Cuando los ojos hablan sobran las palabras

El corazón no calla

María lo escuchó atentamente, palabra por palabra, y cuando él terminó, ella se quedó en completo silencio. Antes sentía un gran dolor al pensar que Julián no estaría el día de la graduación, pero ahora ese dolor se había vuelto inmenso. Ya no podía pensar en la ceremonia ni en el diploma: solo podía verlo alejándose, y en todos los meses que pasarían sin poder verlo. Se había acostumbrado a observarlo cada día, a buscarlo entre la gente, y la idea de no encontrarlo más le dolía profundamente. Su boca no pudo pronunciar una sola palabra, pero su corazón habló sin sonido: se le llenaron los ojos de lágrimas que no pudo retener. Quiso ocultar su tristeza, bajar la mirada, fingir que no era tanto… pero era imposible.
Julián esperaba, y al verla llorar, sintió que algo se le rompía por dentro. No entendía si su silencio era negación o dolor, pero verla así le hizo olvidar toda duda. Se enderezó con esfuerzo, casi logrando sentarse en la camilla, y con mucho cuidado le secó suavemente las lágrimas con el dorso de su mano.
—No llores, María… —le dijo con voz tierna y temblorosa—. No quiero causarte sufrimiento. Al contrario… lo que más deseo es ser quien te haga feliz.
En ese instante, como si esas palabras hubieran roto toda barrera, María no pudo contenerse más. Se acercó y se fundió en sus brazos, sintiendo su calor, su fragilidad y su fuerza al mismo tiempo. Y con el rostro hundido en su hombro, le dijo con voz quebrada pero llena de verdad:
—No quiero que te vayas, Julián… yo te quiero mucho. Te quiero demasiado, y siento que desde hace mucho tiempo ya eres parte de mi vida. Pero… a la vez, quiero que te recuperes. Quiero que hagas tu sueño realidad, que estudies, que crezcas… aunque yo no esté allí para verte cumplirlo. Te esperaré, Julián. Te esperaré el tiempo que sea necesario. Cada día voy a recordarte. Tu felicidad también es la mía, incluso si eso significa esperar.
Julián la abrazó con toda la fuerza que su estado le permitía, sintiendo que por fin, después de tanto tiempo de silencio y distancia, sus corazones ya no estaban separados. Y en ese abrazo, entre lágrimas y promesas dichas con el alma, comprendieron que el amor no termina cuando uno se va, sino que comienza cuando ambos se atreven a confesarlo.
Continuara..




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