Cuando los ojos hablan sobran las palabras

Mientras ella brilla, él se apaga

Minutos después, a orillas del lago, todos estaban concentrados en la pesca. Pero María no era una más: ella dominaba el oficio. Conocía cada movimiento, sabía cuándo esperar en silencio y cuándo dar el tirón preciso. No tardó en demostrarlo: el corcho se hundió, ella tensó la línea con firmeza y sacó un pez de tamaño regular con una destreza que dejó a todos boquiabiertos. Y así uno tras otro.
Sin embargo, sus compañeros celebraban a gritos, aplaudían y se abrazaban sin cuidado, espantando a los peces sin darse cuenta. No entendían que el silencio es parte del arte de pescar. Pero a María no le importaba el ruido: ella estaba en su elemento, reviviendo cada consejo de su padre, cada madrugada juntos, y cada pez que sacaba era como decirle mira, papá, no olvidé nada.
Mientras tanto, Julián seguía solo, perdido en el laberinto de sus propios pensamientos. La soledad siempre había sido su refugio, su consejera más silenciosa. Abrió un libro, intentó perderse entre sus páginas como hacía siempre… pero el viento le trajo el murmullo del lago. Voces, risas, aplausos, arengas de victoria. Y en medio de todo ese ruido, distinguió la risa de María, clara y luminosa. En ese instante sintió un temor inexplicable, un frío que le bajó desde la nuca hasta los pies. ¿Y si se acerca demasiado al borde? ¿Y si resbala? Pero luego llegó algo más incómodo: la certeza de que ella estaba bien. Estaba brillando. Y no lo necesitaba a él.
Así que, sin darse cuenta, empezó a caminar hacia el lago. Se ocultó entre los árboles, manteniéndose a una distancia prudente donde nadie pudiera verlo, y la observó. La vio sonreír como nunca la había visto sonreír. La vio saltar de emoción cuando sacaba un pez, correr hacia sus amigas para mostrarlo, señalarles cómo sostener la caña y dónde echar el cebo. Era otra María: segura, radiante, dueña de ese lugar.
Pasaron los minutos y algo oscuro empezó a crecerle en el pecho a Julián. Enojo. Dolor. Envidia. No lograba distinguir bien qué era, pero ardía. ¿Por qué ella podía estar tan bien cuando él estaba destrozado a solo doscientos metros? ¿Por qué no lo buscó? ¿Por qué no se quedó con él cuando vio que algo andaba mal?
Regresó a su tienda con paso acelerado, como si huyera de sí mismo. Se recostó en el silencio de su refugio, con los ojos fijos en la lona y el pecho apretado.
—Nunca más —susurró con voz seca—. Nunca más muestro lo que siento. Nadie merece verme débil.
Pero la verdad era más dura que su orgullo: en el fondo la esperaba. Quería que ella hubiera mirado atrás, que hubiera sentido que él le hacía falta, que hubiera elegido quedarse aunque él no le hubiera dicho nada. Y como no lo hizo, su mente llegó a la conclusión que más le dolía: para ella yo no soy tan importante como ella lo es para mí.
Y en la oscuridad de su tienda, mientras afuera seguían celebrando, sintió algo peor que el miedo al agua: el miedo a amar a alguien que no lo necesita.
Continuará…




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