Adrián no recordaba haberse dormido.
Sin embargo, despertó con la sensación de haber caído muy lejos. No estaba en una cama ni en una calle; estaba en un espacio indefinido, envuelto en una luz tenue, como si el Reflejo hubiera decidido bajar la voz.
—No luches —dijo Seraphine.
Su voz llegó antes que su imagen. Luego apareció frente a él, más nítida que otras veces, pero con una tristeza que no había mostrado antes.
—Esto no es un lugar —continuó—. Es un recuerdo.
El aire cambió.
Adrián parpadeó y, de pronto, estaba en su antigua habitación. Reconoció el escritorio desordenado, la ventana mal cerrada, el sonido distante de la ciudad de años atrás. Era más joven. Más solo.
—No quería volver aquí… —susurró.
Se vio a sí mismo sentado en la cama, mirando el móvil apagado, evitando llamadas que nunca llegaban. Recordó esa etapa con una claridad dolorosa: noches interminables, la sensación de no ser suficiente, de pasar por la vida sin dejar huella.
—El Reflejo muestra lo que no resolviste —dijo Seraphine, a su lado—. Lo que aún pesa.
—Siempre tuve miedo —admitió Adrián—. A fallar. A sentir demasiado. A que nadie se quedara.
El recuerdo cambió de golpe.
Ahora era Seraphine la que estaba sola.
Adrián la vio más joven, caminando por una ciudad que no era del todo humana ni del todo reflejo. Edificios imposibles, cielos quebrados. Ella huía. De alguien. O de algo.
—Esto no debías verlo —dijo ella, con voz tensa.
—¿De qué huyes? —preguntó Adrián.
Seraphine cerró los ojos un instante.
—De lo que fui —respondió—. Y de lo que hice para sobrevivir.
La escena se fragmentó. Vio a Seraphine pactando con entidades que no tenían forma clara, escuchando susurros que no guiaban, sino exigían. La vio elegir mal… y cargar con ello.
—Yo no siempre protegí el equilibrio —confesó—. A veces solo quise dejar de tener miedo.
Adrián sintió un nudo en el pecho.
—Entonces somos iguales —dijo—. Solo que tú corriste… y yo me escondí.
Seraphine lo miró con una mezcla de alivio y culpa.
—Por eso el Reflejo te escucha. Porque no eres perfecto. Porque sabes lo que es dudar.
Los recuerdos comenzaron a desvanecerse, mezclándose pasado y presente, como si el tiempo no supiera dónde colocarlos. Adrián sintió vértigo.
—¿Y ahora qué? —preguntó—. Nada parece seguro.
Seraphine dio un paso hacia él.
—El pasado ya te alcanzó —dijo—. El presente… aún puedes elegirlo.
Antes de que pudiera responder, la imagen empezó a romperse, como cristal bajo presión. La voz de Seraphine se volvió un susurro urgente:
—Confía… pero no ciegamente. Ni siquiera en mí.
El mundo se apagó.
Cuando Adrián abrió los ojos, estaba de nuevo en el Reflejo, con el corazón acelerado y la certeza de que había visto demasiado para volver a ser el mismo.
Su pasado ya no estaba oculto.
El presente era incierto.
Y el futuro… escuchaba.
ilo que podía salvarlos o condenarlos.
Editado: 04.01.2026