Pasaron unos segundos. Quizás fueron segundos eternos. El profesor tuvo que repetirlo dos veces antes de que reaccionaran:
—¡Son los ganadores!
Ni Julián ni María se habían dado cuenta de que el otro equipo se había rendido. Estaban tan perdidos el uno en el otro, tan concentrados en ese abrazo, que el mundo había dejado de existir alrededor.
Entre aplausos, chiflidos y risas de sus compañeros, se separaron despacio. Y en ese momento, ambos sintieron lo mismo: al alejarse, una gran brecha se abrió entre los dos. Como si la distancia que habían roto se empeñara en volver. Sin decir una palabra, cada uno tomó su rumbo hacia su tienda, llevando en el pecho algo que no sabían cómo nombrar.
Horas después, los llamaron para la última actividad del día. Reunidos en el sitio de concentración, el profesor preguntó quiénes participarían en la gran pesca. Casi todas las manos se levantaron al unísono.
Menos la de Julián.
María lo miró. Él permanecía inmóvil, con la mirada fija en el suelo, pálido. No iba a ir. Definitivamente no. Y no era por indiferencia ni por arrogancia. Julián tenía pavor al agua. Ese chico que parecía inalcanzable, al que nada parecía afectarle, estaba en ese momento temblando por dentro, atrapado en un recuerdo que lo perseguía desde que tenía seis años.
Vio todo otra vez como si estuviera allí: el paseo familiar, el sol, el ruido del agua. Él y su prima Mariela, a quienes todo el mundo decía que eran inseparables, se habían escapado solos a escondidas hasta un riachuelo. El plan era sencillo: jugar en la orilla y bajar mangos del gran árbol que daba sombra sobre el pozo más profundo del lugar. Mariela quiso alcanzar una roca que sobresalía del agua. Pisó mal. Y cayó.
Julián se quedó paralizado. No pudo correr. No pudo lanzarse tras ella. No pudo ni siquiera gritar con la fuerza necesaria. Solo vio, con los ojos muy abiertos y el cuerpo convertido en hielo, cómo su prima desaparecía bajo el agua, llamándolo una última vez, mientras él no hacía absolutamente nada.
Ese día no solo perdió a alguien que amaba. Ese día algo dentro de él murió para siempre. Murió la confianza en sí mismo, la tranquilidad, la inocencia. Desde entonces, la culpa vive en su pecho como una piedra que no se puede sacar: debí hacer algo, debí impedirlo, debí saltar tras ella. Esa angustia le aprieta el pecho cada vez que se acerca al agua, como si el recuerdo quisiera ahogarlo también a él. El dolor no se va, no se olvida, no se aquieta. Cada vez que mira un río, un pozo o un lago, vuelve a tener seis años. Vuelve a sentir el terror de ver lo que no puede salvar. Y la culpa, esa compañera silenciosa, le susurra siempre lo mismo: tú podrías haberlo evitado.
Ese miedo no es simple temor. Es el peso de un secreto que lleva cargando solo desde la infancia, el recuerdo de una voz que ya no responde y la certeza de que, aunque corra, nunca podrá alejarse de lo que el agua se llevó.
Mientras tanto, para María la pesca era todo lo contrario. El corazón le latía de emoción. Pescar significaba su padre, las mañanas temprano, las historias que él le contaba mientras esperaban la picada, la paciencia que solo él sabía enseñar. Su padre ya no estaba, pero ir a pescar era como volver a estar con él. No veía la hora de demostrarle a todos que sabía hacerlo muy bien. Y estaba segura: de todos, ella sería quien más peces llevara a la cesta.
Buscó a Julián con la mirada una vez más. Lo vio rígido, perdido en algún lugar lejano a ese grupo. Y aunque quería acercarse, aunque quería preguntarle si estaba bien, algo en su postura le dijo: no ahora. Comprendió que no era el momento.
Así que se giró y se unió al grupo que comenzaba a caminar hacia el lago, apenas a doscientos metros del campamento. El agua brillaba bajo el sol, tranquila y silenciosa. María respiró hondo, guardó el recuerdo de su padre en el pecho y siguió el camino. Pero en algún rincón de su mente, no dejaba de preguntarse: ¿qué es lo que hay detrás de esa mirada suya que de vez en cuando se apaga?
Y a espaldas de todos, Julián se quedó solo, mirando hacia el valle, con el nudo en la garganta que llevaba desde los seis años, preguntándose si alguna vez dejaría de huir del agua… o si en realidad estaba huyendo de sí mismo.
Continuara..
Editado: 13.08.2026