Cuando los ojos hablan sobran las palabras

Cuando la montaña cobra su precio

María se quedó clavada en el mismo sitio, con el corazón latiéndole desbocado en la garganta, observando cómo Julián y su grupo se alejaban entre senderos y árboles hasta perderse por completo de vista. La excursión estaba planeada para durar cuatro horas: dos de subida y dos de regreso. Pero por más que intentó tranquilizarse, un presentimiento amargo le anudaba el estómago. Eran como palpitaciones que no podía controlar, una premonición que le susurraba que algo iba a salir mal, aunque no lograba darle forma.
Apenas el grupo alcanzó la primera cima de aproximación, a unos doscientos metros de altura, el cielo se oscureció de golpe y comenzó a llover con una furia imparable. El agua caía en torrentes, convirtiendo la tierra en barro resbaladizo y tiñendo las rocas de un brillo traicionero. Los jóvenes decidieron seguir avanzando por una pendiente semiinclinada, llena de piedras sueltas, con la intención de completar el recorrido rápido y buscar refugio bajo la copa de los árboles más altos al terminar. Los truenos retumbaban sobre sus cabezas como advertencia, y los relámpagos rasgaban el cielo con una luz cegadora. Todos caminaban con el miedo asomado en los ojos… todos menos Julián.
Desde que partieron, no había pronunciado una sola palabra. Iba con la mirada fija en un punto que nadie más veía, ajeno a las bromas nerviosas de sus compañeros, ajeno al ruido de la tormenta, ajeno incluso al peligro que crecía a cada paso. Se adelantó al guía y tomó la delantera, caminando con una prisa desesperada, como si huyera de algo, o como si la cima fuera el único lugar del mundo donde pudiera respirar sin que nadie lo observara.
Unos cincuenta metros más adelante, justo cuando el sendero se estrechaba hacia una curva cerrada, puso el pie sobre una zona de roca suelta y empapada. La tierra no resistió. Las piedras se desmoronaron bajo su peso como si fueran de azúcar y, antes de que pudiera reaccionar, Julián rodó cuesta abajo, dando vueltas sin control durante unos veinte metros, hasta quedar inmóvil entre las piedras del fondo del barranco.
El guía reaccionó al instante: lanzó un grito de alerta, aseguró rápidamente la cuerda de seguridad y descendió con cuidado hasta donde había caído. Lo encontró consciente, pálido y con la respiración entrecortada, pero vivo. Al examinarlo con atención, el diagnóstico era claro: la pierna derecha presentaba una fractura visible y un desplazamiento que le hacía gritar de dolor con cada movimiento mínimo.
Mientras tanto, de vuelta en el campamento, la preocupación de María no hacía más que crecer. Miraba sin cesar hacia la montaña, donde la lluvia seguía cayendo con fuerza, y se preguntaba si habrían encontrado un refugio seco, si habrían sabido protegerse, si al ver el cielo ennegrecido habrían decidido dar media vuelta y volver a tiempo. Cada minuto que pasaba sin noticias le parecía una eternidad.
De pronto, el celular de uno de los profesores sonó con un timbre cortante que rompió la calma del lugar. La voz al otro lado era tensa, urgente. Las noticias que trajo no podían ser más desoladoras: uno de los jóvenes había sufrido un accidente grave durante el ascenso. Se requería el apoyo inmediato de rescatistas para bajarlo con seguridad y trasladarlo a un centro asistencial urgente.
Y entonces, una frase detuvo al profesor en seco: el muchacho herido había pedido expresamente que nadie supiera que era él. No quería que sus compañeros lo supieran, y mucho menos que una persona en particular se enterara de su desgracia. Así que el profesor, con un pesar profundo en la mirada, decidió guardar el nombre. Solo informó que alguien había sufrido un percance y que él y un colega irían al pueblo más cercano para coordinar la ayuda con la Defensa Civil. Poco después, se vio elevarse en el horizonte la silueta de un helicóptero que se acercaba a toda velocidad hacia la montaña para extraer al herido y trasladarlo directamente a la clínica de la ciudad.
En el campamento, el silencio se volvió pesado y ansioso. Todos se agolpaban con preguntas en la boca: ¿Qué pasó? ¿Quién fue? ¿Está grave? ¿Cómo ocurrió? Pero las respuestas eran escasas, confusas, y cada explicación incompleta dejaba más dudas que certezas. María escuchaba cada palabra con el alma en vilo, sin atreverse a formular la pregunta que le quemaba los labios, temiendo que la respuesta confirmara lo que su corazón ya le gritaba sin palabras.
Continuara.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.