Al día siguiente, María se levantó con el alba. Pasó mucho tiempo frente al espejo, arreglándose con esmero, deseando verse de la mejor manera para ir a visitar a Julián. Le pidió a su madre que la ayudara a preparar unas frutas y, con la cesta lista, salió apresuradamente hacia la clínica.
Eran alrededor de las ocho y media de la mañana cuando se detuvo frente a la puerta de la habitación, cerrada. Dudó un instante antes de tocarla, y en ese momento se acercó una enfermera que le preguntó si deseaba ingresar. María le explicó su intención, pero la enfermera le respondió que aún no era horario de visitas, y que la madre de Julián estaba con él; para que ella pudiera entrar, la señora tendría que salir. Al preguntarle si deseaba que la avisara, María negó con la cabeza y dijo que esperaría pacientemente a que comenzara el horario.
A las nueve en punto se abrieron las puertas y la clínica comenzó a llenarse de movimiento: personas entraban y salían, pero María permanecía inmóvil en el pasillo, sin atreverse aún a dar el paso de entrar.
Al poco tiempo, la puerta se abrió y salió la madre de Julián. Al ver a la joven sentada en el banco, la reconoció de inmediato —aquella chica que el día anterior había llevado las pertenencias de su hijo—. Llena de curiosidad, regresó a la cabecera de Julián y le preguntó con suavidad:
—Esa compañera que te visitó ayer, la que trajo tus cosas… ¿es tu novia?
Julián la miró con calma, y con voz pausada y clara respondió:
—No es mi novia… pero espero que algún día sea mi esposa.
Su madre se quedó sin palabras, tan sorprendida por la sinceridad de su hijo que toda curiosidad se transformó en una dulce comprensión. Entendió que su hijo estaba profundamente enamorado, y con una sonrisa llena de ternura salió de la habitación para acercarse a María.
—¿Vas a entrar? —le preguntó con amabilidad.
María se levantó de un salto, con el rostro encendido.
—Disculpe, señora, no quiero ser molesta —dijo con timidez—. Le he traído algunas frutas a Julián… y me gustaría hablar un momento con él, si me lo permite.
La señora asintió con cariño y le abrió la puerta, dejándola pasar. Y María, con el corazón latiéndole a mil por hora, cruzó el umbral hacia él.
Continuara...
Editado: 29.08.2026