La ciudad moderna nunca había parecido tan tranquila.
Adrián caminaba por la avenida principal observando detalles que siempre había ignorado: escaparates iluminados, parejas riendo en terrazas, el sonido estable del tráfico. Todo seguía su curso. Nada exigía nada de él.
Podría quedarse.
Esa idea se deslizó en su mente con una suavidad peligrosa. Volver a su rutina, a noches previsibles, a una vida sin susurros ni grietas. Nadie le pediría que escuchara lo que dolía.
Se detuvo frente al paso de peatones. El semáforo cambió a verde.
No cruzó.
El latido en su pecho volvió, insistente. No dolía, pero reclamaba atención. Cerró los ojos y, por un instante, escuchó algo distinto al ruido urbano: un murmullo profundo, antiguo, que no pertenecía a ese mundo.
—Si cruzas otra vez —dijo la voz de Seraphine, suave pero lejana—, ya no podrás fingir que no oyes nada.
Adrián se apoyó en una farola. El metal estaba frío.
—¿Y si no cruzo? —susurró.
Hubo silencio.
Eso también era una respuesta.
Un recuerdo lo atravesó: él mismo evitando decisiones, eligiendo siempre lo seguro, dejando pasar oportunidades por miedo a perder el control. Comprendió que la ciudad moderna no lo protegía… lo anestesiaba.
La gente seguía pasando a su lado, ajena. Nadie notaba las grietas invisibles bajo el asfalto. Nadie parecía escuchar los susurros.
—Podría quedarme —dijo en voz baja—. Nadie lo sabría.
El latido se intensificó.
Entonces vio la entrada: un callejón estrecho entre dos edificios, oscuro, aparentemente insignificante. No había luz extraña ni símbolos visibles. Solo una sensación clara de que algo lo esperaba al otro lado.
Adrián respiró hondo.
—No quiero ser valiente —dijo—. Solo quiero ser honesto conmigo.
Dio el primer paso hacia el callejón.
El ruido de la ciudad empezó a apagarse detrás de él. Cada paso alejaba la seguridad conocida y lo acercaba a lo incierto. Sintió miedo. Pero no retrocedió.
Al cruzar el umbral invisible, el aire cambió de densidad. Las farolas se alargaron, la luz se volvió más suave, más profunda. El Reflejo lo recibió sin palabras.
—Has elegido —susurró Seraphine, ahora más cerca.
Adrián cerró los ojos un instante.
—Sí —respondió—. Aunque no sepa a qué.
El Reflejo vibró suavemente, como si aceptara su decisión.
Y Adrián entendió que la primera elección siempre es la más difícil, porque no cambia el mundo… cambia a quien la toma.
Editado: 04.01.2026