Acto 4 – La frontera entre mundos
El Reflejo estaba más inquieto que nunca. Cada calle, cada farola, cada adoquín parecía recordar cada paso, cada decisión, cada temor que Adrián y Seraphine habían enfrentado. La ciudad no solo los guiaba: los observaba, los evaluaba y les devolvía ecos de su pasado.
—Es como si… nos conociera —susurró Seraphine mientras caminaban juntos—. Como si pudiera recordar todo lo que hemos hecho, cada error, cada sacrificio.
Adrián asintió, con los ojos fijos en las sombras que danzaban entre la luz líquida.
—Sí… y nos recuerda que nuestras decisiones tienen peso. Que no podemos actuar sin pensar en las consecuencias.
A lo lejos, un callejón mostraba escenas del pasado del grupo: pequeños fragmentos de momentos que habían marcado sus caminos, decisiones que habían tomado y acciones que ahora tenían repercusiones inesperadas. Los relojes suspendidos sobre ellos giraban lentamente, como marcando no solo la hora, sino los momentos que no podían olvidar.
—Mira eso —dijo Seraphine, señalando un reflejo de Adrián dejando ir su miedo durante su primer sacrificio—. Ese instante… cambió todo.
Adrián lo observó y sintió una mezcla de orgullo y vulnerabilidad. La ciudad estaba mostrando no solo lo que habían hecho, sino cómo eso los había definido. Cada decisión, cada paso que habían dado juntos, había reforzado su vínculo y también abierto nuevas responsabilidades.
—No es solo la ciudad —dijo él, tomando su mano—. Somos nosotros quienes no olvidamos. La magia aquí solo refleja lo que llevamos dentro.
Seraphine le sonrió con ternura, apoyando su frente contra la suya mientras caminaban por un pasaje que se abría ante ellos con luces que guiaban suavemente cada paso.
—Entonces, debemos seguir con cuidado —susurró—. No solo por nosotros, sino por quienes confían en nosotros.
El Reflejo parecía asentir, moviendo sus luces en patrones delicados que indicaban senderos seguros y rutas donde las sombras no podían alcanzarlos. Era como si la ciudad misma reconociera su crecimiento: el grupo ya no era el mismo que había entrado en el Reflejo semanas atrás. Cada sacrificio, cada prueba, cada susurro compartido había dejado una marca permanente.
Mientras avanzaban, Adrián pensó en Seraphine y en la forma en que cada momento juntos había reforzado su confianza mutua y su cariño silencioso. El romance no necesitaba palabras grandilocuentes; la cercanía, las manos entrelazadas y la comprensión silenciosa eran más poderosas que cualquier declaración.
—La ciudad recuerda, sí —dijo él, con una mezcla de humor y cariño—. Pero también nos recuerda que podemos ser mejores si aprendemos de cada error.
Seraphine asintió, sintiendo un calor reconfortante que no provenía del Reflejo ni de la luz, sino del vínculo inquebrantable que compartían.
—Y eso es lo que hace que todo valga la pena —susurró ella—. Cada desafío, cada sacrificio… juntos.
La ciudad reflejada continuaba su susurro constante, mostrándoles caminos, recordándoles lecciones y ofreciendo destellos de esperanza en medio de la incertidumbre. Adrián comprendió que el verdadero poder del Reflejo no estaba en su magia ni en sus pruebas, sino en cómo había forjado su corazón y el de Seraphine, y cómo ambos aprendían a confiar y amarse en silencio, sin necesidad de gestos explícitos.
Con cada paso, la sensación era clara: las decisiones pasadas los habían transformado, y ahora la ciudad no solo recordaba, sino que también los guiaba hacia un destino donde podrían enfrentar cualquier sombra, juntos.
Editado: 04.01.2026