Adrián avanzaba con cautela por el pasillo de luz líquida del Reflejo. Cada paso parecía resonar con un eco propio, como si la ciudad paralela escuchara sus pensamientos y los devolviera multiplicados. Sus sentidos estaban alertas: la suavidad del aire, los murmullos casi humanos de las paredes, y la sensación de que cualquier movimiento podría cambiar algo irreversiblemente.
Entonces la vio.
Seraphine emergió de la penumbra, sus ojos reflejaban luz propia, mezcla de preocupación, alivio y una intensidad que Adrián no había percibido antes. No era solo el reencuentro: era un lazo invisible que los ataba, incluso sin palabras.
—Adrián —dijo con suavidad—. Creí que tardarías más en encontrarme.
—Lo intenté —respondió él, con el corazón latiendo demasiado rápido—. No quería perderte otra vez…
Ella se acercó un paso, y el espacio entre ellos se llenó de un silencio que pesaba y al mismo tiempo los protegía. Cada reflejo de luz sobre sus rostros parecía marcar la profundidad de lo que sentían sin decirlo.
—El Reflejo no perdona errores —advirtió Seraphine, su voz dulce pero firme—. Pero tampoco castiga el corazón que se atreve a sentir.
Adrián tragó saliva. No era miedo lo que sentía, sino una mezcla de fascinación y vulnerabilidad, como si la proximidad de Seraphine lo hiciera consciente de todo lo que aún no sabía de sí mismo.
—Entonces… debo aprender rápido —murmuró, casi para sí mismo—. No solo para sobrevivir, sino para estar a tu altura.
Seraphine lo miró, con los ojos húmedos por la emoción contenida.
—No necesitas estar a mi altura —susurró—. Solo sé tú mismo. Eso es suficiente… si tu corazón lo permite.
A lo lejos, un murmullo recorrió el pasillo, recordándoles que el Reflejo siempre estaba vivo, que cada paso que daban podía abrir o cerrar caminos, alterar recuerdos o emociones. Pero por primera vez, Adrián sintió que el riesgo valía la pena, porque el vínculo que nacía con Seraphine era tangible, real, y más fuerte que cualquier regla o sombra que los rodeara.
El tiempo pareció ralentizarse. Los reflejos de las luces líquidas se mezclaban con los de sus ojos, y ambos comprendieron sin decirlo que el primer vínculo entre ellos ya había nacido, hecho de confianza, miedo compartido y un afecto silencioso que no necesitaba gestos explícitos para ser profundo.
Adrián respiró hondo, sintiendo que algo dentro de él cambiaba: ya no era solo un intruso en un mundo extraño; estaba aprendiendo a ser parte de algo más grande, y alguien más, con todo lo que eso implicaba.
—Vamos —dijo Seraphine, tomando un paso hacia adelante—. Tenemos mucho que aprender, y el Reflejo no espera.
Adrián la siguió, con el corazón latiendo al ritmo de un vínculo recién nacido, consciente de que cada paso juntos sería un aprendizaje, un desafío, y una prueba de lo que podían llegar a sentir el uno por el otro sin cruzar la línea del peligro o la imprudencia.
Y así, mientras avanzaban, el Reflejo parecía susurrarles secretos de un mundo que los aceptaba… pero que también exigía respeto.
Editado: 04.01.2026