Cuando los ojos hablan sobran las palabras

A milímetros de distancia

En ese preciso instante, cuando el corazón de María latía con tanta fuerza que temía que todos lo escucharan, el sendero se llenó de voces y pasos. Llegaban los demás compañeros dispuestos a almorzar. Y ella, sintiéndose descubierta, se escabulló con la rapidez de quien comete un delito y debe ocultarlo. No se atrevió a mirar a nadie, solo retrocedio, con el rostro encendido y la mente en blanco, buscando cualquier rincón donde recomponerse.
Pasada la hora del almuerzo, cuando el sol caía sobre el valle con toda su fuerza, quedaban dos actividades por delante: una hora de retos organizada por el Grupo A y la esperada gran pesca que lideraría el Grupo G.
A las dos y media de la tarde, bajo un cielo sin una sola nube, dio inicio el primer reto: una carrera de encostalados. Cada equipo debía elegir dos participantes. Julián recorrió con la mirada a los suyos y se detuvo en María. Notó cómo ella bajaba la vista, negando con la cabeza apenas perceptiblemente, sin deseos de exponerse frente a todos. Entonces, con un gesto tranquilo, persuadió a los otros dos chicos del equipo para que fueran ellos los que representaran al Grupo C. María respiró aliviada, pero no pudo evitar preguntarse: ¿Lo hizo por mí? ¿O simplemente no quería que yo quedara en ridículo?
Llegó el segundo desafío, y este sí requería de todos. Consistía en pararse sobre una hoja de papel periódico, sin pisar el suelo fuera de sus bordes. Luego, el papel se doblaba por la mitad y el reto se hacía más difícil. Y así, una y otra vez. Cada vez menos espacio, más cercanos unos de otros, obligados a juntarse para no caer.
Poco a poco fueron cayendo los equipos. Algunos reían nerviosos, otros se quejaban, muchos perdían el equilibrio y saltaban fuera. En el Grupo C resistían tres: María, Julián y René. Los dos chicos decidieron cargarla entre los dos, pero cuando llegó el momento de doblar el papel hasta que apenas quedaba un cuadrado de unos veinte centímetros, la estrategia ya no servía.
—René, gracias —dijo Julián con voz firme—, pero ya no cabemos los tres.
Y antes de que nadie entendiera qué pasaba, tomó a María en sus brazos, la levantó con facilidad y René se quedó fuera del juego, mirándolos con la boca abierta.
Quedaban solo dos equipos. El silbato del profesor sonó claro y cortante: debían doblar una vez más. Ahora el espacio era mínimo, apenas unos centímetros. El otro equipo se sostenía con dificultad, tambaleándose. Julián plantó un solo pie sobre el papel diminuto y la miró a los ojos.
—Párate sobre mi pie —le sugirió, suave pero seguro—. No te vas a caer.
María dudó un segundo, pero él la sostuvo con firmeza. Ella apoyó su pie sobre el de él y en un instante se encontraron abrazados. Sus cuerpos estaban pegados, a milímetros de distancia, sin espacio entre uno y otro. María sentía su respiración en el cabello, el calor de su pecho contra el suyo, los brazos de él rodeándola con una protección que le hizo cerrar los ojos. Nadie dijo nada. No hacía falta. Solo sentían el aire caliente que les rozaba las mejillas, mezclándose entre los dos. Cada uno escuchaba los latidos del corazón del otro, tan fuertes que parecían latir al mismo ritmo.
Las orejas de María se encendieron de un rojo intenso. Cerró los ojos un instante, temblando, pero no había incomodidad. No había prisa. No había cansancio. Era como si esa posición, ese abrazo, esa cercanía… fuera exactamente donde debían estar desde siempre.
Julián no apartó la mirada ni un segundo. La sostenía con una naturalidad que asustaba a María, como si sostenerla fuera lo más lógico del mundo. Y en ese espacio diminuto, sobre un pedazo de periódico doblado, con el viento moviendo las hojas a su alrededor, María comprendió que ya no había vuelta atrás. Algo había cambiado entre los dos, justo en ese instante en que el mundo se redujo a un solo pie de papel y dos corazones que ya no sabían latir por separado.
El silbato volvió a sonar, pero ninguno de los dos se movió.
Continuará…
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