Cuando los ojos hablan sobran las palabras

Atar o soltar

Al día siguiente, muy temprano, el celular de María vibró. Era un mensaje de Julián. Había pensado en evitarle el viaje a la clínica, pues sería un día lleno de diligencias y movimientos. Sus palabras eran cariñosas, cuidadosas, pero escritas en una pantalla se sentían lejanas, sin el calor de su voz. María sintió el corazón acelerado: nunca le había escrito antes, y aunque sus palabras eran dulces, algo en ellas se sentía incompleto.
— Quería saber de ti. Decirte que me haces falta.
María leyó una y otra vez, sin saber qué responder, con el pecho lleno de emoción que las palabras no alcanzaban a expresar. Finalmente escribió:
— Julián… me siento tan feliz. Quisiera pasar todo el tiempo posible contigo antes de que te vayas. Sé que quizás no es el momento más adecuado, pero… ¿podría ir a verte a tu casa?
La respuesta llegó rápido:
— Por supuesto. Yo también me muero por verte, por estar más cerca de ti. Lo deseo con toda mi alma.
Al leerlo, sintió ese golpe en el pecho, pesado y doloroso. Tenía un deseo inmenso de estar junto a ella, de abrazarla, de no separarse… pero al mismo tiempo se sentía egoísta. ¿Tenía derecho a pedirle que lo esperara? ¿A dejarla en suspenso por años, sin saber si volvería? María merecía una vida tranquila, plena, sin esperas. Merecía la oportunidad de ser feliz, incluso si eso significaba que un día pudiera enamorarse de otro mientras él estuviera lejos. ¿Cómo podía pedirle que detuviera su mundo por él? Esa duda lo carcomía por dentro, y no lo dejaba estar tranquilo.
Llegada la tarde, ya en su casa, tomó el celular de nuevo. Ella ya se había preparado para ir a verlo, pero él seguía sin tomar una decisión. No era justo ilusionarla más si al final decidía dejarla libre. Pero tampoco era justo para él renunciar sin intentarlo, sin aprovechar el poco tiempo que les quedaba. Los mensajes de texto se sentían vacíos, fríos, sin el tono de voz que delata lo que el corazón siente. Por eso, en lugar de escribirle, marcó su número para una videollamada.
— María… hoy no me siento bien, creo que necesito descansar —le dijo al verla en pantalla, con voz suave pero tensa—. ¿Te molesta si nos vemos así, en lugar de que vengas?
— Claro que no, Julián. Lo que tú necesites —respondió ella sin dudar.
Cuando sus rostros estuvieron frente a frente, su resolución se desvaneció. Las palabras que había ensayado se le quedaron atrapadas en la garganta. Al verla, toda la fuerza de sus dudas se volvió incierta.
— Gracias —le dijo, con voz quebrada—. Gracias por haber estado conmigo todo este tiempo, por no haberte apartado cuando yo te lo ponía difícil. Y… perdóname. Perdóname si no sé qué decir, si no sé cómo hacer lo correcto. No quiero hacerte daño. No quiero pedirte nada que no pueda cumplir.
María lo miró con ternura, sin entender del todo su lucha, pero sintiendo su dolor como si fuera propio.
— No tienes que pedirme perdón por nada, Julián. Estoy aquí porque quiero estar. Porque tú vales la pena.
Él cerró los ojos un instante, como si esas palabras le dolieran y a la vez lo salvaran. Al abrirlos, la miró con una intensidad que la hizo sentir que, a pesar de todo, a pesar de la distancia y de las dudas, en ese momento eran solo ellos dos. Y la pregunta que lo había atormentado todo el día seguía ahí, sin respuesta: ¿Atarla a mí, o soltarla para que sea libre?
Continuara...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.