Cuando los relojes dejan de latir

Capítulo 5 – La primera desaparición

—Seraphine… —dijo Adrián, deteniéndose de golpe—. ¿Has oído eso?

Ella no respondió.

El Reflejo, que hasta entonces parecía respirar con una calma inquietante, se había quedado en silencio. Un silencio espeso, antinatural, como si el mundo hubiera contenido el aliento. Las luces flotantes seguían suspendidas en el aire, pero ya no danzaban; permanecían quietas, observándolo todo.

Adrián giró sobre sí mismo.

—Seraphine… —repitió, esta vez con un nudo en la garganta.

No estaba.

El lugar donde ella caminaba unos segundos antes estaba vacío, como si nunca hubiera existido. Adrián sintió un golpe seco en el pecho. El miedo no llegó de golpe; se deslizó lentamente, helado, apretándole los pensamientos.

—Esto no es real… —murmuró—. No puede serlo.

Avanzó unos pasos, llamándola en voz baja primero, luego más alto, hasta que su propia voz le devolvió un eco distorsionado, extraño, como si el Reflejo se burlara de él.

—¡Seraphine!

Nada.

Las torres parecían más altas ahora, más lejanas. Los puentes suspendidos crujían suavemente, aunque no había viento. Adrián notó que su respiración se aceleraba, que sus manos temblaban.

—Me dijiste que no me soltaras… —susurró, recordando el contacto de su mano, la seguridad que había sentido—. Dijiste que no estaría solo.

El Reflejo respondió con un susurro, un murmullo casi imperceptible que parecía surgir de las paredes, del suelo, del aire mismo. No eran palabras claras, pero Adrián sintió algo peor: una presencia.

No estaba solo.

De nuevo un escalofrío. cuando percibió una sombra moviéndose donde no debería haber ninguna. No tenía forma definida; era más bien una ausencia de luz, un vacío que avanzaba lentamente.

—No… —dijo, retrocediendo—. No pienso huir.

No sabía de dónde sacaba el valor. Tal vez del miedo, tal vez de la necesidad urgente de encontrarla. Cerró los ojos un segundo y respiró hondo, recordando lo que Seraphine le había dicho: el Reflejo se entiende con el corazón.

—Si puedes oírme… —dijo en voz alta, sin saber a quién se dirigía—. Devuélvela.

El aire vibró.

La sombra se detuvo.

Durante un instante, Adrián sintió que algo lo observaba desde dentro, como si el Reflejo estuviera leyendo sus recuerdos, sus dudas, sus miedos más profundos. Vio destellos de su vida: noches solitarias, rutinas vacías, esa sensación constante de no encajar del todo en el mundo moderno.

Y entonces lo entendió.

—No la has tomado al azar —dijo, con voz firme—. Me estás probando a mí.

La sombra retrocedió un poco, como si la idea le resultara… interesante.

Adrián avanzó un paso, con el corazón desbocado.

—No sé quién eres ni qué quieres —continuó—, pero no pienso abandonar a la única persona que me ha mostrado quién soy de verdad.

El silencio volvió a romperse. Esta vez, una voz suave, fragmentada, surgió de ninguna parte y de todas a la vez:

—El Reflejo no regala nada… solo revela.

Una grieta luminosa apareció frente a él, temblorosa, inestable. Adrián sintió que, al cruzarla, ya no habría marcha atrás. Tragó saliva.

—Entonces revelaré lo que haga falta —susurró.

Y dio el paso.

Mientras la luz lo envolvía, una certeza se instaló en su interior: la desaparición de Seraphine no era una pérdida, sino el comienzo de algo mucho más profundo. Algo que pondría a prueba su miedo… y su corazón.



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En el texto hay: fantasia, misterios, romance

Editado: 04.01.2026

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