Cuando los relojes dejan de latir

Capítulo 16 – Primera prueba de amor

El aire estaba cargado de tensión. Cada paso que Adrián daba hacía crujir los adoquines de la ciudad reflejada, y un murmullo constante recorría las calles, como si el Reflejo mismo supiera que algo crucial estaba a punto de suceder.

Frente a ellos, un puente colgante de piedra líquida se desvanecía y reaparecía entre la neblina. Seraphine estaba al otro lado, atrapada por una sombra que surgía de la nada, oscura y maleable, que parecía alimentarse de miedo y duda.

—¡Seraphine! —gritó Adrián, corriendo hacia ella sin pensar en los riesgos—. ¡Suelta!

La sombra giró sobre sí misma y lo miró, una mezcla de ira y curiosidad, como si evaluara si valía la pena desafiar su determinación. Adrián sintió cómo el corazón le latía con fuerza, y cada fibra de su ser le decía que su vida estaba en juego, pero que retroceder no era una opción.

Seraphine lo observaba, con los ojos brillando de miedo y confianza al mismo tiempo. Su sola presencia le daba fuerzas que nunca había sentido:
—Adrián… ten cuidado —susurró, aunque no podía contener la urgencia en su voz.

Él asintió, aunque sabía que la acción era más fuerte que cualquier palabra. Con un salto preciso y un movimiento ágil, esquivó las sombras que querían detenerlo, y con cada paso, demostraba que su compromiso no era solo verbal, sino real.

—¡No te dejaré! —gritó, extendiendo la mano hacia Seraphine mientras la sombra intentaba separarlos—. ¡Juntos!

La tensión era palpable. Cada gesto, cada decisión, cada movimiento mostraba el valor de Adrián y el vínculo que los unía. No había caricias ni palabras románticas explícitas; todo estaba en la acción, la preocupación compartida, la determinación silenciosa.

Finalmente, con un último esfuerzo, Adrián logró empujar a Seraphine fuera del alcance de la sombra, y ambos cayeron al suelo del puente, respirando con dificultad. Sus manos se rozaron accidentalmente al levantarse, y ambos se miraron: el contacto era suficiente para que los sentimientos se confirmaran sin necesidad de palabras.

—Lo hiciste… —dijo Seraphine, con voz temblorosa y agradecida—. Me arriesgaste por mí.

Él la miró, sintiendo el peso de la verdad entre ellos:
—No podría dejar que nada te hiciera daño —dijo con firmeza—. No aquí, no en este mundo… y no en ningún otro.

Seraphine sonrió, esa sonrisa que mezclaba alivio y emoción, y dio un paso más cerca de él. Aunque no había gesto romántico explícito, sus miradas, la cercanía y la confianza recién forjada hablaban más que cualquier beso o abrazo.

La ciudad reflejada parecía susurrar alrededor, como si el Reflejo mismo aprobara el vínculo nacido de coraje, sacrificio y cuidado mutuo. Cada piedra, cada murmullo, cada sombra recordaba a Adrián que el amor no siempre se mide en palabras o gestos físicos, sino en actos que demuestran entrega y protección.

Mientras avanzaban juntos hacia la siguiente etapa del Reflejo, Adrián comprendió algo esencial: el romance verdadero podía nacer del riesgo, de la confianza y de la decisión de poner a otro antes que a uno mismo. Y en ese instante, supo que él y Seraphine estaban destinados a enfrentarse juntos a todo, incluso a los misterios más oscuros de la ciudad que recordaba.



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En el texto hay: fantasia, misterios, romance

Editado: 04.01.2026

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