Ese abrazo selló un amor duradero, unas promesas y la esperanza de un futuro juntos. María, aún entre lágrimas, sintió la alegría de saber que su amor era correspondido. Le tomó la mano y le dijo con voz suave pero firme:
— Julián, pase lo que pase, no olvides nunca lo que siento por ti en este instante. Es real. Es tuyo. Siempre.
— Jamás lo olvidaré, María. Me diste algo que creí no merecer: ser amado tal como soy.
El momento se vio interrumpido por la entrada de las enfermeras a administrar su medicación. Poco después regresó la madre de Julián a la habitación, y María sintió de pronto que no pertenecía allí. Aun así, se quedó en silencio, esperando el momento de volver a hablarle. Cuando quedaron nuevamente solos, el tiempo corrió entre charlas y confidencias, hasta que llegó la hora de retirarse.
— Tengo que irme a preparar para las actividades de la graduación —dijo ella con tristeza—. La verdad, sin ti, no sé si quiero ir.
— Por favor, ve. Brilla. Celebra tu logro. Yo estaré contigo, aunque no me veas. Este día es tuyo, y también nuestro.
— Si tú lo dices… lo haré. Pero te voy a extrañar cada segundo.
— Yo también, María. Más de lo que imaginas.
En ese momento le confirmaron que al día siguiente, en horas de la mañana, recibiría el alta médica. Todo iba mejor de lo esperado. Julián la miró con seriedad y le pidió:
— Ocúpate de tus cosas, sigue tu ritmo de vida. No quiero que pongas pausa a tu vida por mí. No quiero ser tu tristeza. Quiero ser tu motivo para seguir adelante.
Se despidieron con un beso suave en la mejilla, como esos amigos tímidos que saben que hay algo más entre ellos, pero aún no se atreven a cruzar la última barrera. Tenían un amor real, profundo, pero todavía no tenía nombre.
— Hasta mañana, Julián. Descansa.
— Hasta mañana, María. Cuídate mucho.
Ella se alejó hacia la puerta, y él la siguió con la mirada, queriendo decir algo más, pero las palabras se quedaron atrapadas. ¿Debía pedirle que fuera su novia antes de irse, o era mejor dejarlo así para no atarla a una espera incierta? No sabía qué pesaba más: el deseo de llamarla suya, o el miedo a encadenarla mientras él estuviera tan lejos. Y con esa pregunta en el corazón, cerró los ojos, esperando que la mañana le trajera la respuesta.
Continuara...
Editado: 29.08.2026