Cuando los relojes dejan de latir

Capítulo 10 – Guardianes y sombras

El Reflejo no perdonaba pasos en falso.
Adrián avanzaba con cautela, notando cómo cada farola líquida proyectaba sombras que parecían observarlo, evaluarlo. Cada susurro resonaba diferente según su estado de ánimo, y eso lo mantenía alerta constante.

—No todo lo que ves es lo que parece —dijo Eldric detrás de él, su voz grave y firme.
Adrián se giró: Eldric emergía de la penumbra con la calma de quien conoce el terreno mejor que nadie. Su abrigo oscuro parecía absorber la luz a su alrededor, y el bastón que sostenía emitía un leve resplandor azul cada vez que lo apoyaba en el suelo.

—¿Guardianes? —preguntó Adrián—. ¿Quiénes son?

Eldric se detuvo, mirándolo con intensidad.
—No simples guardianes. Son las figuras que mantienen el equilibrio dentro del Reflejo. Cada sombra, cada susurro, cada grieta… ellos las controlan, supervisan y, cuando es necesario, corrigen.

Adrián tragó saliva.
—¿Y todos son… confiables?

—Depende de ti —respondió Eldric—. Depende de si aprendes a escuchar y a distinguir la intención de cada uno. Algunos buscan proteger. Otros… manipular.

Mientras hablaban, una figura apareció entre dos edificios: una mujer con túnica gris que parecía deslizarse sobre el suelo sin tocarlo. Sus ojos eran negros como charcos nocturnos, pero brillaban con conciencia. Saludó con un leve gesto de cabeza.

—Ella es Lysandra —explicó Eldric—. Uno de los vigilantes más antiguos. Su deber es observar a los recién llegados.

Adrián la miró y sintió un escalofrío: la serenidad que transmitía era casi intimidante. No había amenaza explícita, pero su presencia exigía respeto.

—Entonces… ¿esta jerarquía… controla todo el Reflejo? —preguntó.

—No todo —aclaró Eldric—. Solo lo que podría afectar a los que cruzan desde tu mundo. Lo que es permanente, lo que puede romper la línea entre mundos.

Adrián respiró hondo, procesando la magnitud de todo. La ciudad moderna le había parecido complicada antes, con sus reglas de tráfico, rutinas, obligaciones… pero esto era distinto. Aquí, cada decisión podía alterar la realidad misma.

Lyra apareció a su lado, suavizando la tensión:
—No estás solo. Lo que ves y escuchas puede asustarte, pero nosotros estamos aquí para enseñarte a moverte. No para imponerte.

Adrián la miró. Su cercanía le daba calma, pero también despertaba algo más profundo: una mezcla de confianza y deseo, delicada y peligrosa.

—Entonces —dijo él finalmente—, ¿mi tarea es aprender a distinguir guardianes de sombras?

Eldric asintió, su mirada dura pero firme:
—Exactamente. Y recuerda: incluso los guardianes pueden equivocarse. El Reflejo no perdona errores, pero tampoco castiga sin razón.

Un susurro recorrió la calle, tan suave que Adrián casi dudó de haberlo oído. Pero Eldric frunció el ceño:
—Escucha siempre. El silencio también habla.

Adrián cerró los ojos un instante, dejando que la vibración del Reflejo penetrara en él. Sintió miedo y, al mismo tiempo, una chispa de determinación. Aprendería las reglas, distinguiría lo que era verdadero de lo que era ilusión, y protegería lo que podía… aunque aún no entendiera del todo su propio papel.

—Está bien —susurró para sí mismo—. No importa cuán oscuro o extraño sea este lugar… avanzaré.

Seraphine apareció a su lado, como surgida de la luz misma. Sus ojos encontraron los de Adrián, y por un segundo, todo el Reflejo pareció contener la respiración.

—Avanza con cuidado —dijo ella suavemente—. Y confía solo en quien demuestre merecerlo.

Adrián asintió, consciente de que la aventura que había comenzado con susurros y dudas ahora tenía reglas, rostros y sombras que no podía ignorar. Y, en medio de todo, entendió que el Reflejo también podía enseñar lo que su corazón aún no sabía sobre él mismo.



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En el texto hay: fantasia, misterios, romance

Editado: 04.01.2026

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