El aire del Reflejo vibraba con un ritmo extraño, como si el tiempo mismo estuviera vivo y respirara. Torres de relojes flotaban en el cielo líquido, sus manecillas girando en direcciones imposibles, creando un espectáculo hipnótico de engranajes, luces y sombras que se entrelazaban en un baile silencioso.
Adrián se detuvo un instante, maravillado y a la vez inquieto.
—Nunca había visto algo así… —murmuró, mientras el brillo líquido de los relojes iluminaba su rostro, proyectando sombras que se movían al compás del tiempo.
Seraphine caminaba a su lado, con paso seguro, pero sus ojos reflejaban la misma mezcla de asombro y cautela.
—El tiempo aquí no sigue reglas normales —dijo ella—. Cada reloj es un fragmento de memoria, de decisión, de destino. Uno puede cambiar si actúas, otro puede romperse si dudas.
De repente, un reloj enorme frente a ellos comenzó a girar más rápido, y la gravedad de la plaza cambió ligeramente, como si los empujara hacia atrás. Adrián sostuvo a Seraphine, su mano firme y cálida, y juntos dieron un paso adelante, equilibrándose.
—Gracias… —susurró Seraphine, sin necesidad de explicar más. La cercanía, el roce de sus manos y la confianza implícita eran más poderosos que cualquier palabra de afecto.
Una serie de luces líquidas surgieron de los relojes, dibujando figuras fantasmales en el aire, escenas de decisiones pasadas, errores y sacrificios. Cada figura parecía observarlos, evaluarlos. Adrián comprendió que la ciudad estaba viva, y que la magia de los relojes no solo era visual, sino emocional.
—Esto… —dijo Adrián—. Esto nos está enseñando a movernos juntos, a confiar, incluso cuando el mundo intenta separarnos.
Seraphine sonrió levemente, sus ojos brillando bajo la luz líquida:
—Exactamente. Cada desafío, cada distorsión del tiempo, es una prueba de nuestra coordinación, de nuestra confianza mutua. Y… tal vez, de nuestro vínculo.
Mientras avanzaban, las manecillas de los relojes comenzaron a girar en patrones imposibles, formando un laberinto aéreo que debían sortear. Cada movimiento requería decisión y precisión: un paso en falso podía hacerlos caer en espacios temporales descontrolados, lugares donde el tiempo se congelaba o avanzaba demasiado rápido.
Adrián sostuvo a Seraphine cerca cuando un fragmento de reloj giró demasiado rápido y casi los empujó hacia un vacío ilusorio.
—Confío en ti —dijo, con voz firme, casi un susurro, mientras sus manos se entrelazaban—. Y sé que confías en mí.
Ella asintió, con los ojos húmedos de emoción contenida, y juntos saltaron, giraron y caminaron sobre engranajes flotantes, cada acción reforzando un romance implícito nacido de la cooperación y la protección mutua.
Cuando finalmente atravesaron la plaza de relojes, respiraron profundamente. La ciudad reflejada parecía aplaudir en silencio, y el Reflejo vibraba con un resonante pulso de aprobación, como si reconociera la fuerza nacida del trabajo en equipo, de la confianza y de la cercanía emocional.
—No necesito que digas nada —susurró Adrián mientras seguían avanzando—. Solo sentir que estás aquí junto a mí es suficiente.
Seraphine le devolvió la mirada, ligera pero intensa, y una sonrisa cargada de complicidad iluminó su rostro:
—Para mí también, Adrián. Es suficiente.
Y en medio de la danza de los relojes, entre luces líquidas y sombras móviles, ambos comprendieron que el romance verdadero puede crecer en silencio, a través de cada decisión compartida, cada gesto protector y cada momento de confianza, incluso cuando el tiempo y la magia parecen conspirar contra ellos.
Editado: 04.01.2026