La noche del Reflejo parecía más silenciosa que nunca. Las farolas líquidas emitían un brillo cálido que se reflejaba en los rostros de Adrián y Seraphine, proyectando sombras suaves que danzaban a su alrededor. Todo el ambiente estaba cargado de una tranquilidad mágica, pero también de emociones contenidas, profundas y cercanas al corazón.
Se detuvieron en un puente flotante, suspendido sobre un río que parecía hecho de cristal líquido. La ciudad reflejada parecía sostenerlos en ese instante, como si quisiera darles un respiro antes de los desafíos que aún los esperaban.
Adrián miró a Seraphine a los ojos. Cada luz reflejada en ellos parecía hablar de confianza, complicidad y cuidado. No necesitaban palabras largas; todo lo que sentían se transmitía con cada gesto, cada silencio, cada roce accidental de manos.
—Seraphine… —dijo Adrián con suavidad—. Hemos pasado por tanto… por sombras, por miedo… y aún así seguimos aquí, juntos.
Ella le sonrió, ligera pero intensa, y tomó su mano con firmeza.
—Sí… juntos. Y eso es lo que importa. Lo demás… lo demás es solo el Reflejo intentando separarnos.
Un leve escalofrío recorrió el aire, y en un gesto natural y lleno de emoción, Adrián acercó su frente a la de Seraphine. No era un beso impulsivo ni romántico en términos físicos; era un acto de promesa, de confianza, de protección mutua. Sus labios se rozaron suavemente, un contacto que decía más que mil palabras: “Estoy contigo, siempre, pase lo que pase”.
Seraphine cerró los ojos, apoyándose un instante en él, y sintió cómo cada temor se disipaba frente a esa certeza silenciosa. Su vínculo no necesitaba drama ni gestos explícitos; estaba construido con confianza, cuidado y momentos compartidos, y ese gesto sencillo lo confirmaba.
—Promesa —susurró Adrián, apenas audible—. Promesa de seguir, de protegernos, de no soltarnos.
Ella asintió, con un hilo de sonrisa.
—Promesa —respondió—. Siempre.
El puente flotante, la ciudad reflejada, las luces y las sombras parecían asentir, como si el Reflejo mismo reconociera la fuerza de su vínculo. El aire estaba cargado de magia silenciosa, de calma, y de un romance que no necesitaba pasión para ser profundo y verdadero.
Mientras se separaban ligeramente, todavía tomados de la mano, Adrián comprendió algo fundamental: el amor no siempre necesita palabras ni gestos llamativos; a veces basta con la cercanía, la confianza y la promesa silenciosa de permanecer juntos, incluso en los desafíos más oscuros del Reflejo.
Seraphine miró hacia el horizonte de la ciudad reflejada, y luego volvió sus ojos hacia él, brillante de emoción contenida.
—Lo que nos espera… lo enfrentaremos juntos —dijo—. Porque ahora sabemos que podemos confiar el uno en el otro.
Y así, bajo la luz líquida del Reflejo, con los relojes suspendidos en el cielo y la ciudad respirando a su alrededor, Adrián y Seraphine sintieron que su romance había dado un paso silencioso pero definitivo, fortalecido por la confianza, la emoción y la magia de un mundo que los desafiaba, pero que también los protegía.
Editado: 04.01.2026