Cuando los relojes dejan de latir

Capítulo 9 – Primeros pasos en lo imposible

ACTO 2 – El reflejo y sus secretos

El aire era distinto.
No más frío ni caliente, sino denso, como si contuviera recuerdos suspendidos que se movían lentamente entre las farolas difusas. Cada respiración de Adrián parecía atraer ecos de voces lejanas, susurros que no entendía del todo, pero que se sentían intensamente personales.

—Bienvenido —susurró Seraphine desde la penumbra—. No hay caminos seguros aquí.

Adrián se detuvo. La ciudad moderna había quedado atrás. A sus pies, el asfalto se había vuelto más oscuro, casi líquido, y sus reflejos bailaban como si tuvieran vida propia. Delante, un callejón se estiraba hacia un cielo que cambiaba de color cada segundo: un degradado que pasaba del púrpura al azul y luego a un naranja extraño, como una aurora nocturna hecha para confundir la vista y seducir los sentidos.

—¿Por qué todo se ve… vivo? —preguntó Adrián, con una mezcla de miedo y fascinación—. Esto… no puede ser real.

Seraphine sonrió, apenas, con esa tristeza que siempre parecía ocultar más de lo que decía.
—Porque este lugar refleja lo que llevas dentro. Si temes, temerás aquí. Si confías… quizás también encuentres algo que valga la pena.

Adrián tragó saliva. Podría haberse quedado en la seguridad de la ciudad moderna, donde todo tenía sentido, donde la noche olía a rutina y el mundo no pedía más de lo que uno estaba dispuesto a dar. Podría haberse rendido y vuelto al paso de peatones iluminado por luces cálidas, donde los problemas parecían no tocarte.

Pero algo en el pecho le recordó que ya no podía huir. Que había oído los susurros y cruzado la primera línea invisible.

Pasos resonaron detrás de ellos. Lyra y Eldric aparecieron entre sombras, sus figuras conocidas le trajeron un extraño alivio y, al mismo tiempo, aumentaron la tensión.
—Recuerda —dijo Eldric, con su voz grave—, no puedes tomar lo que veas sin comprenderlo. El Reflejo tiene reglas: todo lo que toques tiene consecuencias, todo lo que escuches te cambia.

Adrián miró alrededor. Las paredes susurraban con tonos humanos, farolas que parecían respirar luz líquida, y sombras que desaparecían si intentaba enfocarlas. Cada paso hacía temblar suavemente el suelo. Todo parecía decirle algo, aunque no podía descifrar qué.

Lyra se acercó con cuidado, con esa mezcla de seguridad y ternura que generaba una tensión inesperada.
—No mires con miedo —susurró—. Aprende a escuchar. Algunas voces son guías; otras, trampas.

Adrián asintió lentamente. Cada palabra era como una cuerda invisible que lo atraía y al mismo tiempo lo hacía temblar. Nunca había sentido una tensión tan viva, tan delicada entre atracción y alerta.

Avanzó unos metros, y entonces vio algo que lo paralizó: un reflejo de Seraphine suspendido en el aire. Era idéntica, pero más joven, con ojos tristes y distantes, y una expresión que parecía implorar algo que él no entendía. Su corazón se aceleró, y no solo por el miedo: había algo en esa imagen que lo conmovía, algo que lo hizo sentir cercano a ella de manera imposible.

—¿Qué… qué significa eso? —preguntó, con la voz quebrada.

—No es ella del todo —respondió Seraphine—. Es lo que quedó de mí cuando crucé por primera vez. Lo que ves no siempre es real… pero tiene poder sobre ti si lo dudas.

Adrián tragó con dificultad. Cada fibra de su ser sentía que debía mantenerse firme, pero el magnetismo que sentía hacia Seraphine era casi tangible. Una mezcla de admiración, temor y un deseo confuso que no sabía nombrar lo llenó de calor y vértigo.

—Entonces… todo lo que sienta aquí, afectará a ambos mundos —susurró, como si decirlo en voz alta lo hiciera más verdadero.

—Exactamente —dijo Eldric—. Y cada elección tiene un precio. Incluso detenerse a mirar.

Adrián miró a Seraphine. Sus ojos brillaban con esa luz que guardaba secretos, advertencias y algo más… algo que lo hacía querer quedarse junto a ella incluso cuando sabía que no podía confiar plenamente.

—Entonces… debo aprender rápido —dijo finalmente—. Porque cada paso puede cambiarlo todo.

Seraphine se acercó un poco más, con cautela, y él sintió su proximidad como un calor que se mezclaba con la electricidad del Reflejo.
—Cada paso que das —susurró— es también un voto de confianza… hacia ti mismo y hacia los que te rodean.

El aire se tensó, como si la ciudad misma contuviera la respiración. Cada farola parecía pulsar con expectativa. El Reflejo emitía un murmullo profundo, casi maternal, que atravesaba la piel de Adrián. Ya no había vuelta atrás. Lo moderno y lo imposible estaban unidos, y él estaba en medio, obligado a aprender las reglas de un juego que apenas comenzaba a comprender.

Y mientras daba el primer paso firme en lo imposible, su corazón se abrió a una verdad silenciosa: el Reflejo no solo desafiaba su miedo… también lo enseñaba a sentir lo que nunca había permitido.



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En el texto hay: fantasia, misterios, romance

Editado: 04.01.2026

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