Cuando los ojos hablan sobran las palabras

Las palabras que el silencio guardo

Julián, al verla entrar, se sobresaltó visiblemente. El corazón le comenzó a latir con fuerza y, de pronto, se quedó sin palabras, invadido por una nerviosidad que no esperaba. María, con voz suave y tímida, rompió el silencio:
—Hola, Julián… ¿cómo amaneciste hoy?
Se acercó despacio y se sentó junto a su cama. Julián la miró a los ojos y respondió con sinceridad:
—Ahora que estás aquí… me siento mucho mejor.
María sintió cómo el rostro se le encendía, pero tomó aire y reunió todo su valor.
—He estado pensando mucho… y siento que llegó el momento de hablar. Tengo tantas preguntas para hacerte, y creo que este es el momento justo.
Julián, sorprendido por su determinación, asintió:
—Habla, María. Te prometo que seré totalmente sincero contigo.
Ella había esperado tanto tiempo, había callado tantas veces… y ahora, por fin, todo aquello que había guardado quería salir.
—Julián, ¿qué pasó ese día? ¿Por qué decidiste ir a la montaña? ¿Por qué estabas enojado conmigo? ¿Me odias?
Julián se quedó inmóvil. Nunca imaginó que María pudiera pensar que sentía rabia hacia ella. Con voz suave pero firme, le respondió:
—Te responderé una por una tus preguntas, pero cambiaré el orden. Primero y más importante: no te odio, María. Nunca podría odiarte. Ese día fui a la montaña porque sentí la necesidad de alejarme… comprendo ahora que fue un acto de inmadurez. Nunca medí las consecuencias, solo quería salir de allí. Y si estaba enojado… sí, lo estaba. Pero no me preguntes por qué, porque no sabría qué responder. Ni siquiera yo logro comprenderlo, por más que lo intento.
María suspiró y guardó silencio. Se sentía desconcertada por sus palabras, pero tomó aliento una vez más y confesó lo que llevaba guardado en el pecho desde tanto tiempo:
—Julián… a veces siento que me quieres, pero otras veces siento que me odias. Y no sé cómo soportar esa confusión.
Julián no supo qué decir al instante. La miró con una ternura y una tristeza que nunca antes había mostrado, y en sus ojos se asomó una lágrima que no intentó detener. Con voz quebrada, apenas un susurro, comenzó:
—Perdón, María… perdón por no haber sido sincero contigo antes, por no haber sabido ser claro… Hay algo que debí decirte hace mucho tiempo, y ahora que estás aquí, por fin voy a hacerlo…
Se calló un instante, como si buscara el valor para pronunciar las palabras que lo cambiarían todo. Y en ese silencio lleno de latidos y de respiraciones entrecortadas, la miró fijamente, sabiendo que lo que diría a continuación lo cambiaría todo.
Continuara...




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