Cuando los ojos hablan sobran las palabras

El valle y la distancia que se acorta

El viaje de fin de curso llegó como un respiro para todos. Un valle rodeado de cerros, con praderas verdes y un río que cantaba entre las piedras, el lugar elegido para acampar durante dos días. La profesora pidió formar equipos y nombró capitanes. Julián fue elegido para dirigir el Equipo C.
Todos esperaban que escogiera a los más populares, a los que siempre estaban cerca de él. Pero cuando llegó su turno, nombró a dos compañeros y luego… dijo su nombre.
—María.
Ella lo escuchó y por un momento creyó que su imaginación le estaba jugando una mala pasada. Lo miró a los ojos y él la estaba mirando directamente, serio, sin sonreír, pero con una firmeza que le hizo sentir que realmente la había elegido. Entre el asombro y una alegría que le temblaba en las manos, caminó hacia él. Se detuvo a apenas treinta centímetros, tan cerca que podía ver cómo la luz del sol se reflejaba en sus ojos. Y por primera vez, él no se apartó.
—Vamos a trabajar juntos —dijo simplemente.
Julián repartió las tareas con claridad, pero con una particularidad: nadie trabajaba solo. Armar la carpa, organizar las provisiones, planear los juegos… todo se hacía en pareja. Y cuando le tocó elegir con quién armaría la tienda, la miró y señaló el espacio a su lado.
—Tú y yo —dijo.
Y lo hizo con una gentileza que nadie le había visto nunca. Le explicaba cada paso sin hacerla sentir torpe, le pedía su opinión, la escuchaba. Mientras clavaban las estacas y tensan la lona, María sintió que entre los dos no había solo una carpa en construcción, sino algo mucho más delicado que apenas empezaba a tomar forma.
Al caer la noche, todos se reunieron alrededor de la fogata. Las llamas bailaban y pintaban de dorado los rostros, y las sombras se alargaban entre los árboles. María sentía el calor del fuego, pero lo que realmente la hacía sentir ardiendo era la mirada de Julián. No era una mirada rápida ni distraída. Era intensa, profunda, como si estuviera tratando de leer todo lo que ella callaba. Y cada vez que se cruzaban sus ojos, María bajaba la vista, con el corazón a mil, sintiéndose pequeña y expuesta.
Cuando la fogata se apagó y todos se retiraron a sus tiendas, el silencio del valle llegó de golpe. Y en esa oscuridad, escuchó su voz cerca de ella.
—María.
Ella se giró y lo vio de pie, con las manos en los bolsillos, como si estuviera pensando mucho antes de hablar.
—Si tienes miedo a la oscuridad… o sientes algo que te inquieta durante la noche —dijo con voz suave—, no dudes en llamarme. Estaré cerca.
María sonrió, una sonrisa pequeña y sincera, y le dio las gracias. Pero cuando él se fue a su propia tienda, ella se recostó y pensó con tristeza: es solo amabilidad. Nada más. Él es así, educado. Y yo… yo sigo siendo yo. Jamás lograré entrar en su corazón de otra manera.
A la mañana siguiente, el sol despertó entre las montañas y con él la tarea de preparar el desayuno para todo el grupo. El espacio disponible para cocinar era reducido, tanto que cualquiera habría dicho que Julián lo había elegido a propósito. Allí estaban todos juntos, muy cerca unos de otros. Y mientras los demás apenas lograban pelar una zanahoria sin cortarse, Julián se movía con una destreza que sorprendió a todos. Cortaba, mezclaba, probaba, ordenaba… tranquilo, seguro, como si hubiera nacido entre fogones.
Y María… María, que en su casa siempre ayudaba y sabía hacerlo bien, no lograba sostener nada sin que se le cayera. El corazón le latía tan fuerte que le temblaban las manos. Un cuchillo, una fruta, una jarra… todo parecía resbalarse de entre sus dedos.
—Vayan por más leña —les dijo Julián de pronto a los otros compañeros, con un tono que no dejaba lugar a dudas.
Cuando se quedaron solos, el silencio se sintió más denso que el humo del fuego. Él se acercó despacio, como si no quisiera asustarla, como si estuviera tomando algo de la mesa donde ella preparaba la bebida. Y en ese movimiento, su mano rozó la de ella. No fue un roce accidental. Fue deliberado, lento, suave… y lo suficientemente largo para que María sintiera que el aire le faltaba. Se quedó totalmente inmóvil, con la respiración detenida, sintiendo el calor de su piel y la seguridad de quien sabe exactamente lo que hace.
Julián no dijo nada. Solo la miró. Y en ese silencio, bajo el cielo del valle, María comprendió una cosa que su corazón ya sospechaba: nada volvería a ser igual.
Continuará…




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