Cuando los ojos hablan sobran las palabras

En la habitación de la clinica

María quedó inmóvil tras la puerta de la habitación de la clínica, sin saber qué hacer ni qué decir. A su alrededor, el ambiente olía a limpio y a desinfectante; se escuchaba el murmullo lejano de enfermeras en el pasillo y el pitido rítmico de los monitores. Todo había pasado tan rápido esa misma tarde: la excursión, la tormenta, la angustia al confirmar que Julián no había regresado… y ahora estaba ahí, con el corazón acelerado, sin saber si debía quedarse o salir corriendo.
Momentos después, la puerta se abrió y salió el padre de Julián. Se le veía preocupado y serio; al ver a María se detuvo un instante, sin reconocerla, pero notando la inquietud en su mirada.
—Disculpe —dijo ella con voz temblorosa, apretando con fuerza el equipaje—, soy compañera de Julián. Vine a traerle sus cosas… ¿podría verlo un momento?
El hombre la miró con atención. No la conocía, pero su gesto se suavizó al percibir la sinceridad y el afecto que la joven no lograba ocultar.
—Claro, hija. Pasa, por favor.
Entraron juntos a la habitación. Allí, sentada junto a la camilla, estaba la madre de Julián. Al verlos levantó la vista; al notar que venía acompañada de una chica desconocida, los miró con curiosidad. María se presentó brevemente y explicó quién era. La señora asintió con amabilidad y, comprendiendo que necesitaban un poco de espacio, salió discretamente hacia el pasillo.
Julián descansaba recostado sobre almohadas blancas y limpias. Tenía la respiración acompasada y el rostro pálido, pero ya con una expresión tranquila, como si lo peor hubiera quedado atrás. Parecía tan distinto al chico serio y distante que ella conocía… sin la muralla que siempre parecía rodearlo.
María se acercó despacio, casi de puntillas, temiendo que cualquier movimiento brusco pudiera despertarlo. Al llegar al borde de la cama, se quedó mirándolo largo rato: sus pestañas reposaban suaves sobre sus mejillas, su cabello algo desordenado caía sobre la frente… le pareció el ser más hermoso que jamás había visto.
Extendió la mano y tomó la suya —esa mano cálida que alguna vez había rozado sin querer mientras compartían tareas—. Lo observó con detenimiento y lo vio tan frágil, tan vulnerable, que en ese instante sintió un deseo inmenso de quedarse a su lado, de cuidarlo cada momento, de no volver a separarse de él.
Pensó que tal vez nunca tendría otra oportunidad como esta. Que quizás, si esperaba más, el momento se escaparía y no volvería a repetirse. Así que, sin dudarlo, se inclinó y le dio un beso suave en la mejilla, tan cerca de sus labios que pudo percibir el calor leve de su piel.
En ese preciso instante, Julián abrió los ojos. María se sobresaltó y se enderezó rápido, dispuesta a alejarse, pero sintió cómo él apretó su mano con firmeza, impidiéndole irse.
—¿María? —murmuró él con voz apenas audible, —. ¿Eres tú?
Ella asintió, incapaz de hablar por la emoción que le cerraba la garganta. Se sentó despacio en la silla junto a la cama, sin soltarle la mano.
—Estoy aquí, Julián —respondió ella bajito—. Vine… vine porque necesitaba saber cómo estabas.
Julián la miró fijamente, y en sus ojos ya no había esa frialdad que siempre lo caracterizaba. Había algo más: gratitud, ternura… y algo que se encendía lentamente y que ninguno de los dos se atrevía todavía a nombrar.
—Gracias —dijo él, y apretó un poco más su mano—. No sabes lo bien que me hace que estés aquí.
El silencio se instaló entre ellos, pero ya no era incómodo: era un silencio nuevo, cargado de preguntas sin respuesta y de verdades que apenas empezaban a asomar. María quiso preguntarle qué había pasado en la montaña, por qué había desaparecido… pero algo en la mirada de él la detuvo. Julián abrió la boca como si fuera a confesarle algo que había guardado por años, cuando de pronto…
—Julián… —la voz de su madre se escuchó al otro lado de la puerta, antes de que esta se abriera—, el doctor viene a ver…
Se detuvo en seco al verlos: él sosteniendo la mano de María, ella inclinada hacia él, con los ojos brillantes y el aliento contenido. El tiempo pareció suspenderse un segundo. Y María, al levantar la vista, se preguntó si aquel momento se quedaría entre los dos para siempre… o si acababa de empezar algo que cambiaría sus vidas por completo.

Continuara...




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