El pasillo de piedra se ensanchó en una plaza iluminada por farolas que no ardían, sino que flotaban en el aire, emitiendo luz líquida que reflejaba cada emoción de Adrián como si el Reflejo quisiera leer su corazón.
Adrián se detuvo, inseguro, mientras Seraphine caminaba a su lado.
—Adrián —susurró ella, con esa calma que siempre lo hacía sentir observado y protegido al mismo tiempo—. ¿Sientes lo que este lugar hace contigo?
Él tragó saliva, sintiendo cómo cada palabra parecía resonar dentro de su pecho.
—Sí… es como si todo aquí supiera quién soy —dijo—. Y no sé si eso me asusta o me hace sentir vivo.
Seraphine se detuvo y lo miró de frente. Sus ojos brillaban con una mezcla de preocupación y afecto silencioso.
—Eso es el Reflejo —explicó—. No solo muestra lo que temes, también lo que deseas. A veces incluso lo que no sabes que quieres.
Adrián bajó la mirada, incapaz de sostener la intensidad de la suya.
—Entonces… tú lo sabías todo este tiempo. Sabías lo que podía sentir… incluso antes de darme cuenta —dijo, con voz temblorosa.
Seraphine se acercó un paso más. Su presencia llenaba el aire de algo suave pero poderoso.
—No sabía cómo sentirías… —admitió—. Solo sé que el Reflejo no miente, y que tus sentimientos empiezan a dibujar caminos que ni tú mismo habías imaginado.
Adrián levantó la vista y vio cómo sus ojos se encontraban. Por un instante, el mundo moderno y el Reflejo parecieron desaparecer, dejando solo a los dos en un espacio suspendido donde el tiempo no tenía peso.
—Yo… —comenzó él, dudando—. Nunca había sentido algo así… ni siquiera sabía que podía sentirlo.
Seraphine esbozó una sonrisa ligera, apenas perceptible, que iluminó su rostro más que la luz líquida alrededor.
—Y eso es hermoso —dijo—. No es peligroso sentir, Adrián. Lo peligroso es ignorarlo o no actuar cuando tu corazón te lo pide.
Él sintió un calor en el pecho, mezcla de aprecio, vulnerabilidad y una conexión que crecía más rápido de lo que podía comprender. Cada palabra de Seraphine lo acercaba a ella, pero también lo obligaba a mirar dentro de sí mismo, a reconocer sus propios miedos y deseos.
—No sé si estoy listo —confesó—. Pero… quiero aprender. Contigo.
Seraphine tomó un respiro profundo y extendió la mano, sin tocarlo todavía, solo ofreciendo un gesto de confianza y guía.
—Entonces vamos a aprender juntos —susurró—. Porque este lugar no solo prueba tu fuerza… también tu corazón.
Adrián asintió. Sintió que cada paso que daba junto a ella era una mezcla de peligro y esperanza, y que aquel primer diálogo no era solo palabras: era un puente entre sus almas, un vínculo silencioso que no necesitaba ser pronunciado en actos físicos para ser real.
El Reflejo parecía escuchar, pulsando con una energía suave, casi maternal, mientras ambos continuaban avanzando, sabiendo que cada decisión, cada gesto y cada susurro podía cambiarlo todo.
Editado: 04.01.2026