fue tan rápida que levanté la mirada.
—¿De qué?
Se quedó pensando.
—De crecer.
Sonreí un poco.
—Yo también.
—De que todo cambie.
—También.
—De tomar decisiones equivocadas.
—Muchísimo.
Axel soltó una pequeña risa.
—Qué tranquilizador.
—Intento ser una persona de apoyo.
—Lo haces fatal, Tomatito.
Le di un pequeño golpe en el hombro.
—Cállate.
Él se rio.
Después volvió a ponerse serio.
—Pero también tengo ganas.
—¿De crecer?
—De descubrir qué viene después.
Me quedé mirándolo.
—Yo también.
Axel entrelazó sus dedos con los míos.
—Quiero saber si voy a conocer Rusia.
—La vas a conocer.
—¿Cómo sabes?
—Porque te conozco.
Sonrió.
—Y yo quiero saber si tú vas a convertirte en una gran psicóloga.
—Voy a intentarlo.
—Eso me gusta más.
—¿Por qué?
—Porque cuando dices "voy a intentarlo", sé que lo dices de verdad.
Bajé la mirada.
Tal vez tenía razón.
Habíamos pasado tanto tiempo intentando imaginar el futuro que a veces olvidábamos algo importante:
No teníamos que saber exactamente cómo sería.
Solo teníamos que llegar hasta él.
Juntos.
O, al menos, seguir caminando hacia él mientras pudiéramos.
Antes de irse, Axel se quedó parado junto a la puerta.
—Tomatito.
—¿Sí?
—Cuando tengamos que abrir las cartas…
—¿Sí?
—No quiero hacerlo solo.
Sonreí.
—Entonces no lo harás solo.
Se acercó y me dio un beso suave en la frente.
Después otro en la mejilla.
Y cuando ya estaba a punto de salir, volvió sobre sus pasos.
—Una última cosa.
—¿Qué?
Me abrazó.
De esos abrazos que no necesitan explicación.
De esos que parecen decir quédate un poquito más sin pronunciar una sola palabra.
Apoyé la cabeza sobre su pecho.
—Te quiero, Estrella Fugaz.
Sentí cómo sonreía.
—Yo también te quiero, Tomatito.
Nos separamos lentamente.
Axel salió de mi habitación.
Y yo me quedé observando la puerta durante unos segundos.
Pensando en las cartas.
En cinco años.
En la universidad.
En Psicología.
En Rusia.
En todos los lugares que todavía no conocíamos.
En todas las personas que todavía no éramos.
Y, sobre todo, en él.
Esa noche, antes de dormir, abrí el cajón una última vez.
La carpeta seguía allí.
La saqué.
La observé durante unos segundos.
Luego escribí una pequeña frase en la parte exterior.
No era una carta.
No era una promesa.
Solo unas palabras.
“No olvides quién eras cuando todo esto comenzó.”
Volví a guardarla.
Cerré el cajón.
Y esta vez no sentí miedo.
Porque entendí algo.
Crecer no significaba dejar atrás a las personas que fuimos.
Significaba llevarlas con nosotros.
Quizás dentro de cinco años Axel y yo seríamos diferentes.
Quizás tendríamos sueños nuevos.
Quizás algunos de los que teníamos ahora ya no importarían.
Quizás otros se habrían cumplido.
Y quizás algunos seguirían esperando.
Pero aquella carpeta estaría ahí para recordarnos que alguna vez fuimos dos chicos que tuvieron miedo del futuro y, aun así, decidieron escribirle.
No sabíamos qué iba a pasar.
No sabíamos si el tiempo cumpliría nuestros planes.
No sabíamos cuántas cosas cambiarían.
Pero sí sabíamos algo.
Habíamos decidido no tenerle miedo a convertirnos en quienes todavía no conocíamos.
Y tal vez ese era el verdadero propósito de aquellas cartas.
No decirnos cómo vivir.
Solo recordarnos que, alguna vez, tuvimos sueños.
Y que hubo un momento en nuestras vidas en el que dos personas se tomaron de la mano y decidieron descubrir el futuro juntas.
Cerré los ojos.
Y sonreí.
Porque, por ahora, el futuro podía esperar.