El regreso al campamento fue un alboroto de risas y relatos. Cada quien traía su anécdota para contar: el profesor, que con tanto esmero había capturado un pez enorme y, en un momento de distracción, el animal dio un tirón final y saltó de vuelta al agua, libre; María, que había superado todas las expectativas y atrapado más de diez peces con la destreza que heredó de su padre; y los chicos más delgados, que casi salían volando o terminaban sentados en el pasto cada vez que un pez mediano mordía el anzuelo y tiraba con fuerza.
Julián escuchaba todo desde el interior de su tienda, tendido en su colchoneta, con los ojos cerrados y la mente abarrotada de ruido. Cada risa que llegaba desde afuera le parecía un reproche. Deseó con todas sus fuerzas que el silencio cayera de una buena vez y lo dejaran tranquilo con su soledad.
Cuando por fin sirvieron la cena y el olor a comida se esparció por el campo, María miró una y otra vez hacia la tienda de Julián, pero la lona permaneció cerrada, inmóvil. Decidió acercarse. Se paró frente a la entrada, dudando, con el corazón latiéndole suavemente. Esperó un largo rato, atenta a cualquier sonido, una respiración, un movimiento. Pero nada. Al no percibir señal alguna, dedujo que ya estaría dormido. Regresó a su propia tienda, pero el sueño tardó en llegarle. Le dio vueltas en la cabeza el rostro de Julián aquella tarde, cuando se anunció la actividad de pesca: la palidez, la rigidez, la mirada perdida. Tenía tantas preguntas y tan pocas respuestas. Y esa incertidumbre la mantuvo despierta mucho tiempo, mirando el techo de su tienda bajo la luz de la luna.
A la mañana siguiente, apenas salió el sol, todos fueron formados nuevamente. Correspondía el turno al Grupo D, que había preparado una excursión especial. No se trataba de una caminata cualquiera: era una aventura exigente, que requería conocimientos básicos de escalada y mucha resistencia física, pues los senderos que llevaban a la cima de la montaña eran empinados, resbaladizos y angostos. Los guías explicaron cada detalle con claridad y, antes de dar la partida, pidieron con firmeza:
—Quien no se sienta en capacidad de asumir el esfuerzo y el riesgo, dé un paso hacia atrás ahora mismo.
María, junto con otros quince compañeros, dio un paso atrás sin dudarlo. La montaña imponía respeto y ella sabía hasta dónde podía llegar. Pero al levantar la vista, se quedó helada: Julián seguía estático en su lugar, firme, sin moverse un milímetro. A su lado quedaron nueve compañeros, todos varones, dispuestos a emprender el ascenso.
María lo miró con los ojos muy abiertos y un asombro que le heló la sangre. ¿Cómo era posible? Ella conocía a Julián como nadie más lo hacía. No porque él se lo hubiera contado, sino porque durante meses lo había observado en silencio, fijándose en cada detalle, por diminuto que fuera. Sabía, por ejemplo, que cuando se servía una bebida, contaba con exactitud cada cucharadita de azúcar que agregaba: ni una más, ni una menos, como si la medida perfecta fuera un secreto que solo él conocía. Sabía que odiaba profundamente que alguien le hablara cuando tenía un libro entre las manos; que su molestia se notaba apenas en el leve fruncir de la frente. Sabía que, en los recreos, elegía siempre el rincón más apartado de la cancha de atletismo para leer, lejos del ruido y de las miradas. Conocía sus gustos, sí, pero también sus debilidades: esa fragilidad que escondía tras su aire distante, su tendencia a aislarse cuando algo le dolía. Y también sus fortalezas: su mente brillante, su capacidad de concentración, esa determinación silenciosa que a veces le hacía a uno olvidar lo frágil que podía ser por dentro.
Por eso le costaba creer lo que veía: Julián, el chico que nunca se le había visto correr ni practicar deporte alguno, el que siempre parecía ajeno al mundo físico, hoy estaba decidido a escalar una montaña que exigía resistencia, fuerza y valor. ¿Qué lo impulsaba a hacerlo? María no lo entendía, y esa confusión la llenó de una inquietud que le apretó el pecho. Invadida por una preocupación creciente, no lo pensó más y se apresuró hacia él, con la intención de preguntarle, de advertirle, de simplemente hablarle un momento.
Pero Julián escuchó sus pasos acercándose y reaccionó al instante. Giró sobre sus talones, tomó su morral con provisiones con gesto apresurado y echó a andar con paso rápido, alejándose de ella cuanto antes, sin siquiera mirarla.
María se quedó parada en seco, con las palabras atoradas en la garganta. No podía saber lo que Julián albergaba en lo más profundo de su corazón, ni la determinación feroz que lo empujaba a huir de ella una vez más. Julián no escalaba la montaña solo por desafiar la naturaleza: la escalaba para intentar, al menos por unas horas, escapar de sí mismo… y de la presencia que más anhelaba y a la vez más temía.
Continuara...
Editado: 13.08.2026